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| 1/9/1989 12:00:00 AM

LOS HIJOS DE LOS AUSENTES

Las secuelas de la violencia dejan huellas imborrables no sólo en los familiares de las víctimas, sino en toda la sociedad.

Diciembre es, entre otras muchas cosas, el mes de los balances y no cabe la menor duda de que el de Colombia en materia de violencia arrojará saldos en rojo en este año como en ninguna otra oportunidad. La modalidad de las masacres se extendió por todo el territorio nacional y se ha llegado a tal punto, que militares y sectores del gobierno ya han fijado un número mínimo de muertos para que una matanza colectiva pase a ser denominada masacre.
Los familiares de los cientos de víctimas no tienen ni siquiera el derecho a elaborar su duelo: no terminan de enterrar a sus muertos cuando una nueva matanza u otra peor se comete. El pánico, el horror y el desamparo de familiares, amigos, vecinos y en general del ciudadano común y corriente de la población en donde han ocurrido estas masacres son de tal magnitud que ya han comenzado a surgir fundaciones o asociaciones cuya única finalidad es la de atender a las víctimas de la violencia.
Esta modalidad de matanzas generalizadas no es nueva en Colombia.
La antropologa María Victoria Uribe, graduada en la Escuela Nacional de Antropología de México, viene adelantando una investigación sobre las masacres ocurridas en el país desde 1948 hasta 1964. A pesar de que ha encontrado rasgos similares entre esas y las de hoy en día, hay otros que no se repiten. La prensa de la época y los expedientes judiciales han sido su fuente de información. Entonces las víctimas eran escogidas previamente y se llegaba a los sitios en la noche o en la madrugada. Los agresores vestían siempre de militares pero llevaban la cara destapada. El escenario era eminentemente rural, en veredas aisladas. Se hacia salir al patio a los varones y en fila se iban matando uno a uno. A las mujeres las violaban y ni siquiera se respetaba a las niñas. A las embarazadas se les sacaba el feto y en su lugar se metía un animal. A los cadáveres de las víctimas se les hacía cortes, como el famoso corte de franela, y en muchas ocasiones se les ponía en las manos su propia cabeza. Los únicos que se salvaban eran los niños quienes, por consiguiente, llevaban el recuerdo de lo ocurrido para el resto de sus vidas. Muchos de ellos repitieron el ciclo de la violencia al convertirse en los famosos bandoleros de los años cincuenta. "Sangrenegra", "Chispas", Efrain González son hijos de la violencia así como muchos guerrilleros. En esta estadística de masacres ya están registradas unas 300, en las cuales el número de muertos va de 4 a 200 y en los expedientes judiciales no se ha encontrado ningún responsable que haya sido juzgado.
La antropóloga María Victoria Uribe anota cómo después de esos hechos se crearon algunos organismos que se encargaron de atender a los huérfanos y a las viudas. Uno de ellos fue Sendas, creado bajo el gobierno de Rojas Pinilla. Los Hogares Juveniles Campesinos también surgieron a partir de ese periodo. Sin embargo, ninguna entidad se responsabilizó de atender las secuelas sicológicas y todavía no existen estudios que analicen el impacto emocional de la violencia sobre las poblaciones. Lo que han detectado los historiadores es que en esa época los medios de comunicación no lograban recoger los hechos con la inmediatez de hoy en día, y fueron muchas las regiones que ni siquiera se enteraron de estos sucesos. En la actualidad, cualquier hecho ocurrido en el punto más lejano del país es conocido de inmediato en todo el territorio nacional a través de los medios de comunicación. Y las dimensiones del problema han llegado a tal punto, que ya el gobierno y los particulares han comenzado a tomar cartas en el asunto. "Cedavida" es un botón de muestra de las nuevas organizaciones creadas para atender a víctimas de la violencia. Se trata de una institución privada, cuya presidencia honoraria está en manos de Danielle Mitterrand y cuya directora es Gloria Flórez de Pardo, viuda de quien fuera candidato a la presidencia por la Unión Patriótica Jaime Pardo Leal. "Estamos desarrollando una labor técnica en una primera instancia ", dijo a SEMANA Constanza Ardila, secretaria general de Cedavida. Lo primero que se hizo fue levantar un censo de víctimas en sitios como Urabá, Barrancabermeja, Antioquia, Meta, Caquetá y Arauca. Los resultados parecen hablar por si solos. En Barrancabermeja, por ejemplo, ya se conformó un comité creado con 43 viudas y 200 niños huérfanos. Después de prestarles asistencia primaria en salud, han entrado a organizar microempresas, pues la mayoría de estas viudas carecen de recursos económicos. Su viudez las ha convertido a la fuerza en jefes de hogar. Apartado (Urabá) es otro de los sitios donde ya está funcionando un comité de esa organización. Allí el censo de víctimas ha sido muy difícil, por cuanto el miedo ha hecho que los familiares de la mayoría de los asesinados abandone la región. Sin embargo, en Apartadó ya está funcionando una microempresa de cultivos hidropónicos con lo cual se ayuda a unas 60 viudas que decidieron permanecer allí y se provee a la región de alimentos que hasta hoy eran traidos de otras regiones del país. Se está estudiando un proyecto para crear una microempresa que elabore harina de plátano con el desecho del banano.
