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| 3/20/2008 12:00:00 AM

“Lo bello es feo y ?lo feo es bello”

En su más reciente trabajo, Umberto Eco hace un recorrido sobre el concepto de la fealdad en diferentes épocas.

Los filósofos y los artistas en todos los tiempos se han preocupado por definir la belleza. Por eso existen numerosas teorías estéticas e historias del arte. No ha ocurrido lo mismo con la fealdad. En esta materia los teóricos han sido bastante parcos y la gente parece conformarse con la simple idea de que lo feo es lo opuesto a lo bello. Y, yendo un poco más lejos, en aceptar que la fealdad es relativa y depende de las épocas y las culturas. Lo que era inaceptable ayer, se puede convertir en lo aceptado de mañana, lo que antes se consideraba feo puede llegar a ser tenido como bello. "Lo bello es feo y lo feo bello", decían sabiamente las brujas de Macbeth.

Quizás algún día se llegará a escribir una gran estética de la fealdad. Por lo pronto, Umberto Eco, con la colaboración de un equipo de investigadores, ha escrito su Historia de la fealdad, un interesante libro que rastrea las diferentes nociones de lo feo que han existido desde la antigüedad hasta hoy. Al observar la gran cantidad de textos, imágenes y curiosas anécdotas recogidas en su libro, queda claro que este tema no ha sido indiferente para la cultura occidental. Se ha pensado y representado la fealdad mucho más de lo que se pudiera creer. No hay duda: al margen de la historia de la belleza, se escribía también la historia de la fealdad, no menos valiosa y apasionante.

Los griegos fueron los primeros en enfrentarse a la fealdad y a la perversidad. Su mitología es un vasto catálogo de crueldades: Tántalo cuece a su hijo Pélope y se lo ofrece en un banquete a los dioses, Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia para aplacar la ira divina, Atreo ofrece la carne de sus hijos a su hermano Tiestes. Seres bellos que realizan acciones 'feamente' atroces. Y seres que violan las leyes de las formas naturales: las Sirenas, pajarracos rapaces (distintas a las hermosas mujeres con cola de pez inventadas por una tradición posterior); la Esfinge, de rostro humano en un cuerpo de león; el Minotauro, con cabeza de toro en un cuerpo humano. Tersites, un personaje que aparece en La Ilíada era bizco, cojo y sus hombros encorvados se le juntaban en el pecho. Tenía, además, la cabeza puntiaguda y el pelo escaso. Su repugnancia física -y también moral- fue sin embargo representada bellamente por Homero. Los griegos no negaron la fealdad: la conjuraron. Descubrieron que se podía imitar bellamente las cosas feas, "un principio que sería universalmente aceptado a lo largo de los siglos".

En el cristianismo el tema de fealdad aparece con la pasión de Cristo. Un hombre flagelado, coronado de espinas, agonizante y desfigurado por el sufrimiento no podía, ciertamente, proyectar una imagen de belleza. Por eso el arte paleocristiano evitó las iconografías de la crucifixión y prefería el símbolo abstracto de la cruz. Y no obstante su aceptación posterior y la figura idealizada que proyectaría después una larga tradición artística de un Jesús bello, de rasgos delicados, casi empalagoso, el gusto por la fealdad será exaltado -con fines de culto- a través de una fecunda imaginería de mártires cristianos, miedo a la muerte, infierno, pecado y diablo. En los siglos II y III, Tertuliano, en aras de la fe, exhorta a soportar un sufrimiento atroz, rayano en el sadismo. En la Edad Media, las grandes masas de pecadores se aterran con las visiones del triunfo de la muerte que les presenta la literatura y la pintura. En un grabado del cementerio parisiense de la Église des Innocents, papas, emperadores, monjes y muchachos bailan juntos conducidos por esqueletos y celebran la caducidad de la vida. Al detallado disaster movie que es el Apocalipsis, se le agrega la invención minuciosa del infierno. Los textos de Marchelli y de san Alfonso María de Ligorio superan a Dante en violencia y descripción de tormentos infernales. Teófilo Folengo en Baldus, hace un compendio fantasmagórico de todas las fealdades diabólicas.

El Renacimiento, que defiende el predominio de lo humano y de lo terrenal sobre lo divino, acoge como héroes a los deformes y desproporcionados Gargantúa y Pantagruel. Con ellos, lo obsceno y lo vulgar adquieren carta de ciudadanía. Y lo cómico: nace la caricatura que redime la estética de lo feo. La exageración se vuelve un elemento dinámico y protagonista.

La muerte de Rafael en 1520 marca el fin de la concepción clásica del arte, basada en la imitación de las armonías de la naturaleza. Nacen el barroco y el manierismo, antecedentes del romanticismo y las vanguardias donde se consolidará en forma definitiva el triunfo de lo feo. En el barroco, el artista ya no se supedita a un modelo anterior, busca lo expresivo, lo ingenioso que hay en su interior. Se impone la subjetividad y se justifica la deformación y la trasgresión de las reglas. Durante ese período, la vieja práctica del vituperio contra la mujer -por su supuesta "maldad interior" y su "nefasto poder de seducción"- da un vuelco y se convierte en un elogio y una atracción de las imperfecciones femeninas. "El enamorado siente una admiración desenfrenada por la amada, aunque sea ésta la fealdad en persona, carente de toda gracia natural, marchita, forunculosa, blanca, roja, amarilla, negra, pálida como la cera, con la jeta plana y redonda como la de un bufón…", dice Robert Burton en Amar a una mujer fea.

En la época actual hay una indudable atracción por lo feo. Monstruos como E.T. o los extraterrestres de La guerra de las galaxias, parecen irresistiblemente encantadores. A los niños los atraen los pokemons, los dinosaurios y toda suerte de criaturas deformes. Gustan las películas splatter -en las que se machacan sesos y la sangre salpica en las paredes- y de terror como La noche de los muertos vivientes, donde aparecen zombies con la piel arrugada y putrescente y las uñas negras y los dientes negros. Ed Wood, el peor director de la historia del cine, es considerado un héroe. La filosofía Cyborg -seres humanos con órganos mecánicos y electrónicos- no escandaliza. Se admira la belleza clásica de Brad Pitt o de Nicole Kidman pero los jóvenes parecen estar más cerca de Marilyn Manson que de Marilyn Monroe. Aunque, es cierto, el 'feísmo' no tiene el sentido de rebeldía que tenía para un esteta del siglo XIX su afirmación de la belleza cadavérica y de "las flores del mal". Se practica para parecerse, no para diferenciarse. Porque ahora lo feo y lo bello no son signos opuestos sino neutros. ¿Será verdad? Habría que preguntárselo a la brujas de Macbeth. n
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