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| 11/15/1982 12:00:00 AM

LA QUIMERA DEL OCIO

En Colombia el 65% de la población urbana ocupa trabajos horas extras para aumentar sus Ingresos. Y el 50% trabaja los fines de semana.

Si recostado en el diván de Freud, el psicoanalista de cabecera le pidiera hacer una asociación con las palabras tiempo libre, ¿con qué las asociaría?
Tal vez con cero trabajo, una siesta en miércoles a las dos de la tarde y sin complejo de culpa, rumba, deporte, horas bronceándose en una playa, música, diversiones, juegos de amor o de azar, globos mientras disfruta tendido en la yerba o meciéndose en una hamaca. En resumen, seguramente, las asociaría con descanso. Descanso de la jornada de trabajo, para hacer lo que quiere, libre de obligaciones familiares, sociales, políticas o religiosas. Nada de visitas a la suegra, ni de misas, ni de reuniones sindicales o de partido, nada de reparaciones caseras o del motor del carro, nada de lavar o planchar.
En el fondo, tiempo libre se asocia con ocio, con el dolce farniente. Y tener ocio, tiempo libre es, quizás, una perspectiva fundamental de la mayoría de los seres humanos. Hasta el punto de que no sólo ha llegado a afirmarse que "el tiempo libre es un espacio privilegiado de todas las formas de decadencia o de esplendor humanos": sino que en el futuro habrá una "civilización del ocio" A pesar de que las monjitas, escandalizadas, se hagan cruces, acostumbradas como están por el peso de la tradición católica, a asociar ocio con pereza, "la madre de todos los vicios". Y aunque el ocio constituya un desafío a las morales utilitarias y resulte difícil entenderlo cuando hay gran número de personas que se hallan abrumadas de ocupaciones y cuyo tiempo de trabajo desborda la jornada laboral e invade el campo que debiera ser de descanso.
Los últimos 100 años han visto cómo el ocio se ha desarrollado y valorado, convirtiéndose en tema de investigacion y en problema de programas de gobierno. Los filósofos del trabajo lo estudian como apéndice complementario o compensador del trabajo; los especialistas del consumo lo catalogan al lado de las necesidades básicas como la alimentación la salud la vivienda, la educación, el vestido.
Pero los expertos en familia rara vez lo contabilizan y la organización del ocio no figura en ninguno de los análisis actuales de las funciones de la familia. Sin embargo, el ocio se ha convertido en un derecho de todos y tiende a constituirse en un fenómeno de masas.

EL OCIO:DERECHO DE TODOS
El ocio permitió que el mundo helénico sentara las bases de la llamada civilización occidental. La sociedad esclavista hizo posible que una clase, ociosa, liberada de la necesidad de trabajar, se encargara de los asuntos del Estado, de la organización de la polis, de las artes, de la ciencia, de la filosofía .
Para Aristóteles el ocio era un estado, el estado de estar libre de la necesidad de trabajar, una condición sine qua non de la virtud, de la sabiduría, de la felicidad. Un concepto diferentede los de tiempo libre y de recreación que hacen referencia a un lapso libre de trabajo, necesario a causa del trabajo mismo.
El ocio como sinónimo de tiempo libre es un fenómeno cuyo origen se remonta al siglo 19, vinculado con el proceso de industrialización, cuando por primera vez los sindicatos obreros comenzaron a reclamar aumento de salarios y reducción de las jornadas laborales. Desde entonces, el ocio, ese al que todos aspiran en mayor o menor medida, ha progresado lenta e imperceptiblemente en unas sociedades más que en otras. Sin embargo, esto no permitiría afirmar que en los países en desarrollo, especialmente, se haya entrado definitivamente en la etapa de despegue de la civilización del ocio. Lejos parece estar aún esa época idílica en que la riqueza real de una sociedad se mida por el tiempo dedicad o al ocio. Las tasas de crecimiento del sector agrícola, de la industria, del Producto Interno Bruto, del ingreso per capita siguen siendo los principales raseros para medir el desarrollo social.
Y mientras hay países como Francia en donde existe un Ministerio del Tiempo Libre y como los Estados Unidos en donde crece anualmente el número de consejeros del ocio (advocational counsellors) y especialistas en recreación, en países como Colombia el problema del ocio está por detrás de la lucha contra el hambre, el analfabetismo, el desempleo. Pero existen ya preocupaciones manifiestas del sector oficial e investigaciones del sector privado. Hace apenas pocos días, "El Tiempo" publicó dos extensos artículos del actual ministro de Gobierno sobre recreación, y ANIF sacó a la luz pública un estudio realizado con el propósito de sentar las bases para el diseño de un modelo de recreación popular urbana.
Los resultados de la investigación no son propiamente halagadores. Muchos colombianos, aun los que tienen acceso al diván de Freud para dejar volar su imaginación y liberar su inconsciente, cuando vuelven al gris asfalto de la calle saben que el ocio es para la mayoría un sueño nada más, un deseo reprimido como diría el padre del psicoanálisis.

