Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2009/12/19 00:00

La vida de los otros

Las nuevas tecnologías consolidaron en 2009 la cultura del fisgoneo. Mostrarse y mirar a los demás es el nuevo pasatiempo de los cibernautas, que lo hacen sin saber las implicaciones que esto les pueda acarrear.

La vida de los otros

Sonia cree que está loca. Desde hace un año sigue a una familia por Internet a la que llama "mis amigos imaginarios". De ellos sabe casi todo, que son siete hermanos, que residen en Washington y que sus vidas son comunes y corrientes. Uno de ellos, Mike, además de tener humor negro, es experto en teología, fotógrafo, músico y amante de la culinaria. Su hermana menor, Marie, estudia arte en Nueva York y hace poco hizo una pasantía en Rusia. Sam, el mayor, es el vocalista de un grupo pop y trabaja duramente para alcanzar la fama. La más simpática es la abuelita, a quien Mike ha entrevistado para que cuente sus historias. Incluso Lizzie, la mascota, una french poodle negra, tiene un espacio en Facebook y ha sido protagonista de sus videos. Sonia no ha tenido que sufrir para obtener esta información, pues ellos mismos se la han ido suministrando con fotos en Flickr y videos en Youtube.

Ha podido atar los cabos sueltos con los blogs de cada uno. Si salen de viaje, toman fotos a los pasajes y pasaportes y registran cada lugar que visitaron o anuncian cada movimiento en twitter. Sus vidas son un libro abierto. Incluso, es posible rastrear dónde viven. "Es aterrador. Yo no sé si ellos quieren que todo el mundo los vea ni si se imaginan que alguien en Bogotá sigue sus pasos. Todos esos detalles están disponibles para el que quiera consumirlos", dice.

Sonia no está loca. Al menos no lo es más que millones que hacen lo mismo: pasan horas en busca de información de quienes nunca han visto, de enamorados olvidados o de nuevos amigos. Buscar en Google a otras personas, según estudios, es la segunda actividad más frecuente en Internet después de escribir o recibir correos. Esta curiosidad es humana, pero ahora, gracias a Facebook, Twitter, Flicker y otras redes, así como las cámaras digitales y los celulares inteligentes, fisgonear se ha vuelto normal. Igualmente ha aumentado la información de los que van dejando una huella por el mundo, al revelar sus vidas en estas redes sociales. Para Hal Niedzviecki, autor del libro The Peep Diaries, ellos están en la cultura peep, que en inglés significa espiar, palabra con la que el canadiense explica la fascinación de unos por compartir su intimidad, a tiempo que otros sienten un apetito voraz por digerir esa información. "Espiar es la espina dorsal de la web 2.0", dijo el autor a SEMANA.

Publicar y mirar todo en Internet desdibuja los límites de lo privado y lo público, cambia el concepto de la fama y genera lo que expertos llaman la sociedad de la vigilancia. "La cultura de la información ha liberado a una sociedad centinela", dice Karen Lawrence Öqvist, autora de Virtual Shadows, porque no es suficiente publicar información privada, sino que ahora hay cámaras y registros de casi todo lo que hace un individuo. De esta cultura también hacen parte los realities y, aunque muchos no lo vean así, los programas de fidelidad de las compañías que a cambio de premios venden información de sus clientes a terceros. Los datos de un individuo están en muchas bases. "Aun cuando tenemos la opción, hacemos pública nuestra vida sin que se sepa qué hacen las compañías con eso", señala la autora. Un sondeo realizado por Facebook encontró que el 90 por ciento de sus miembros nunca ha leído la política de privacidad y el 60 por ciento manifestó no estar preocupado por el tema.