En otros sitios del país la situación es distinta. En el Meta, por ejemplo, se han encontrado 87 niños huérfanos que no tienen familia y que por lo tanto han sido trasladados a Bogotá y acogidos por diferentes personas mientras se crea un hogar infantil que los pueda albergar. En Caquetá, Arauca y Segovia se están levantando los censos y adelantando gestiones para crear microempresas. Además de esta labor técnica, Cedavida presta asistencia jurídica, consistente en la defensa de los bienes de las víctimas. Los éxodos masivos determinan que muchas familias abandonen su pedacito de tierra y sus pocos enseres y después no quieran regresar a la zona. "Por esto, dice Constanza Ardila, nosotros nos encargamos de recuperarles sus bienes y con esto ayudamos a mitigar su situación económica".
Cedavida no es la única institución que le está metiendo el hombro a los estragos que deja la violencia en la familia. Hace unos años se creó en Colombia la Asociación de Familiares de Desaparecidos " ASFADES", entidad que parecía un tanto exótica en un país sin dictadura. La imagen de las Madres de la Plaza de Mayo en la Argentina se veía muy distante de la realidad colombiana. Sin embargo, las cifras de desaparecidos en el país lo refuta de manera contundente. De acuerdo con Gloria de Díaz, presidenta de la asociación, el número de desapariciones registradas hasta la fecha alcanza los 1.400 casos. La Procuraduría General ha recibido 1.100 denuncias.
Lo más grave, sin embargo, no es el número de casos, sino las secuelas que dejan en la familia. Si en el caso de las masacres el duelo de esposas, madres e hijos es un hecho real e irrefutable, en el caso de las desapariciones la cosa no es tan sencilla. La familia no puede ni quiere llorar a la persona, porque su cadáver nunca aparece y siempre guarda la esperanza de que aparezca.
Sin recursos económicos y sólo con la fuerza del cariño por sus seres queridos, los familiares de los desaparecidos, agrupados en Asfades, empezaron a hacer manifestaciones públicas todos los jueves por las calles céntricas de Bogotá. Pero como las marchas no siempre tenían un final feliz porque muchas veces la policía las dispersaba, se suspendieron. De las marchas se pasó a entablar demandas y ante todo a afrontar la realidad. "La mayoría de los miembros de la Asociación somos mujeres que además de buscar a nuestro familiar hemos tenido que afrontar las necesidades del hogar", dice Gloria de Díaz, de 35 años, quien desde hace 4 años busca a su esposo desaparecido en Puerto Boyacá. "Y lo más aterrador es que a pesar de cientos de investigaciones abiertas, hasta el momento el único caso en el cual ha habido una condena es precisamente en el de mi marido. Un agente rural del DAS fue condenado a 5 años de prisión".
Pero los familiares de los desaparecidos no sólo deben afrontar el dolor de su pérdida, sino que "son sometidos a hostigamiento y amenazas constantes por parte de algunas autoridades", dijo a SEMANA un abogado defensor de familiares de desaparecidos.
Los perjudicados por las masacres, por las desapariciones o la violencia generalizada no son solamente los directamente afectados, sino la sociedad en general. Son tales las secuelas emocionales de la violencia que se podría alirmar que la sociedad colombiana actual está afectada por el síndrome de la violencia. Sicólogos sociólogos, siquiatras y especialistas de la salud así lo califican. Martha Lucia Uribe, sicóloga de la Casa de la Mujer donde trabaja con grupos afectados por la violencia dijo a SEMANA: "El clima generalizado de violencia en este país traspasó las fronteras del drama individual. Un ciudadano común y corriente también se ve afectado. La violencia produce un estado de confusión, incertidumbre, angustia y temor. La gente se protege tratando de eludir el tema". Por todo esto no es raro oír con frecuencia comentarios como los siguientes: "Yo ya no dejo que mis hijos vean los noticieros de televisión" o "Llevo 15 días sin escuchar radio y sin leer periódicos, porque no hay sino noticias violentas". Esta desconexión de la realidad es interpretada por los especialistas como un mecanismo de defensa. Sin embargo, el sol no se puede tapar con las manos y "el ambiente de violencia es de tales dimensiones que nadie, por más que quiera, puede sustraerse a el", señala Martha Lucia Uribe.
La indolencia, la agresividad, el aislamiento, el miedo y la desconfianza, parecen haberse convertido en las constantes de la vida diaria de muchos ciudadanos colombianos. Y a esto se agrega un sentimiento de permisividad. Aquí todo se puede hacer. "El temor al castigo se ha diluido por el desorden y debilitamiento de las instituciones. No se respeta a la autoridad porque se ha trivializado el valor de la vida" afirma a SEMANA el siquiatra Guillermo Sánchez Medina. "La desolación de las víctimas de la violencia no tiene límite. En este país la gente siente que no tiene una institución a la cual acudir. Existe un sentimiento generalizado de desamparo", concluye Sánchez.
El saldo en rojo de la violencia no sólo está dado por el número de muertos o desaparecidos, sino por el aumento de la consulta siquiátrica. A los consultorios ya no llegan fundamentalmente personas afectadas por el estrés propio de la vida moderna, sino personas traumatizadas por muertes a diestra y siniestra. "En este año mi consulta ha aumentado notablemente por personas que piden ayuda profesional por la situación que se vive", dijo a SEMANA el siquiatra Sánchez Medina.
Todo lo anterior parece dejar sin piso un graffitti de una calle bogotana: "El país se derrumba y nosotros nos vamos de rumba". Porque, aún cuando la rumba no se detiene, es difícil encontrar un colombiano que no se haya sentido tocado por el horror de la violencia cotidiana.



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