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| 6/27/2010 12:00:00 AM

La revolución de la K

El lenguaje también se transformó ante el poder de la tecnología.

Las tecnologías avanzan y definen el nuevo milenio. Pero ir a la zaga de cada invento requiere esfuerzos permanentes, pues cada nueva tecnología desdice la anterior. La fotocopiadora saca de circulación al papel carbón y, a su vez, avanzó en crear duplicados e incluso plagios; Internet aumenta de modo vertiginoso los flujos de información y avanza en eliminar objetos como el teléfono fijo o la pantalla de la TV, mientras se torna en el lugar de compra y venta, y ocasiona, quizá como ninguna otra tecnología, transformaciones en todos los ámbitos, en la percepción, en el cuerpo, en el lenguaje.

La relación entre lenguaje, cuerpo y tecnología es profunda y simbiótica. La tecnología nos permite más productividad y avances en el desarrollo de importantes políticas públicas, pero también, asociada al mercado, nos pide y ofrece más, hasta lo imposible: más juventud, más belleza, más senos… Así que la tecnología entra a nuestros cuerpos, pero también por el lenguaje toca todos los medios, no solo en el sentido de un sistema para que hagamos la radio o la TV, sino que cada medio genera nuevas formas culturales de expresarnos y de interactuar con la palabra.

La TV ha hecho que veamos y oigamos mientras cenamos, pero la sala de cine hizo lo contrario, que no hablemos mientras vemos la película; la Web generó que regresemos a la oralidad y que hablemos mucho, en especial, por escrito. Los mensajes digitales en celulares y chateo han ocasionado una economía en el alfabeto y que se pierda aún más la diferencia en letras como la C, la S y la Z, o que se elimine la Ñ, o que reaparezcan letras olvidadas como la K, usada combativamente.

Los jóvenes lideran esta nueva batalla y en sus avatares de las redes sociales ponen fotos, no de familia, sino de amigos sacándose la lengua, burlándose de toda autoridad y con mensajes recortados como “T kiero”. Hoy D.C., Después de Cristo, se ha remplazado por D.G.: Después de Google, significando el siglo de la conectividad.

¿Sufre el siglo XXI un síndrome de desconexión? Esta escena se repite a diario: una familia viaja de vacaciones y apenas su arribo el padre busca afanoso la señal Web, la madre conecta los cargadores, el hijo instala el videojuego, la niña corre a ver la TV en casa del vecino, quien se ha cargado con todo: están desesperados y por momentos sienten que han dejado de ser personas. Si se llegase?a perder el celular, se entra en crisis existencial. El mundo se desvanece y es como si perdiesen un “órgano fantasma”, dice R. Winocur, padecimiento similar al que soportan las personas que sufrieron una mutilación en algún miembro y en ocasiones sienten dolor o sensaciones donde antes estaba el órgano faltante: vibraciones del aparato, timbres que suenan parecido y reviven el objeto perdido. La tecnología se torna profiláctica de la lengua, nos impulsa a comunicarnos y, a su vez, nos obstaculiza estar con el otro: el sentir se valoriza sobre el pensar.
 
*Semiólogo. ciudadesimaginadas@gmail.com

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