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| 7/27/1992 12:00:00 AM

LA OTRA

Esta es la historia de la mujer que se atravesó en la vida y en el trono de Carlos de Inglaterra.

EN MUCHAS OPORtunidades una tercera mujer acaba con un matrimonio, pero muy rara vez amenaza con tumbar un trono", encabezaba un periódico londinense la semana pasada. Camila Parker Bówls, una mujer de 45 años, casada y con dos hijos y quien echó raíces en el corazón de Carlos de Inglaterra, resultó ser la artista por donde reventó el triángulo amoroso que con más fuerza ha golpeado la imagen de la monarquía inglesa en los últimos tiempos.
Y la institución de las favoritas, un derecho consuetudinario del que han gozado siempre los monarcas, parece enfilar hoy a arrasar con el equilibro emocional de todos los involucrados y a poner en la cuerda floja a una de las monarquías más antiguas de Europa.
El príncipe de este cuento a los 23 años era tímido, retraído y más dado a compartir el mundo con los caballos que con los humanos. Su obligación era la marina real y su pasión el polo del que disfrutaba con un reducido grupo de amigos. Fue en 1973 en una fiesta de polistas cuando conoció a Camila Shand, una rubia de rica familia quien salía con su compañero de equitación, Andrew Parker Bowls. En el momento de la presentación la joven dama, entonces tenía 25 años, trajo a colación un dato de su árbol genealógico que resultaría premonitorio. Le dijo: "Mi bisabuela fue amante de su bisabuelo por lo cual me parece que ya tenemos algo en común... ".
Se refería a Alice Keppel la favorita del hijo mayor de la reina V i c t o r i a quien ya entrando en años asumió el trono como Eduardo VII.
Para los observadores la atracción mutua entre el tímido heredero y la audaz rubia fue fulminante, y el romance tomó curso decidido en un momento en el que no se planteaba ninguna boda en el horizonte. O por lo menos eso pensó el príncipe, quien con 23 años y enlistado para embarcarse en los barcos de su real madre, no consideró necesario pensar en la futura reina. Pero Camila Shand pensaba otra cosa.
Con 25 años y Andrew Parker Bowls insistente a su lado a pesar de Carlos, Camila decidió contraer matrimonio mientras el príncipe se encontraba en uno de sus regulares viajes. Según sus amigos, el príncipe "se dio cuenta de que estaba realmente enamorado cuando la había perdido irremediablemente", así que le puso remedio a la situación a la usanza de los reyes ingleses: la instaló como amante convirtiéndola en la mujer más cercana a sus afectos que haya tenido en toda su vida.
Pero cuando el heredero llegó a los 35 años y no decidía consorte, la reina hizo sonar su cetro y una elección se impuso. Consultado previamente con Camila, Carlos ofreció a Diana Spencer su real mano en los jardines de la casa de los Parker Bowls. La boda del siglo tuvo lugar en la catedral de St Paul en 1982, y 10 años después, la relación entre las dos mujeres está perfectamente definida en los apodos que se tienen.
Diana, en su círculo privado llama a Camilla "el Rottwiller" (una raza de perro) y Camila se refiere a Diana como "esa ridícula criatura".
Seguro de poder sostener tensas ambas cuerdas, Carlos sometió a Diana a un papel secundario y mantuvo intacta su relación con Camila. Las leyes de la corte en que vive, además, se lo permitían. Las tres cuartas partes de su tiempo las dedicaba a ella y dejaba para Diana las horas obligadas de la agenda pública.
Pasó el tiempo y al interior de la Corte todo el mundo se acostumbró a ver a Camila ejerciendo como compañera real: paseos a caballo, partidos de polo, caminatas, clases de pintura, fiestas íntimas, formaban parte de las actividades que el futuro rey compartía con la señora Parker. Regalos, flores y cartas se los cruzaban bajo los seudónimos de Fred y Gladys, algunos de los cuales cayeron por error en manos de Diana, así como un par de mancornas enviadas por Camila con las iniciales C y C.
Cuando el príncipe reunía al exclusivo grupo de sus amigos en tertulias nocturnas en su apartamento privado, Camila asistía sola y hacía de anfitriona disponiendo los menúes y sentándose a la diestra de Carlos. Inclusive, en las raras veces que el príncipe compartía vacaciones con Diana, había siempre asegurada cerca de la casa donde se quedaran, una casa para Camila y su familia.
La situación resultaba normal para una corte en la que la institución de las amantes del rey no sólo es aceptada sino deseada por muchas damas por la cantidad de privilegios que otorga. El propio esposo de Camila, quien es el veterinario encargado de la salud de los 500 caballos y dos mil perros de la armada real, ha visto caer sobre su figura títulos y encomiendas importantes por cuenta de ser el esposo de la amante del príncipe de Gales.
Para todo el mundo la situación resultaba normal, menos para Diana, claro.
Aunque a los pocos días de la boda Carlos le advirtió que "siempre habría un tiempo reservado para Camila", Diana no midió las consecuencias que en su vida emocional y orgullo causaría la presencia de la señora Parker. Quince años mayor que la princesa, la vieja amiga de Carlos empezó por sugerirle a Diana la forma en que debía tratar a su consorte, y en las innumerables veces que lo ha tumbado un caballo, ha sido Camila quien cuida de la convalecencia de Carlos.
El resentimiento de Diana no hizo otra cosa que crecer con los años hasta llegar al punto de no controlarse e increparla públicamente: "¿Por qué no deja en paz a mi marido?". El resultado no pudo ser más desastroso: Carlos montó en cólera con ella por meterse con su amante.
El surgimiento a la luz de todos estos incidentes a raíz de la publicación del libro "Diana: la verdadera historia", ha dividido a los británicos por cuanto algunos consideran que parte del papel de Diana es soportar a las amantes del futuro rey, y la otra parte piensa que la situación es indigna para ambas mujeres.
Hoy, cuando el escándalo ha tomado tales dimensiones que obligó a la reina a convocar a sus principales consejeros por tratarse ya de un problema de Estado, Camila Parker Bowls continuó con sus apariciones públicas pero en compañía de su marido.
Abordada hace poco por los periodistas en un partido de polo y sin que pudiera esquivarlos la Parker les dijo: "No voy a enterrarme en mi casa a causa de lo que digan los periódicos. De ninguna manera.
¿Por qué habría de hacerlo?". Los reporteros no alcanzaron a empezar a escandalizarse cuando la propia reina le dio un golpe de gracia a Diana e invitó a Camila a ver el partido de polo en la tribuna reservada a la realeza. La estocada final vino después del partido: la reina invitó a los Parker Bowls a tomar el té con ella.
Mientras tanto Diana y Carlos intentan continuar con sus apariciones públicas tratando de convencer infructuosamente que el suyo todavía puede ser el cuento de hadas que los súbditos siempre esperaron que fuera. El único qué no ha dicho esta boca es mía, es el príncipe Carlos, quien es el que ha manejado durante todo el tiempo las cuerdas de los títeres en los que terminaron convertidas las dos mujeres de su vida frente a la opinión del mundo.
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