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| 11/28/2009 12:00:00 AM

Maloka celebra

Los colombianos rinden tributo al más brillante centro de ciencia y tecnología del continente.

Hay dinero para financiar las guerras, para patrocinar reinados de belleza y hasta para construir el metro de Bogotá. Pero no hay dinero para ayudar a Maloka. Así es este país. El más importante proyecto de apropiación social de la ciencia y la tecnología en Colombia cumple esta semana 11 años de actividades, realizadas con el esfuerzo titánico de un grupo de científicos y ciudadanos que están convencidos de que la educación y el conocimiento construyen más nación que cualquier discurso político o acción militar.

Maloka no es sólo ese formidable centro interactivo de la calle 68D en Bogotá; es un conjunto de iniciativas pedagógicas que evangeliza sobre la importancia vital de la ciencia para el desarrollo del país. Los miles de colombianos que visitan a diario las exhibiciones encuentran las más altas nociones científicas puestas en contexto, aplicadas a la vida cotidiana y relatadas en forma divertida, y descubren por experiencia propia el poder del conocimiento.

Entre los muchos programas que allí se ejecutan vale la pena mencionar la red de 900 emprendedores que con asesoría de Maloka están levantando empresas innovadoras; o el sistema distrital de orientación ocupacional, único en el país, que está pensando en los oficios del futuro y proponiendo nuevas rutas de formación profesional para los colombianos. "Colombia está comprando un satélite y no tenemos ni una facultad especializada en derecho aeroespacial", señala la directora de Maloka, Nohora Elízabeth Hoyos. Por supuesto, hay mucho más para ver, como el club de niños divulgadores de ciencia, las olimpíadas de mecatrónica, el cine 3D y los pabellones en fase de construcción, como el de telecomunicaciones y el cerebrario.

Visitar Maloka en familia es una verdadera experiencia de aprendizaje significativo. El ilustre Rodolfo Llinás, uno de los científicos que han estado detrás de esta iniciativa desde el comienzo, destaca el efecto sicomotor: "Si uno puede tocar u oler algo, esto tiene un impacto diferente al que se logra en la escuela o la universidad". Señala también el hecho de que a Maloka pueden ir tres generaciones diferentes (abuelos, padres y niños), lo cual permite que se establezcan relaciones con la ciencia que no son posibles en la educación formal. "Nosotros pregonamos que la capacidad de aprender nos da autoestima y felicidad, pero a los colombianos les cuesta creer eso", dice la doctora Hoyos.

Pero en un país en donde la inversión en ciencia es considerada un gasto, es lógico que el apoyo del sector privado y del Estado a este tipo de iniciativas sea minúsculo. El Alcalde de Bogotá amagó hace un tiempo con aumentar el apoyo del Distrito y en realidad lo redujo poco después. Menos del 10 por ciento del presupuesto de Maloka proviene de la gran empresa privada. La casi totalidad de sus ingresos proviene de los servicios que ofrece y de las entradas que pagan los millares de colombianos (especialmente de estratos 1, 2 y 3) que creen con entusiasmo en nuestros científicos y que sienten orgullo de vivir en la ciudad con el más brillante centro de divulgación tecnológica de Latinoamérica.

Tiene razón la doctora Hoyos cuando afirma que Maloka es la mejor experiencia de colaboración público-privada: "Nacimos sin capital de trabajo, nos autosostenemos, sin politizarnos y sin robarnos un peso". Hasta le dan al Estado lo que este debería darles a ellos. El fantástico Cine Domo, única sala dedicada al cine educativo, con tecnología de punta, debe pagar el impuesto al cine que impuso el Ministerio de Cultura, y tributó por ese concepto 3.400 millones de pesos en el último año. Así es este país.
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