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| 5/26/2012 12:00:00 AM

La molécula de la moral

Un nuevo libro afirma que la oxitocina, un neurotransmisor, influye directamente en el comportamiento de las personas y explica por qué algunos son generosos y otros, crueles.

Determinar si el hombre es bueno o malo por naturaleza es uno de los temas más polémicos y debatidos de la historia de la humanidad. Cualquiera pensaría que los seres humanos son potencialmente buenos y malos y que su modo de actuar depende del contexto en el que se desenvuelven. Aunque el tema ha sido dominado por teólogos y filósofos, desde hace una década la neurociencia lo ha investigado a fondo y, según estudios recientes, la respuesta a este interrogante podría estar en una molécula neurotransmisora llamada oxitocina.

Hasta hace algunos años se creía que la oxitocina era una hormona producida únicamente por las mujeres cuando daban a luz y alimentaban a sus bebés con leche materna. Tiempo después fue descrita como la 'hormona del amor', pues tanto los hombres como las mujeres la secretan en abundancia cuando tienen relaciones sexuales y, al parecer, está directamente relacionada con la creación de vínculos afectivos entre las personas. Sin embargo, Paul J. Zak, director del Centro de Estudios de Neuroeconomía de la Claremont Graduate

University y autor del libro The Moral Molecule: The Science of Prosperity and Love, fue mucho más allá, hasta las fronteras de la filosofía.

Debido a que los niveles elevados de oxitocina en la sangre hacen más propensas a las personas a confiar en los demás y a ser más generosas, esta molécula juega un papel esencial en las relaciones humanas y en la conducta. Según el autor, la oxitocina "crea lazos de confianza no solo en las relaciones interpersonales sino en los negocios, en la política y la sociedad en general", como dijo a SEMANA. De allí surge su teoría de que ese neurotransmisor es la "molécula de la moral".

Por lo general, cuando la sociedad juzga y valora las acciones de cada individuo se habla de que son morales o inmorales. En otras palabras, se dice que son buenas o malas. Pero medir la moral en su conjunto es algo sumamente complejo. Por eso, Zak partió de una sola virtud para comprobar su teoría. El autor estudió la confianza para evaluar cómo se cultivan las relaciones interpersonales y también para ver qué tanta influencia tiene la oxitocina en la creación de dicho vínculo.

Zak utilizó el dinero como un elemento simbólico para calcular el nivel de confianza que podía generar una persona. En una serie experimentos, a los que el autor llamó juegos de confianza, se puso a prueba a un grupo de voluntarios totalmente extraños entre sí. Cada uno estaba sentado en un cubículo y no podía ver la cara de los demás. La mitad del grupo recibió diez dólares por individuo, y cada uno de los receptores debía decidir si compartir algo, una parte o el total del mismo con una pareja anónima de la segunda mitad, quienes en cualquier caso recibirían el triple. A su vez, los beneficiarios debían devolverle algo de su ganancia a los primeros.

Los resultados fueron contundentes. El 90 por ciento de los integrantes de la primera mitad le dio algo de esa ganancia a sus parejas anónimas y el 95 por ciento de éstas le retribuyó algo a su donante. Solamente el 5 por ciento no quiso dar nada a su compañero. "Solo la decisión de compartir con un desconocido hace que el cerebro del receptor libere oxitocina y este desee devolverle el favor", afirma el autor. Zak tomó muestras de sangre de los participantes y pudo evidenciar que mientras más dinero recibía cada persona, más oxitocina generaba su cerebro y, en consecuencia, devolvía una suma generosa.

Según las investigaciones que el autor realizó con algunos colegas en Zúrich, la producción de esta hormona aumenta la generosidad de las personas en transacciones de dinero unilaterales en un 80 por ciento y en donaciones humanitarias en un 50 por ciento. En el experimento realizado, "cada vez que aumentaba el nivel de oxitocina, las personas abrían sus billeteras y compartían su dinero con extraños", le contó el investigador a SEMANA.

Según Zak, el cerebro es muy sensible al entorno social en el que cada persona vive y la oxitocina es como un termostato que enciende y apaga sus conductas morales. Cuando el cerebro o la sangre la producen, la gente genera más empatía con sus semejantes, es decir que desarrollan una mejor conexión a nivel emocional. De lo contrario, tienen actitudes más egoístas y agresivas. Por eso, mientras más oxitocina produzcan, mayor será su nivel de confianza.

De hecho, el autor afirma que la confianza es un indicador muy importante para explicar por qué unos países son más pobres que otros. Sus investigaciones señalan que los habitantes de las naciones más prósperas tienen más confianza entre sí, "mientras que los países pobres tienen niveles muy bajos" dijo Zak a esta revista. Esto concuerda con la visión del economista inglés Adam Smith, que en su libro The Theory of Moral Sentiments señala que la moralidad subyace a los intercambios económicos y que la prosperidad hace que las sociedades sean más ejemplares.

Sin embargo, lo anterior no significa que la oxitocina haga a las personas más buenas y generosas. Zak señala que esta molécula funciona como un giroscopio, es decir, que ayuda al individuo a mantener un equilibro para no ser ni muy confiado ni demasiado prudente. Hay varios factores que pueden inhibir la producción de esta hormona y hacer que la gente sea brusca y egoísta.

Uno de ellos es la testosterona, una hormona que actúa de forma inversa a la oxitocina, pues no está relacionada con la compasión y la generosidad sino con el castigo. Los hombres producen diez veces más testosterona que las mujeres, por eso en la mayoría de casos son más fuertes al juzgar actos inmorales, señala Zak. "Esto significa que el ser humano tiene el ying y yang de la moralidad en su cuerpo. Por un lado está la oxitocina, que lo conecta y le hace sentir empatía, y en el otro está la testosterona, que lo hace ser castigador e implacable", le dijo a SEMANA. Por otra parte, tener buena nutrición es fundamental y lo ideal es evitar situaciones de estrés para poder liberar más oxitocina.

Pero si esta molécula es clave para determinar si una persona es más honesta y ayuda a que la sociedad sea menos inmoral, ¿cómo puede aumentarse el nivel de oxitocina? Zak afirma que existen muchas formas y que, como en el amor, es un ejercicio de dar y recibir. "Nadie puede inducir al cerebro a liberar oxitocina de la nada. Solo se puede lograr al compartir con los demás", señala el autor. De esa forma, si las personas realizan actividades cotidianas como cantar, bailar, orar, compartir una comida, ir a cine o interactuar con sus amistades en redes sociales, pueden aumentar el nivel de dicha hormona.

En el caso de las relaciones más íntimas no está de más abrazar y besar frecuentemente a los seres queridos, así como de vez en cuando darles un regalo sorpresa. Como concluye Zak, "mientras más niveles de oxitocina haya en el cuerpo, las personas se sentirán más satisfechas y la sociedad será menos violenta".
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