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| 9/15/2009 12:00:00 AM

Lo mejor de Salmona en Washington

Bajo el nombre 'Espacios abiertos, Espacios colectivos', se exhiben los mejores diseños del arquitecto colombiano en el Museo de Arte de las Américas de la OEA .

Para el arquitecto colombiano Rogelio Salmona (1927–2007) su oficio era “el encuentro, la confluencia, la frontera, entre la geografía y la historia”.
 
Así, por ejemplo, si Washington, con sus magníficas avenidas, su plácida topografía, sus amplísimos espacios públicos, sus árboles majestuosos, es el testimonio de una nación que desde un comienzo se supo única y aspiró a la grandeza; el aspecto desordenado y tumultuoso de Bogotá revela el drama de un país exuberante, caótico, que ha intentado amansar, siempre en vano, su violencia.
 
El contraste entre las dos capitales es palpable en la exposición temporal ‘Rogelio Salmona: Espacios Abiertos, Espacios Colectivos’, que estará en el Museo de las Américas hasta el final de septiembre.

La comparación, por supuesto, no es del todo justa. El ingeniero militar Pierre L’Enfant tuvo el privilegio de poder diseñar la capital estadounidense en un terreno baldío, de la misma forma que un artista aborda un lienzo en blanco. Fue el mismo George Washington quien le encomendó esa tarea en 1791, sabiendo desde un principio que la ciudad estaba destinada a ser el epicentro del poder político nacional.

Bogotá, por su parte, se desarrolló de una manera casi espontánea, sin planificación ni orden aparente, convirtiéndose en la más improbable de las capitales de la América española. Pasarían cuatrocientos años antes de que Rogelio Salmona se pusiera en la tarea de humanizarla, hacerla más placentera, más vivible. Al parecer de Salmona, “la función de la arquitectura en las ciudades latinoamericanas, especialmente las colombianas, que son ciudades fragmentadas, es la de coser esa fragmentación por medio de espacios públicos”.

A esa delicada labor de sastrería le dedicó su vida, dejando las huellas de sus enmendaduras en diferentes ciudades de Colombia, especialmente en Bogotá, en donde vivió buena parte de su vida. Allí construyó urbanizaciones, museos, edificios públicos, y se convirtió en el más representativo de los arquitectos nacionales.
 
 Aun cuando nunca se graduó de la facultad, Salmona aprendió su oficio en París, en el taller del célebre urbanista suizo -y nacionalizado francés- Le Corbousier, al tiempo que estudiaba historia del arte en la Ciudad Luz, y educaba su sensibilidad en sus extensos viajes en Europa.

“Yo no me inventé nada”, solía advertir, y quien recorra la capital colombiana podrá constatar hasta qué punto es el ladrillo, tan popular y ordinario, una pieza fundamental de su constitución.
 
Sin embargo, es Salmona quien, mediante una constante y meticulosa experimentación, eleva la utilización del material al terreno de lo plástico: él mismo diseñaba sus propios ladrillos, o los horneaba más o menos tiempo para darles la tonalidad deseada. De la misma manera, como se puede apreciar en la exposición, el arquitecto apeló a su formación en historia para estudiar las diferentes maneras en que lo utilizaron determinadas culturas en sus respectivas épocas, rescatando así técnicas olvidadas por la arquitectura moderna.

Pero el uso del ladrillo en Salmona no se limita a una cuestión utilitaria, ni siquiera estética. “Salmona era un arquitecto social”, recalca Martha Debia, miembro del comité de curadores que preparó la exposición; “él consideraba fundamental que sus edificaciones dieran cuenta de su entorno, que se apropiaran de las tradiciones de la gente que las iba a vivir”. En ese sentido, la producción ladrillera contaba con una virtud adicional: puesto que su elaboración era de carácter artesanal, se caracterizaba por ser intensiva en mano de obra.

Quizá una de las características más entrañables en las obras del gran maestro, es la humildad con que se supeditan a su ambiente, tanto natural como geográfico. Independientemente de la escala de sus edificios, ya fuera un conjunto habitacional popular, ya un museo, ya una casa, ya una biblioteca pública, en ningún caso son indiferentes a su contexto.
 
Por el contrario, se antojan más bien sensibles en extremo a él, de manera que lo resaltan y lo engalanan. No se halla en ellas el espíritu megalómano de tantas construcciones humanas, sino que se detecta un anhelo de cohabitación armónica con la naturaleza, propio de las culturas prehispánicas.

“¿Por qué nos conmueven las obras de arquitectura, tanto las monumentales como las anónimas y populares?”, se preguntaba Salmona. “¿No será porque a través de ellas se revelan estilos de vida, instituciones, maneras de pensar, de ver el mundo?”. Sin duda que la mayor virtud de esta exposición itinerante, preparada durante tres años, es que consigue transmitir la sensualidad de la obra del arquitecto colombiano, su mensaje trascendente de convivencia y humanidad, su capacidad para conmover.

Unas características, notará el visitante, curiosamente similares a las que se experimenta recorriendo la ciudad diseñada con el trazo certero de L’Enfant, en los albores de la independencia estadounidense. Después de todo, ciudades en apariencia diferentes como Washington o Bogotá, tienen sus cosas en común. Porque, en ocasiones, hay tanta maestría en el remiendo del artesano como en la pincelada del artista.

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