ZANCADILLA AL OCIO
En Colombia, la población urbana ocupada alcanza el 40% de la población urbana total. Cerca de seis millones de personas trabajan, en teoría, 8 horas diarias y 48 a la semana. Pero las estadísticas establecen que el 65% de los trabajadores extienden su jornada de trabajo, mediante el recurso legal de las horas extras, para aumentar sus ingresos, y el 50% trabaja los fines de semana.
Calcular el tiempo libre de personas que trabajan en el hogar es muy complejo. Casos como el de las madres trabajadoras, muchas de ellas sin servicio y sin electrodomésticos, pueden considerarse críticos. Sumando la jornada de trabajo, el lavado y planchado de la ropa, la cocina, la crianza de los hijos, las "atenciones"al marido y todo lo que se ha considerado como natural e inherente a la condición femenina, podría afirmarse que el tiempo libre, el ocio, no figura dentro de la rutina diaria. Y, según las investigaciones, apenas si alcanza a una hora diaria para las madres trabajadoras de los estratos medios y medios altos. Por eso se habla de la "doble jornada", la que comienza antes de salir por la mañana para el trabajo y que continúa cuando se regresa. La más solitaria y anodina socialmente, no reconocida ni recompensada.
Por su parte, las amas de casa de la clase media que no trabajan y que cuentan con servicio y uno que otro aparatico con enchufe, disfrutan de un tiempo libre calculado estadísticamente en cinco horas diarias durante los días hábiles y en siete los domingos y festivos.
En el caso de las clases altas, las horas se aumentan y se afirma que pueden disfrutar hasta de diez horas diarias los días hábiles y 12 los domingos. Parte del tiempo lo emplean muchas de ellas en ir a los salones de belleza, a clases de gimnasia y cocina, en hacer compras o deportes, asistir a reuniones sociales o hacer trabajo voluntario en organizaciones de asistencia social. Y son entonces los maridos los que, por regla general, ejecutivos con toda la barba, alargan la jornada de trabajo por encima de las ocho horas consideradas normales.
En fin, esa franja de tiempo libre necesario para hacer un paréntesis en el trabajo y recargar las pilas es, en la práctica de la población trabajadora, más y más reducida en la medida en que se desciende en la escala social. Constituye, además, una limitante de las posibilidades de recreación de cada persona.
Esta es apenas una cara de la moneda. Porque el empleo del tiempo libre, cuando lo hay, depende también de las áreas, medios y alternativas de recreación que existen y de las posibilidades de acceso y consumo que tienen los diferentes estratos sociales. Y no se necesita ser el mago Merlín para averiguar que, en Colombia, los habitantes de los sectores populares urbanos no solamente no cuentan con suficiente tiempo libre, sino que no disponen de áreas recreativas adecuadamente dotadas.
El rápido proceso de urbanización ocurrido en las últimas décadas, según lo señala la investigación adelantada por ANIF, se ha caracterizado por la presión sobre los espacios no construidos de los barrios antiguos, la aparición de cada vez mayor número de barrios de invasión y su lenta consolidación. Esto ha llevado a que las áreas libres se hayan reducido y a que se presente una saturación de espacios construidos. En los barrios piratas, por ejemplo, apenas un 5% de las áreas se reserva para el cumplimiento de la función recreativa que varía en cada ciudad, ante la ausencia de una ley nacional sobre mínimo de áreas libres y zonas verdes.
Los índices de estas áreas en Bogotá y Medellín son de 6.5 m2 por habitante en la primera y 3.8 m2 en la segunda, muy por debajo del de ciudades tan populosas como México (24m2), y no alcanzan el mínimo deseable, 10 m2. Si se considera exclusivamente el área libre debidamente dotada que sólo llega al 20% del total de las áreas libres, el índice recreacional desciende a 0.6m2 por habitante y en los barrios populares a 0.1 m2. Es decir, los barrios populares carecen más que otros de espacios recreacionales mínimos y son los que deberían estar más adecuadamente dotados, dadas las limitaciones del ingreso familiar para financiar el ocio. Por eso, el panorama recreativo en los barrios populares se caracteriza por el consumo intensivo de las calles y los espacios de servicio colectivo. El 91% de la población que practica algún deporte lo hace en las calles, los potreros, las mangas, los parques, las instalaciones de la escuela o la parroquia. Sólo el 9% tiene acceso a las unidades deportivas adecuadamente dotadas.

Sin necesidad de ahondar mucho más en las cifras, éstas indican que aún está lejos el día en que se pueda "cazar por la mañana, pescar por la tarde y hacer crítica literaria después de cenar pero sin convertirse por ello nunca en cazador, pescador o crítico". Puede faltar tiempo para llegar a la llamada "civilización del ocio" pero en cada uno, íntimamente, existe la convicción de que hay un "derecho a la pereza"

CALCULE SU TIEMPO LIBRE
Si se entiende por tiempo libre aquella fracción de tiempo, directa o indirectamente desvinculada de la actividad productiva, para hacer el cálculo del tiempo libre, se debe descontar de las 24 horas que tiene un día lo siguiente:
Horas de jornada laboral.
Ocho horas de sueño.
Dos horas para alimentación.
El tiempo que se gasta de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.
Horas extras de trabajo.
Dos horas para satisfacer "otras" necesidades de conservación.
El tiempo dedicado a actividades derivadas de obligaciones familiares, sociales o religiosas.
Si el resultado es 1.5 horas diarias en los días hábiles, está dentro del promedio de los colombianos que trabajan en las ciudades. La investigación realizada por ANIF establece que el tiempo libre promedio de los trabajadores urbanos colombianos es de 21 horas semanales, un 12.5% de su tiempo total, si se cumple el descanso dominical, contemplado en 12 horas.
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