Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 1997/09/22 00:00

MANOLETE Y LAS ESTADISTICAS

Al conmemorarse el medio siglo de la trágica muerte de Manuel Rodríguez, Manolete, Antonio Caballero hace una semblanza del mejor torero de todos los tiempos.

MANOLETE Y LAS ESTADISTICAS

Manolete vino a Bogotá en abril de 1946 para torear tres corridas. En los nueve toros que mató (la tercera fue un mano a mano con el mexicano Carlos Arruza) cortó 10 orejas, dos rabos y dos patas. Eso es lo que se llama'frialdad de la estadística'.Porque con Manuel Rodríguez, Manolete, las frías estadísticas se ponían al rojo vivo. No sólo en la pueblerina Bogotá de aquel entonces, sino en las plazas más exigentes y severas: en Madrid, en Sevilla, en México, en la plaza limeña de Acho. O en el pueblo de Linares, en una plaza achatada por el implacable sol de Andalucía, donde hace exactamente medio siglo _el 28 de agosto de 1947_ lo mató un toro de Miura llamado 'Islero' (al que ya Manolete había tenido tiempo de cortarle, según la fría estadística, las dos orejas y el rabo). Manolete triunfaba todas las tardes, en todas las plazas, con todos los toros. Era aquel que, 20 años antes, había anunciado Juan Belmonte: "Después de mí vendrá uno que será capaz de torear todos los toros".Sólo nueve años y un mes duró la carrera fulgurante del 'Monstruo' de Córdoba, desde que tomó la alternativa en Sevilla en julio de 1939, recién terminada la larga guerra civil, de manos de Chicuelo y en presencia de Gitanillo de Triana, hasta que 'Islero' lo mató en Linares, también en presencia de Gitanillo (y de Luis Miguel Dominguín). Y ese breve tiempo le alcanzó de sobra para convertirse en el español más famoso de este siglo, en el más Grande torero de varias generaciones (algunos dicen: "De la historia"), y en un revolucionario del arte del toreo, tan importante tal vez como el propio Belmonte, a quien se tiene por el inventor del toreo moderno.Belmonte creó el toreo moderno: de brazos, y no de piernas; de quietud y de mando, y no de huida; basado en tres principios que parecían inmutables: parar, templar y mandar. Pero el toreo actual, el que hoy vemos en todas las plazas (cuando se torea bien), lo inventó Manuel Rodríguez, Manolete. Toreo de arriba a abajo: rematando las suertes con la mano baja, y no a media altura; toreo de verticalidad y de inmovilidad absolutas (tenía, dijo un poeta taurino, "empaque de obelisco"); y sobre todo, toreo ligado. A la trilogía belmontina Manolete le agregó un cuarto mandamiento fundamental: ligar. Antes de él, sólo Chicuelo, y sólo en un par de ocasiones memorables, había ligado los pases: es decir, toreado ininterrumpidamente en un mismo sitio, girando apenas sobre los talones para seguir llevando templada la embestida del toro, obligado así a describir círculos en torno al cuerpo del torero. La ligazón equivale, en los toros, a lo que los físicos llaman "continuum espacio-temporal" cuando hablan de la mecánica de la materia. No siempre se puede, claro: los toros son más caprichosos que la materia, porque además tienen espíritu (y el toreo, dijo Belmonte, "es una actividad del espíritu"). Pero desde Manolete no puede nadie pretender ser buen torero si no liga. Y él era el mejor. El que más ligaba (y con más toros), el que más 'se arrimaba' y más quieto se ponía. Era un torero 'corto', como lo había sido también Belmonte: en el sentido, opuesto al de 'torero largo', de que no había mucha variedad en su toreo, sino que éste estaba reducido a lo esencial. Con el capote, la hondura suficiente de la verónica y de la media verónica; con la muleta, la sencillez severa del natural y el derechazo, sin más adornos que las llamadas 'manoletinas' (Manolete no inventó la manoletina, pero por la quietud hierática con que la ejecutaba la convirtió, de pase de toreo cómico que había sido en su origen, en pase clásico, y hasta trágico); y con el estoque, un rayo. Porque siempre hacía la suerte (al volapié o a recibir) con entrega absoluta, sin 'aliviarse', es decir, sin hacer trampas. Así mataba a los toros, y así lo cogían. Por eso tenía el cuerpo acribillado a cornadas, incluida la famosa 'cornada de espejo' en la quijada que acentuaba el aire de tragedia de su rostro largo y melancólico, de ojos tremendamente tristes: 27 cornadas en total, de las cuales tres muy graves y la última mortal. Por eso pudo prenderlo el pitón de 'Islero' por la ingle mientras entraba recta en su morrillo, como en cámara lenta _dicen los que lo vieron_, la espada de Manolete. Y no sólo era el mejor _reconocido como tal por todos los públicos y todos los empresarios, que le pagaban el doble que a cualquier otro_, sino que, literalmente, no tuvo rivales. Ni entre los más veteranos, que dominaban el paisaje del toreo en la inmediata posguerra: Domingo Ortega, Marcial Lalanda, Chicuelo. Ni entre sus contemporáneos: Pepe Luis Vásquez, los Bienvenida, Juanito Belmonte (el hijo del gran Belmonte), el mexicano Carlos Arruza. Ni entre los jóvenes lobos que arreaban detrás de él, de los que el 'número uno' sería luego Luis Miguel Dominguín, testigo de la muerte en la plaza de Linares. Manolete reinó solitario en el toreo durante toda una década, como antes que él sólo lo había hecho otro 'Califa' cordobés, el Guerra, a finales del siglo XIX: pues inclusive Joselito 'El Gallo' tuvo que compartir el cetro de la torería con el fenómeno de Triana, Juan Belmonte. Y Manolete fue el mejor torero porque no pensaba en nada distinto de su arte. Sus últimas palabras de agonía, desde la oscuridad (un par de minutos antes se había quejado de que ya no veía), fueron dirigidas a su peón de confianza: "¡David! ¿Dónde está el toro?".España entera, ya enlutada de sobra por el millón de muertos de la guerra, se vistió de luto por la muerte en Linares de Manuel Rodríguez. Medio siglo después España es muy distinta de aquella España negra que no tenía ni fútbol, ni automóviles, ni dinero, ni turistas: sólo toros, y hambre (y bueno, claro: curas y militares). Pero el nombre de Manolete resuena todavía con tanta fuerza que ese torero muerto hace 50 años se da el lujo de seguir siendo el rey de la estadística: para la corrida de aniversario de Linares faltan 10 días cuando se escribe este artículo: y ya no quedan billetes.

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