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| 9/6/2014 12:00:00 AM

La psicología del autocontrol

El autocontrol es clave para ser exitoso y feliz. Walter Mischel, el científico que se hizo famoso por el experimento de los masmelos, punto de partida de esta teoría, cuenta en un libro los alcances de la prueba en la psicología moderna.

¿Comer un mas-melo ahora o dos más tarde? Ese fue el gran dilema que el psicólogo Walter Mischel, entonces científico de la Universidad de Stanford, planteó a un grupo de niños en la década de los sesenta para explorar el tema del autocontrol. La instrucción era que aquel que resistiera la tentación de comerlo podría tener dos al cabo de 15 minutos. El experimento ha sido crucial para conocer más acerca de la fuerza de voluntad y la autodisciplina, un rasgo que según él, ayuda a predecir mejor el éxito de una persona que el coeficiente intelectual.

A pesar de que postergar la gratificación parece ser el mantra opuesto al de la sociedad actual, donde se exalta la noción del disfrute ya y ahora, Mischel, a sus 84 años, lanzará el libro The Marshmallow Test, en el que cuenta cómo el desempeño de un niño en esta prueba puede predecir temas tan cruciales en la vida como las relaciones interpersonales, los logros académicos e incluso el índice de masa corporal. La buena noticia del libro es que esta habilidad no es innata sino que puede ser aprendida. “Hay que usar estrategias, percepciones, objetivos y motivación”,dice el experto.

En 2011, el experimento pasó la prueba del tiempo, cuando B.J Cassey, de la Universidad de Cornell, realizó otro experimento similar al de Mischel. Lo hizo con algunos de los niños que participaron en la prueba del masmelo original, que para entonces ya eran adultos de más de 40 años. Para su sorpresa observó que las diferencias entre ellos se mantuvieron: aquellos que en aquel entonces pudieron resistir los 15 minutos sin probar el dulce, de adultos también mostraron autocontrol, y viceversa.

Según la teoría de Mischel, el cerebro tiene un sistema frío y otro caliente y la puja entre ambos determina quién cae en la tentación y quién no. El primero está regido por la razón e incorpora el pensamiento, el conocimiento y los objetivos. El otro es emocional e impulsivo y responde a reflejos rápidos que se disparan sin pensar. Cuando la fuerza de voluntad falla el sistema caliente supera el frío y se produce la acción impulsiva, como por ejemplo, llevarse a la boca el masmelo a pesar de la advertencia de esperar.

Pero el asunto no es solo de masmelos. La tentación en los adultos puede asumir una infinidad de formas: abstenerse de fumar para tener buena salud, no gastar hoy y ahorrar para vivienda, trabajar duro para luego disfrutar de un viaje, o no comer un postre para tener un peso saludable. “Si desde pequeño alguien puede manejar las emociones calientes es más factible que logre estudiar en lugar de irse a ver televisión o de postergar ciertos gastos para ahorrar dinero para cuando se jubile”, dice Mischel. No se trata de privarse de cosas placenteras ni de llevar una vida aburrida y disciplinada, sino de saber administrar dos objetivos que pelean entre sí en un determinado momento.

En otros estudios, Mischel logró determinar que las diferencias en la capacidad de esperar se veían incluso en bebés de nueve meses al observar cómo ellos respondían cuando los separaban de sus madres. Al estudiar a esos mismos niños años más tarde los investigadores encontraron que los patrones de comportamiento ante la espera de la gratificación fueron iguales.

Eso podría indicar que algunas personas son genéticamente más susceptibles a los detonantes del sistema caliente, y ello influenciaría su comportamiento toda la vida. Pero no contento con esa explicación, Mischel propuso otro experimento, esta vez con niños de familias con bajos ingresos del barrio del Bronx, en Nueva York. La capacidad de la mayoría de los participantes de resistir a la tentación fue menor que en el experimento original, donde los niños venían de familias de clase media de Palo Alto, California.

