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| 8/6/2011 12:00:00 AM

Locos al poder

El nuevo libro de un reconocido psiquiatra sugiere que los mejores líderes en épocas de crisis deben tener o haber sufrido algún problema mental, como depresión o manías.

¿Alguna vez se ha preguntado por qué George W. Bush es considerado uno de los peores líderes en llegar a la Casa Blanca? La explicación, según una nueva teoría, podría resumirse en una simple frase: Bush era un hombre demasiado cuerdo para llevar las riendas de un país en medio de una coyuntura como la que surgió a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Bajo su mandato, no titubeó en involucrar a la potencia en dos guerras y generar una crisis económica que aún no ve la luz al final del túnel.

Según Nassir Ghaemi, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Tufts, las personas como él pueden ser excelentes mandatarios en épocas de paz, cuando no hay desafíos significativos, pero en tiempos de crisis los mejores líderes son quienes tienen cierta dosis de locura, ya sea una historia de depresión o alguna manía. Esa es la teoría de su nuevo libro A First Rate Madness, que salió a la luz la semana pasada.

En esta obra, Ghaemi cuenta las biografías de personajes como Winston Churchill y Mohandas Gandhi, conocido como el Mahatma, ambos afectados por la depresión, y las mezcla con la más reciente evidencia científica en este tipo de desórdenes, para concluir que las enfermedades mentales resaltan el liderazgo en tiempos de crisis y que, por tanto, en esos momentos es mejor ser gobernados por gente relativamente loca que por los más equilibrados. "La mayoría de autores mencionan esta condición como un impedimento que hay que superar. Yo digo que la depresión fue importante en su liderazgo porque mejoró esa habilidad para llevar a un país a buen puerto", señaló el experto.

Ghaemi la llama la ley inversa de la cordura y el ejemplo más elocuente es el del primer ministro inglés Neville Chamberlain, a quien define como un respetado hombre de negocios de Birmingham, "encantador, sobrio, inteligente y en sus cabales", quien fue en tiempos de paz un mandatario competente. Sin embargo, con esa estructura mental normal, Chamberlain no fue capaz de prever los pasos de animal grande que daba Alemania bajo las órdenes de Adolf Hitler. Por el contrario, Winston Churchill, quien era un hombre temperamental, malhumorado, grandilocuente y parlanchín, que con frecuencia resultaba molesto para la gente, fue más acertado. Y fue su depresión, a la que se refería como "perro negro", la que le sirvió para agudizar su olfato político. En 1930, mientras Chamberlain ganaba los aplausos por apaciguar a Hitler, a Churchill lo rechazaba incluso su propio partido. Pero, según el psiquiatra y autor, la depresión le ayudaría a Churchill a ver la amenaza nazi mucho antes que otros, lo que en últimas le permitió derrotar a Alemania.

Abraham Lincoln, otro con historia de depresión, es también un ejemplo. Aunque actuó de manera errática frente al tema de la esclavitud, primero oponiéndose y luego defendiéndola, al llegar la guerra civil Lincoln admitió su error y en un gesto de flexibilidad y pragmatismo se adaptó a los tiempos cambiantes. "No fue el líder que una vez toma una decisión no da vuelta atrás", señala Ghaemi.

No es la primera vez que la ciencia relaciona locura con genialidad. Pero sí resulta novedoso que estos rasgos se asocien con un mejor liderazgo político. No obstante, el experto dice que aquí se debe aplicar el principio de 'Ricitos de Oro', que establece que todo es bueno, pero solo con moderación. Como le explicó el autor a SEMANA, el tema no es defender la esquizofrenia o la psicosis, sino ciertos tipos de enfermedad mental, como la depresión o la manía. "Aun síntomas severos de estas condiciones han sido útiles para la gente que las sufre, no en el momento en que las viven sino cuando se recuperan".

Ghaemi señala cuatro rasgos: la empatía, la creatividad, la resiliencia y el realismo. "Aunque estos pueden aparecer en personas normales, hay evidencia científica de que se incrementan con episodios de depresión", dijo el experto a SEMANA. La depresión, por ejemplo, fomenta los rasgos del realismo y la empatía. La gente que ha estado deprimida alguna vez o es depresiva tiene una visión más realista, y al ver el vaso medio vacío acierta más que los optimistas. La gente normal, por el contrario, sufre de lo que Ghaemi denomina ilusión positiva, es decir, una idea errada del control que tienen a su alrededor.

Lo anterior se ha comprobado en experimentos en los que piden a la gente presionar un botón y observar una luz verde como resultado de esa acción. Quienes no tienen síntomas de depresión sobrestiman el control que ejercen sobre la luz y no se dan cuenta de que en realidad esta es manipulada por los investigadores, mientras que los deprimidos sienten que tienen poco control sobre el asunto. En ese mismo sentido, los líderes depresivos ven los acontecimientos con mayor realismo, más del que tenían los gobernantes con una arquitectura mental más lúcida.

La depresión también fomenta la empatía, como han mostrado docenas de estudios científicos. Uno de los que cita el autor concluye que los pacientes con depresión severa tienen una lectura más alta en los niveles estándar de este rasgo, muy por encima de los estudiantes en el grupo control: mientras más grave el diagnóstico de depresión más empatía se reportó, y este resultado se dio aun en personas que no estaban deprimidas en el momento, sino que lo estuvieron en el pasado.

Debido a su depresión, Martin Luther King y Mohandas Gandhi desarrollaron una gran empatía, lo cual, según Ghaemi, marcó su manera de hacer política pacíficamente. Esto se observa en el hecho de que "no pretendían derrotarlos, sino curarlos de sus posiciones erradas", dice el experto. La creatividad fue el rasgo fundamental de general William Sherman, figura clave en la Guerra Civil de Estados Unidos, y Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy, diagnosticados como maniacos, fueron resilientes gracias a su condición. Ted Turner, el único personaje vivo de los escogidos por el autor en el libro, es diagnosticado con hipertimia, al igual que Kennedy, y es un ejemplo de que los líderes con cierta dosis de locura no solo se refieren al plano político, sino también al empresarial. En general, al manejar durante su vida los altibajos que suponen estas condiciones, estos hombres estuvieron más equipados para resolver las situaciones más complicadas. Mientras tanto, personajes como George W. Bush y Tony Blair, a quienes Ghaemi considera líderes fracasados por ser mentalmente sanos, los acabó esa ilusión positiva que aísla a los cuerdos y los hace ver el mundo mejor de lo que es en realidad. El exceso de confianza en Bush lo llevó a no escuchar las opiniones opuestas y a ignorar la opinión pública.

La tesis de Ghaemi ha generado controversia. Algunos creen que esta visión rosa de las enfermedades mentales es equivocada. Los detractores piensan que los raciocinios de estos enfermos son irracionales y, por tanto, también lo son las conclusiones a las que llegan. Critican al autor porque desconoce que el liderazgo tiene que ver más con "la relación entre el líder y sus seguidores que con el carácter individual del mismo", señala Michael Bond, editor senior de New Scientist.

Ghaemi, sin embargo, cree que la depresión sí tiene efectos positivos profundos en la gente que la sufre, pero el estigma que conlleva hace que nadie pueda ver este lado positivo. Aclara que ser depresivo no es una bendición, pero esta enfermedad no debería limitar a las personas para ocupar cargos de mayor jerarquía. "Espero que este libro nos ayude a ser más flexibles y a dejar de buscar líderes promedio, comunes, normales". Por eso en las próximas elecciones no hay que indagarles a los candidatos por su programa económico sino preguntarles: ¿ha tenido ansiedad o sentimientos persistentes de tristeza y vacío?
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