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| 9/12/2004 12:00:00 AM

Miedo a las alturas

El filósofo Alain de Botton sostiene que la gente busca el estatus para acceder al reconocimiento de los demás. Para muchos esta es una historia de amor no correspondido.

Imagínese un edificio de seis pisos. Es el edificio X y en cada piso hay un grupo de trabajadores. Los del cuarto quieren estar en el nivel inmediatamente superior y su mayor temor es que un día desciendan al tercero. Esta situación se repite en todos los estratos de la compañía. La mayoría busca subir para alcanzar estatus pues de esta manera tendrán el aprecio de los demás. El miedo a caer o a no llegar a la cima genera lo que el filósofo Alain de Botton ha denominado ansiedad por el estatus, un mal que agobia a la sociedad moderna y que sirvió de tema para su más reciente libro. Según el autor, la lucha por conquistar el amor de los demás no es muy diferente de la que libra un hombre por el amor de una mujer. "No tiene el componente sexual pero no deja de ser tan intensa, complicada y dolorosa". Todos quieren saborear el estatus porque la recompensa es grata. "Uno tiene recursos, libertad, espacio, comodidad, tiempo y quizás algo igual de importante: la sensación de que le cuidan y de que se le tiene en consideración, lo cual se expresa mediante invitaciones, halagos, risas (incluso cuando la broma no tiene gracia), deferencia y atención". La condición opuesta, es decir, ser un "don nadie", es espantosa y lleva a cualquiera a la infelicidad. "No se les ve, se les trata bruscamente, se pisotea su complejidad y se hace caso omiso de su identidad".

Si bien esta situación se da en todos los aspectos de la vida, es en el trabajo donde puede llegar a ser más notorio. Las oficinas son lugares donde algunas veces se siente miedo, miedo a no ser promovido y miedo a ser rechazado. En entrevista con SEMANA, De Botton explicó que los trabajadores son máquinas para sus jefes y el trabajo depende de lo que cada cual haga, no de su forma de ser. En un mundo ideal, la gente trabajaría en pequeñas compañías donde no hay tantas jerarquías ni luchas por escalar. "Pero una empresa hoy se parece a las cortes reales del siglo XVII. Hay muchos peleando por muy pocos puestos y el resultado es mucho estrés y ansiedad".

A esta sensación ha contribuido el sueño americano, cuyo lema es "sea todo lo que usted puede ser". Pero según De Botton, esto es un engaño ya que el sistema de jerarquías de la sociedad occidental ha sido rígido y, excepto en contadas excepciones, ha permitido muy poco movimiento social. La autoestima se maltrata cuando alguien cree que puede llegar a la cima y conquistar el mundo y no lo logra. La frustración de no cumplir esas expectativas tan altas lleva a tener una imagen muy pobre de sí mismos. El ego, dice, "es un globo con grietas, siempre necesitado de amor externo para mantenerse inflado y siempre vulnerable a los más nimios pinchazos". Para medir este fenómeno sólo hay que percatarse de la proliferación de dos tipos de libros: unos para lograr el éxito y otros para elevar la autoestima, los que la gente va adquiriendo según el grado de optimismo o pesimismo que lo invada en el momento. "Tienen títulos del tipo 'Cómo ser un multimillonario el próximo viernes' (uno de mis favoritos es 'El coraje de ser rico')", afirma.

Los medios de comunicación tienen parte de la culpa. La sensación de cuál es el límite en la carrera por adquirir riqueza y estatus no se da independiente sino comparando las condiciones de los demás, sobre todo con el grupo que la persona mide como iguales. Son los medios de comunicación los que se encargan de enviar el mensaje de que existe gente que sí puede conseguirlo todo y que no existen límites. "Es muy poco probable que lleguemos a ser tan exitosos como Bill Gates, de la misma forma que no era posible que hubiéramos sido tan poderosos como Luis XIV en el siglo XVII. Desafortunadamente, no parece que fuera imposible dependiendo de la revista que cada cual lea. Lo que uno siente es lo contrario: que es absurdo que aún uno no haya salido con una idea que revolucione el comercio global", sentenció el autor.

Los esnobistas cumplen un papel importante en la ansiedad por el estatus. De Botton cuenta que el término empezó a utilizarse en Inglaterra hacia 1820 a raíz de una costumbre que tenían los colegios para diferenciar a los ciudadanos comunes de los aristócratas colocando la nota sine nobilitate (sin nobleza) o s. nob al lado de quienes no tenían abolengo. Con el tiempo el esnobista se fue convirtiendo en todo lo opuesto: una persona que no tolera la falta de estatus de los demás y con sus actitudes reitera que existe una diferencia fundamental en el valor de las cosas, los que discriminan y comparan a la gente por su rango social. A los esnobistas modernos no les importa la aristocracia sino la profesión que cada cual desarrolla y tienen la tendencia a preguntar: "¿Y tú qué haces?", o "¿tú eres de los Echavarría de Medellín?". Según la respuesta se encantan con la persona y le establecen tema de conversación o le dicen: "Ala, se me hace tarde, me tengo que ir". Los esnobistas son lo opuesto a la madre que adora a su hijo sin importar lo que haga ni cómo lo haga. "Por eso les tenemos tanto miedo a los esnobistas: porque violan nuestro más profundo deseo, que es ser queridos por lo que somos".

Pero esto tiene solución y una manera de lograrlo es hablar más del tema, como lo ha hecho el autor con este libro. De Botton también propone echarle un vistazo a la idea que tenía el cristianismo sobre el estatus, sin que esto signifique volverse religioso o convertirse a este credo. Los cristianos sostienen que el estatus no tiene connotaciones morales, es decir, la posición social no dice nada acerca de quién es cada persona. "Jesús fue el hombre que vivió siendo carpintero y Pilatos, el pecador que vivió siendo un alto e importante oficial del imperio romano", afirmó. Otro concepto cristiano que puede ayudar es la conciencia que tenían sobre la muerte. De hecho los cristianos colocaban calaveras al lado de objetos materiales para recordar que esta vida no era eterna, que ir tras la fama y la riqueza era un intento banal y que lo mejor era enfocarse en el amor y la humildad. "La sola idea de la muerte puede dar autenticidad a la vida".

Andy Warhol decía que todos tendrían su cuarto de hora de fama. Pero llevar una vida de angustia por 15 minutos de fama parece ser una apuesta poco atractiva. La propuesta de Alain de Botton es que cada cual analice si vale la pena el esfuerzo.
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