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| 10/29/2001 12:00:00 AM

Los ricos también lloran

El bienestar no sólo se consigue con dinero. Carlos Rodado y Elizabeth Grijalba diseñaron un nuevo índice para medir la calidad de vida a partir del medio ambiente y las relaciones personales.

Durante años el desarrollo y el bienestar de un país han estado asociados con su nivel de ingresos. Se daba por sentado que los habitantes de Estados Unidos, Canadá, Suecia y Australia, por citar algunos, al vivir en naciones ricas disfrutaban de una mejor calidad de vida que se veía reflejada en el acceso a la educación y en una buena cobertura de salud. Sin embargo limitar la felicidad a un factor económico como el Producto Interno Bruto sería desconocer otras dimensiones del ser humano, como el entorno y las relaciones sociales, que influyen en el desarrollo personal.

Esta visión restringida motivó a los investigadores Carlos Rodado Noriega, ex presidente de Ecopetrol, y Elizabeth Grijalba, directora de la Fundación Renacer, a diseñar una fórmula que fuera más completa que el Indice de Desarrollo Humano (IDH), que incluye las variables de ingreso, educación y esperanza de vida. La nueva propuesta es una visión integral del bienestar ya que por primera vez entran en consideración factores como el medio ambiente y el sentido de la existencia.

Los elementos que constituyen el Indice de Calidad de Vida (Icav) son cuatro. El primero es el nivel de vida, que hace referencia al ingreso y a la acumulación de bienes materiales con su posterior disfrute. El segundo son las condiciones de vida que abarcan salud, educación, alimentación, sanidad y vivienda. Le siguen los medios de vida, que resaltan la importancia del medio ambiente y miden la degradación de aire, agua y suelos. Por último, y a lo que menos se le presta atención, son las relaciones de vida, que abordan los sentimientos, las creencias, los ideales y el contacto con otras personas. Esta variable se mide a partir de tres indicadores: el número de homicidios, el número de suicidios y el número de delitos relacionados con las drogas, ya que una sociedad que evidencia altas tasas en estos factores tiene graves problemas sicosociales.

Al realizar los cálculos los investigadores comprobaron que los países con mayor IDH no eran necesariamente los que vivían mejor. Canadá, que es considerado uno de los mejores vivideros del mundo, fue desbancado en calidad de vida por Italia, España y Grecia debido a que estos países tienen un menor índice de suicidios y consumo de drogas (ver recuadro).

Una prueba más de que la estabilidad económica no garantiza la emocional fue una encuesta realizada entre ex alumnos de la Universidad de Harvard quienes, a pesar de ocupar posiciones sobresalientes a nivel profesional, respondieron que no le encontraban sentido a su vida.

Según los autores lo anterior es consecuencia de una mala política educativa. “Una de las deficiencias de los sistemas educativos es que instruyen pero no educan. Las escuelas enseñan el qué y el cómo pero no el para qué”.

Por eso no es de extrañar que los dirigentes políticos y los grandes empresarios, por más instruidos que sean, pierdan el rumbo cuando llegan al poder. No en vano muchas de las desigualdades que se viven en Colombia se han gestado bajo la mirada atenta de un grupo de tecnócratas educados en las mejores universidades del mundo, que ponen los medios por encima de los fines, lo que en resumidas cuentas significa interesarse sólo por el crecimiento del PIB sin ocuparse en la manera de zanjar las brechas entre pobres y ricos.

“Los pueblos sobrellevan la pobreza pero no toleran la desigualdad”, asegura Rodado, al tiempo que enfatiza en las abismales diferencias de clase. “Mientras en Japón el más rico tiene un ingreso que es cuatro veces superior al del más pobre, en América Latina esa relación es de 17 a uno”.

El inconformismo generado a partir de las desigualdades se refleja en violencia, falta de solidaridad y cooperación, elementos sin los cuales es imposible hablar de calidad de vida. Por eso los esfuerzos se deben encaminar en llevar al hombre de regreso a sus orígenes, cuando todavía se veía a sí mismo como parte de su entorno natural.
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