El trabajo era idéntico a los demás excepto por un detalle: en uno de los grupos la promesa de regresar con el segundo masmelo no se cumplía. “Eso nos demostró la importancia que tiene creer en ese futuro para que los participantes vean la ventaja de esperar”, dice Celeste Kidd, de la universidad de Rochester, directora del trabajo. Para Mischel confirmó que este rasgo tiene tanto de innato como de cultural. “Cuando se nace en la pobreza no hay cómo esperar por la gratificación”.

Belisario Valbuena, psicólogo forense de la universidad Manuela Beltrán, hizo el experimento en 2013 con 50 niños de estratos dos, tres y cuatro de Bogotá. Su interés era ver qué tanto influye el autocontrol en el comportamiento criminal, pues se sabe que en este tipo de actos la impulsividad es crucial. Por eso lo repetirá con el mismo grupo en 2023. Valbuena encontró diferencias de género pues 72 por ciento de los niños comieron el masmelo antes de los 15 minutos mientras que solo el 52 por ciento de las niñas lo hicieron. “Esto puede indicar que en ellos hay más impulsividad”. El experto señala que esto se debe a aspectos neurológicos pues los hombres tendrían más estimulación de la amígdala cerebral, pero no descarta que haya influido la falta de regulación social. “Es preocupante porque el autocontrol es una competencia para la tolerancia a la frustración; es lo que nos permite insistir en los objetivos que nos trazamos”, dice.

Hoy existe consenso en que la facilidad para entretener el deseo depende de qué tan atractivo sea el estímulo. Gracias a horas de observación, sin embargo, Mischel ha podido detectar que la herramienta crucial para esperar la gratificación es distribuir estratégicamente la atención. Esto quiere decir que en lugar de obsesionarse con el masmelo, hay que distraerse con otros estímulos. En ese sentido no se trata de resistir la tentación sino de evitarla. “La mejor estrategia es poner atención a otra cosa. Lo llamamos fuerza de voluntad pero no tiene nada que ver con ella”, dice John Jonides, científico de la Universidad de Michigan.

Aunque ella no lo recuerda, Caroline Weiz, una psicóloga de la universidad de Punget Sound en Estados Unidos, hizo parte de ese primer grupo de niños que Mischel invitó a participar y fue una de las que logró postergar la gratificación. Obtuvo su doctorado en Psicología social en la Universidad de Princeton y trabajó en un proyecto de cine relacionado con hábitos y fuerza de voluntad. Para ella enseñar estrategias que permitan demorar la gratificación sigue siendo crucial. “Ciertas metas como obtener un Ph.D. requieren de esta capacidad”, le dijo a SEMANA.

Sin embargo, no todos están de acuerdo. Andrés Osuna, director de Rectamente, opina que la teoría del autocontrol y la postergación del placer “está mandada a recoger pues cuando hay tanta represión la gente se enferma”. Hoy, según Osuna, está tomando fuerza la conducción emocional, que consiste en no controlar las emociones sino en expresarlas. “Ser impulsivo no necesariamente es malo”, dice.

No obstante, Roy Baumeister, psicólogo de la Universidad de Florida y autor del libro Will Power señala que después de promover por muchos años la autoestima como característica del éxito, hoy ante la evidencia, cree que el autocontrol es la fuerza más grande que tiene el ser humano. “Cada día aparecen más y más estudios indicando los beneficios en el estudio y el trabajo, en la salud mental y física, en el comportamiento social, en la felicidad y en la longevidad”, dice. Y todo gracias a un simple y divertido experimento con masmelos.

La ciencia de esperar

Algunos consejos que ayudan a postergar la gratificación: 

Olvidar el estímulo: un chocolate en medio de una dieta puede ser un tormento. El estímulo siempre va a ser atractivo. Por eso Mischel recomienda hacer lo mismo que hicieron los niños: distraerse en otro tema para no pensar en el masmelo.

Enfocarse en la recompensa: la clave no es tener fuerza de voluntad, dice Mischel, sino enviar la atención hacia otro placer disponible en ese momento. Otra posibilidad es concentrarse en la recompensa que tendrá por ese sacrificio.

Pensar en abstracto: cuando el estímulo no puede quitarse de la vista ayuda pensar en él como algo diferente tal y como hicieron los niños en uno de los experimentos de Mischel en donde imaginaron que los masmelos eran pedazos de nube.
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