Eso ha puesto a más de uno en dificultades. Un estudio de MIT entre 500 blogueros encontró que un tercio se había metido en problemas por material publicado en su diario y otro tercio tuvo líos con familiares y amigos. A Fernando Pérez, administrador bogotano, le pasó cuando se lesionó una pierna y le dieron incapacidad por dos meses. Pero sus compañeros de trabajo vieron en Facebook unas fotos suyas en un matrimonio que generaron el rumor de que no estaba tan mal. "Tuve que quitar las fotos y bloquear las actualizaciones para que mis colegas no se enteraran de mi vida", cuenta. El caso de Nicolás Castro, el estudiante que creó el grupo contra Jerónimo Uribe, es otro ejemplo. "La gente habla por Internet como lo haría en la calle, pero no es un círculo cerrado, sino público", dice Olga Lucía Lozano, editora creativa de la Silla Vacía. "Muchos no miden que lo que publican deja de pertenecerles", agrega.

Para Niedzviecki, sin embargo, esa historia sirve para ilustrar cómo chocan las dos culturas, la del peep y la tradicional, pues ésta última no lee los mensajes como la otra los publica. Porque para él, ser laxos con la privacidad no es generacional, ya que muchos adultos son adictos a mostrarse en la red, al tiempo que hay jóvenes celosos de su intimidad. "Publicar un video gracioso donde alguien simula usar drogas puede ser chistoso para mis amigos, pero no serlo para la Policía o para la compañía a la cual estoy solicitando trabajo. Pero la gente una y otra vez piensa que a nadie le va a importar",dice.
Entender por qué la sociedad adora saber todo de los demás es fácil. "Simplemente es interesante y el ser humano es curioso por naturaleza -dice Niedzviecki-. La gente termina viendo a estos desconocidos como personajes de una historia que están allí para entretener". El escándalo de Tiger Woods es un ejemplo. Hace tiempo dejó de ser un individuo de carne y hueso para convertirse en un personaje de novela con cuyo drama se deleitan los espectadores.

Para Niedzviecki, sin embargo, la pregunta es por qué muchos están dispuestos a que otros los miren, como Beauty, un ama de casa canadiense fascinada con su esposo por publicar fotos eróticas en pareja, con las cuales se nutren sitios porno aficionados. O el de Padme, una bloguera casada que escribe sobre su salud, los problemas con sus hermanos, sus hijos, y a veces también sobre su vida sexual, o el de cientos de jóvenes que envían sus fotos desnudos con mensajes de texto, un fenómeno que se conoce como 'sexting'. Todos buscan atención, sería la respuesta fácil. Pero Niedzviecki piensa que refleja la soledad ante la desaparición de la comunidad tradicional. Ante esto, los individuos se han volcado hacia nodos más globales y transitorios. Estos sitios, según Niedzvieck, no pueden reemplazar la comunidad física y por ello a veces lo que se publica parece lleno de odio. "Estos sentimientos son reales, pero también están desconectados de la gente y de las situaciones", explica el experto.

Así mismo, la gente se ha dado cuenta de que para ser célebre no se necesita tener talento. Todos tienen algo que decir, además, porque los oídos de la audiencia han cambiado y mientras más real sea la gente, más interesante para todos. En ese sentido, señala la antropóloga Paula Sibila, "cada vez se hace más necesaria la mirada del otro para ser alguien". Y el pequeño círculo de amigos de la comunidad tradicional no puede dar esa atención, sino que hay que recurrir a los 500 amigos de Facebook, a los miles de cibernautas en Youtube, a los cientos de Flickr.

Para Niedziviecki, la solución no es dejar de mirar, sino encontrar maneras de educar a la gente para que entienda lo que hace y reflexione sobre las implicaciones de estas prácticas. Una pregunta es "¿qué pasa con la dignidad humana cuando en una sociedad la miseria de unos es entretenimiento para los demás, como en el caso de Woods?". Otro caso es el del joven que alcanzó la fama como el 'Star Wars kid'. Este canadiense tenía 14 años cuando sus amigos publicaron un video suyo en el que pretendía ser un personaje de la película y luchaba contra un enemigo imaginario. El video se convirtió en el más popular de Youtube en su historia, pero el protagonista, sin embargo, no la disfrutó. La burla le llevó a retirarse del colegio y a superar con ayuda de un siquiatra la depresión que le causó verse expuesto ante el mundo entero mientras libraba su íntima batalla contra las fuerzas del Imperio.

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