Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1994/09/26 00:00

'LLAMAME AL CELULAR'

Luego de la luna de miel con la telefonía celular, los usuarios se están enfrentando a la realidad del matrimonio.

'LLAMAME AL CELULAR'

DESDE HACE UN MES SE PASEAN orondos por las calles -a pie o en carro-, se los ve en los restaurantes, en los cines, en los supermercados, en las reuniones sociales, en las ceremonias oficiales, en las discotecas y hasta en los entierros. A todos se les ilumina la cara cuando escuchan sonar el timbre y con satisfacción sacan del bolsillo su aparatico y empiezan a conversar como si el mundo a su alrededor hubiera desaparecido. Como cualquier niño que estrena su juguete un 25 de diciembre, "los del celular" andan engolosinados con su aparatico, orgullosos de ser los primeros en disfrutar de una tecnología en comunicaciones propia del siglo XXI.

Y no es para menos. Para los adictos del teléfono, el celular significa la liberación. Según las cifras dadas por Comcel y Celumóvil, sólo en Bogotá, los usuarios llegan hasta el momento a unos 20.000. Ellos ya no necesitan pedir prestado un teléfono, pueden empezar a despachar desde el momento en que se suben al carro, en los trancones encuentran oficio ante la mirada envidiosa de sus vecinos de carril, pueden llamar a sus casas y oficinas para avisar que están demorados o incluso iniciar reuniones y visitas antes de llegar a sus destinos. Pero del otro lado están los dolientes del celular. Los de la mesa vecina en el restaurante cuya tranquilidad es de pronto interrumpida por una conversación de la cual sólo escuchan a un interlocutor. O aquellos que en medio de la proyección de una película oyen el insistente timbre y luego una voz, baja pero molesta, que contesta una llamada, impidiéndoles disfrutar del filme. A tal punto han llegado las cosas, que no son pocos los establecimientos que están pensando en restringir su uso en sitios públicos, como ha sucedido en otros países.

El usuario típico es el yuppie con un ingreso mínimo de 500 mil pesos mensuales. Las razones para comprar el servicio son variadas. Hay quienes lo necesitan por movilidad, es decir para poder desplazarse a cualquier parte sin inconvenientes para comunicarse. O quienes lo compran por seguridad, ya que como este tipo de tecnología no utiliza cableado convencional sino el espectro electromagnético, es difícil que una llamada pueda ser intervenida. Ya sea por comodidad, seguridad o necesidad, todos quieren mostrar que están en la onda de la actualidad.

Claro que en Colombia todavía no son muchos los llamados al reino del celular. Como pasa siempre con las nuevas tecnologías, los altos costos hacen que aún sea inaccesible para la gran mayoría. Un aparato puede valer entre 250.00Q y 750.000 pesos, sin contar con el costo de instalación de la línea, el cual oscila entre 850.000 y 990.000 pesos, según la empresa. De otra parte están los accesorios: diversas clases de baterías, cargadores, micrófonos para operación a manos libres, antenas para ampliar la cobertura, aditamentos que hacen más práctico el manejo pero encarecen el servicio.

Como sucede con todo, después del entusiasmo de los primeros días viene la realidad. Algunos usuarios consultados se quejaron del sonido, de la cobertura y de la baja duración de las baterías. Una de las bromas preferidas en los clubes del norte de Bogotá, es la del usuario que asegura que su aparato sí le funciona, cuando en realidad todos están fuera del alcance de las celdas, ya que todavía no se han construido las suficientes torres para suministrar el servicio en toda la Sabana. Otra dificultad es que cuando están en un vehículo en movimiento y mantienen una conversación, se les caen las llamadas. Esto sucede porque aún no se ha optimizado el sistema mediante el cual la señal pasa de una torre a otra. También son frecuentes las comparaciones entre los dos sistemas: el analógico y el digital. Hay algunas diferencias, pero desde el punto de vista de quien lo utiliza el principal es el sonido. Mientras con el analógico se escucha como cualquier llamada telefónica convencional, el digital tiene un sonido metálico, que disgusta a mucha gente porque no les reconocen la voz.

Independientemente de los ajustes técnicos, normales en cualquier tecnología que se está implementando, otras quejas de algunos usuarios se refieren a que ahora no se pueden escabullir tan fácilmente. Muchos compradores gomosos repartieron el número del teléfono celular a quien quiso oírlos y ahora no pueden evitar ser ubicados a toda hora y en cualquier lugar. Ya las disculpas de que "el doctor está en junta" no les sirven. Y muchos maridos ya no tienen excusa para no reportarse y aquello de que "no pude llamar" tendrá que ser cambiado por otra más convincente. Como decía hace poco D'Artagnan en su columna, más que un instrumento de comunicación el celular es un detector de mentiras.

La verdad es que quien adquiere un celular sacrifica gran parte de su independencia: está siempre disponible para quien lo necesite. Para dirimir esta guerra entre los llamados y los que llaman, las empresas comercializadoras de telefonía móvil han optado por dar el servicio de voise mail -o contestador automático-, así el usuario podrá desconectar su teléfono y responder las comunicaciones que desee, pasando por alto las que no le interesen.

Con el tiempo algunos de los inconvenientes se corregirán y otros se volverán tan cotidianos que pasarán inadvertidos. Pero lo cierto es que muchos adictos al celular están ahora pagando el precio de ser los pioneros de una nueva tecnología. La semana pasada, cuando empezaron a llegar las cuentas, algunos pusieron el grito en el cielo. Según las empresas, la facturación promedio se ubica entre los 100.000 y 200.000 pesos como precio estimado, respetando los minutos mensuales contratados con la compañía. Sin embargo, aquellos que se han excedido tienen que pagar un valor extra. Y de acuerdo con informes de las empresas, se han registrado cuentas de más de 500.000 pesos e incluso algunas que llegan al millón de pesos. Al parecer, luego de la luna de miel, los usuarios del celular se enfrentan a la realidad del matrimonio.

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