Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/07/04 00:00

Miedo en la oficina

Casi todo el mundo ha tenido que enfrentar en su vida laboral a un jefe tirano o a un acosador laboral, que grita, insulta y humilla a sus subalternos. Estos agresores se pueden manejar.

Miedo en la oficina

Son personajes que aprovechan su posición de poder y se ensañan con un subalterno para 'montarle la perseguidora'. Lo humillan frente a los demás empleados, amenazan con despedirlo por cualquier detalle, les invalidan sus propuestas y opiniones, se ríen de su apariencia física y los descalifican con palabras ofensivas.

Lo anterior se conoce como acoso laboral y es una epidemia silenciosa que ocurre en innumerables empresas donde ocasiona un clima de desmotivación y miedo que muchas veces termina en enfermedad. Se calcula que una de cada 30 personas encaja en la personalidad del maltratador laboral y que uno de cada seis empleados es víctima de este tipo de abusos. "Está presente tanto en las empresas públicas como en las privadas", dice Fabio Arias, presidente de la Central Unida de Trabajadores, CUT.

Es más frecuente que el acoso sexual, pero pasa más inadvertido, en parte porque las víctimas de este maltrato no saben que están siendo abusadas y cuando se dan cuenta de ello no tienen más apoyo que el brindado por sus compañeros al escuchar sus historias durante los 10 minutos del café.

Los investigadores se han interesado en niños que acosan a otros niños en el colegio, pero sólo hasta hace poco han puesto los ojos en las agresiones que ocurren en la oficina. El movimiento contra el acoso laboral ha ido abriéndose paso en Europa y Estados Unidos, donde se le llama

bullying, término que en inglés significa intimidar. No obstante, en muchos de estos sitios el intimidador siempre se sale con la suya. Mientras a él lo promueven o lo mantienen en su puesto, en 80 por ciento de los casos el empleado víctima se retira del trabajo. De ese total, 38 por ciento lo hacen en forma voluntaria mientras que al 44 por ciento lo despiden.

El fenómeno es más complejo de lo que parece. Muchos jefes confunden este tipo de conducta agresiva con liderazgo y con una personalidad enfocada hacia los logros. Pero hay una gran diferencia entre lo uno y lo otro. El jefe exigente quiere resultados, tiene estándares muy altos, quiere ver su objetivo cumplido y, aunque puede presionar mucho en el proceso, una vez lo logra baja la guardia y comparte el éxito con todos. "En cambio, el abusador no está enfocado al logro sino al ogro", dice Clara Reyes de Mejía, directora de CRM Psicología organizacional. Son personas con un ego enorme y ansias de poder que escogen a una víctima para torturar. Le infunden miedo, la discriminan, la critican o le colocan metas casi imposibles de cumplir (ver recuadro). El objetivo no es echarlos de su puesto, aunque a veces esta pueda ser la motivación. La principal razón de un intimidador es el deseo de controlar la vida de los demás por simple placer. "Los peores casos son sociópatas, pero la mayoría es gente normal, inteligente, que sigue haciendo esto porque se les recompensa ese comportamiento. Por eso son jefes", dijo a SEMANA Garie Namie, presidente del Workplace Bullying and Trauma Institute. Según el experto, no sienten remordimiento ni culpa y muchos son conscientes de lo que hacen. "Aceptan que no tienen inteligencia emocional y saben que en su trabajo la gente los odia", dice Reyes. Pero eso poco les importa. En cuanto dejan de acosar a una persona, escogen a otra y así sucesivamente. Como le sucedió a Juan Pablo Martínez, un publicista que tenía un jefe "montador". "No me bajaba de imbécil, me vivía regañando por cualquier detalle, me trataba distinto que a mis compañeros y me culpaba por errores suyos, dice. También me amenazaba con echarme. Un día decidí enfrentármele porque estaba cansado de sus maltratos y le dije: 'pues écheme'. La sorpresa fue que nunca volví a tener un problema. Empezó a meterse con otros".

Este tipo de maltrato es parecido a la violencia doméstica, sólo que aquí agresor y agredido están en la nómina. El maltrato, además, no se da con golpes sino con palabras y gestos. "Tienen miradas penetrantes calibre 38, manotean, amenazan y discriminan ya sea por sexo, edad o estrato", dice Reyes. Como sus humillaciones a la víctima se hacen en público, los demás adoptan una cómoda actitud de complacencia con la situación antes que de solidaridad con la persona objetivo. Muy pocas veces el tema llega a esferas superiores debido a que el intimidador sólo le busca el pierde a los inferiores, mientras tiende a mostrarse impecable y sumiso frente a sus superiores.

Los jefes maltratadores pueden ser de ambos sexos, pero la víctima objetivo casi siempre es una mujer. En 69 por ciento de los casos los hombres escogen a mujeres para maltratar. Las mujeres, en 84 por ciento, atacan a las de su mismo género. La mayoría son jefes, pero en 17 por ciento de las situaciones el maltrato corre por cuenta de algún compañero de trabajo o incluso de un empleado de rango inferior que, en un afán de poder, hace uso de estrategias macabras para maltratar a los demás. Como le sucedió a Antonia Olarte, una administradora de empresas que cuando entró a hacer sus prácticas tuvo que sufrir la tiranía de la secretaria del departamento. "No me daba los elementos de trabajo, hacía comentarios hostiles contra mí y me sacaba de las listas de invitaciones, correo, para que yo no recibiera correspondencia", recuerda.

Los acosadores laborales no escogen a su presa por azar. A diferencia de lo que sucede con los matones de los colegios, cuyas víctimas son los más pequeños y vulnerables, en la oficina los objetivos son casi siempre empleados inteligentes, confiables, independientes, apreciados por los demás y con valores morales y éticos fuertes. Según Tim Field, investigador y presidente de Bullyonline, los acosadores en el fondo son personas muy inseguras, con baja autoestima, solitarias, narcisistas, con poco control sobre sus vidas y que pretenden controlar la de los demás para así manejar sus frustraciones.

Pese al malestar, muy pocos lo denuncian porque la víctima del intimidador termina creyéndose todo lo que éste le dice. Su autoestima se disminuye y, cuando el problema se intensifica, aparecen enfermedades como agotamiento, gastritis y hasta síndrome de estrés postraumático. Es frecuente que la víctima no encuentre apoyo a su alrededor porque en el ambiente laboral la depresión y el estrés se estigmatizan como signos de debilidad. Según Beatriz Vallejo, presidenta de API, firma de consultoría en recursos humanos, en Colombia todos están tratando de proteger su puesto y nadie está dispuesto a casar una pelea ajena.

Lo más fácil es abandonar el trabajo, pero esa no debería ser la única salida. Las empresas de recursos humanos hacen un coaching individual, que consiste en acompañar tanto al agresor como a su objetivo para enseñar técnicas de comunicación y lograr que la relación mejore. Para la abogada laboral Zaida Quintero, es posible instalar una querella contra el empleador en el Ministerio de Protección Social o una tutela, siempre y cuando la situación haya llevado a poner en peligro la vida de la persona (ver recuadro). Pero todo esto no va a mejorar completamente mientras no haya un cambio en la empresa y se empiece a ver que aunque a corto plazo el jefe intimidador produce resultados, al final incrementa los costos por incapacidades, falta de motivación y, sobre todo, la gran cantidad de buenas ideas y oportunidades que se pierden.

Páginas web relacionadas

www.bullyonline.org

www.mobbing-usa.com

www.bullyinginstitute.org

www.mobbing-usa.com

Más información en:

CRM Psicología Organizacional

Tel: 6166325

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