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| 10/16/2000 12:00:00 AM

Los ecos de la ruptura

En un reciente libro una sicóloga reexamina los efectos de largo plazo que tiene el divorcio sobre los niños.

Pueden construir una vida feliz hasta el final de sus días los hijos de las parejas divorciadas? Esa es la inquietante pregunta que ha orientado las investigaciones de la sicóloga Judith Wallerstein desde hace casi 30 años, cuando comenzó a estudiar los casos de más de 100 niños cuyos padres se habían separado poco tiempo antes. Los desesperanzadores resultados obtenidos fueron el tema de su best seller, publicado en 1989 y titulado Segundas oportunidades: mujeres, hombres e hijos diez años después del divorcio. Wallerstein concluyó en ese entonces que los efectos del divorcio marcaban de por vida y eran traumáticos para los niños. En tanto que sus padres podían sentirse liberados gracias a la ruptura de un matrimonio insatisfactorio, los niños experimentaban una fuerte sensación de pérdida. En las entrevistas muchos de ellos expresaban un profundo pesimismo acerca de su futuro.

En ese entonces la mayoría de los entrevistados por Wallerstein tenían entre 10 y 25 años y eran, por consiguiente, suficientemente jóvenes para reinventar sus vidas. Para observar qué ocurrió desde ese momento la investigadora localizó cerca del 80 por ciento de los ‘niños’ (que ahora tienen entre 28 y 43 años) para escribir su nuevo libro La inesperada herencia del divorcio: un estudio sobre 25 años. Esta actualización del informe trae algunas buenas noticias. Un sorprendente número de las personas observadas en su estudio inicial encontraron, con el tiempo, algún tipo de realización personal en su trabajo y en su propia vida familiar. Sin embargo ella escribe: “Independientemente de que el resultado final haya sido bueno o malo, toda la trayectoria de la vida de un individuo resulta profundamente alterada por la experiencia del divorcio”. Dice además que el dolor no es atenuado por el hecho de que el divorcio sea actualmente mucho más común que antes: “Cada uno de los niños de una clase escolar en donde la mitad son hijos de padres divorciados grita ‘¿Por qué me ha pasado esto a mí?”.

En su nuevo libro Wallerstein cuenta las historias de cinco de estos sobrevivientes del divorcio (todos protegidos con seudónimos y con ciertos arreglos en la historia que ocultan su identidad). Algunas de estas historias son bastante conmovedoras y reconocibles por cualquiera que haya sufrido la ruptura de un matrimonio. Karen, por ejemplo, se convierte en la ‘tutora’ de la familia y sacrifica con demasiada frecuencia sus propias necesidades emocionales para evitar que los vestigios de su familia terminen de disgregarse totalmente. Después de los 20 años logra escapar de una relación destructiva y finalmente cursa estudios universitarios y se casa con un hombre bueno. Pero inclusive después del nacimiento de su hija percibe su vida desde la sesgada perspectiva de un hijo de padres divorciados. Un día, cuando su marido sale a trabajar luego de que han tenido un altercado sin importancia, ella siente que están a punto de separarse. Sus reacciones ante conflictos normales son extremadamente fuertes y, en ocasiones, debilitantes.

Otros investigadores han criticado el anterior trabajo de Wallerstein aduciendo falta de rigor científico. Sus conclusiones proceden de entrevistas y no de pruebas sicológicas estandarizadas. Tampoco utilizó un grupo de control. Su muestra original tampoco fue satisfactoria para muchos, quienes no la consideran representativa puesto que casi todas las familias eran de clase media y vivían en Marin County, al norte de San Francisco, por lo cual difícilmente pueden tomarse como un microcosmos de Norteamérica. Las personas estudiadas provienen, además, de familias que sufrieron sus divorcios durante una época particularmente tumultuosa de la historia de Estados Unidos: el final de los años 60 y el comienzo de los 70. Otros estudios sobre grupos más diversificados de niños han mostrado que aunque el divorcio siempre es un trauma para los niños no es tan devastador como lo sugiere Wallerstein.

En su nuevo trabajo Wallerstein trata de tener en cuenta algunas de estas críticas, comparando a los hijos de divorciados con personas que crecieron en familias que tuvieron las mismas características pero que no llegaron al divorcio. Es un esfuerzo admirable, pero no es convincente porque los detalles biográficos de las familias no llegan a concordar totalmente. Otros investigadores han resuelto este problema realizando estudios de largo plazo y observando tendencias entre grandes números de familias, con lo cual tienen en cuenta cantidades de éstas muy superiores a la muestra relativamente pequeña del estudio de Wallerstein.

A fin de cuentas la verdadera contribución de Wallerstein no reviste un carácter científico sino que se encuentra en la profundidad de las observaciones. Investigadores de escuelas más tradicionales pueden cuestionar sus métodos pero sus percepciones son difíciles de controvertir. Cualquier hijo de pareja divorciada —independientemente de lo distante que se halle en el tiempo del momento de la ruptura— puede identificarse sin dificultad con las heridas afectivas que Wallerstein analiza. Entre los miembros de una familia divorciada, inclusive las ocasiones marcadamente felices, presentan ribetes de ansiedad. ¿Qué pasará durante las vacaciones? ¿Quién irá a mi representación de teatro del colegio? ¿Habrá dinero para mi universidad?

Wallerstein escribe que más tarde “la ansiedad conduce a muchos a efectuar elecciones equivocadas en sus relaciones y a abandonar apresuradamente el vínculo tan pronto como surgen problemas”. Luchan más de la cuenta porque carecen de lo que Wallerstein denomina “el temple interior” producido por —y necesario para— una relación exitosa. Aquellos que lo logran salen “más fortalecidos por sus luchas”, dice. De modo que la respuesta a su pregunta inicial es sí, pueden existir finales felices. Pero los recuerdos tristes nunca se desvanecerán por completo.
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