Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1982/12/06 00:00

MUERTE EN EL SUPERMERCADO

Algo se ha roto en el "american way of life". El caso del Tylenol desata una ola sicótica de envenenamientos en Estados Unidos.

MUERTE EN EL SUPERMERCADO

Todo comenzó con una pareja de dementes cuyos rostros son ahora repetidos, en todas las combinatorias posibles de gafas y pelo, en los periódicos americanos.
Gorda y de rasgos comunes ella, rubio y de gafas él, Robert y Nancy Richardson (o señor y señora Rodríguez, da lo mismo) se esfumaron misteriosamente, luego de fracasar en su tentativa de chantaje a la Johnson y Johnson, pero dejando una estela de siete personas envenenadas con cianuro: el caso del Tylenol.
Los Richardsons no desaparecieron en vano; cientos de personas a todo lo largo y ancho del otrora país más seguro del mundo, desataron una sicosis colectiva de envenenamientos y alteración de alimentos, que tiene una característica en común: hacer daño al mayor número posible de personas desconocidas. Se trata de atacar la comunidad en que se vive, minándola por uno de sus puntos más débiles: los productos que todos consumen diaria y confiadamente. Uno no esperaría encontrar una aguja delicadamente clavada en el corazón de una manzana que compró en la esquina, ni esperaría cortarse el paladar con pedazos de guillete incluidos en un salchichón.
Tampoco tendría precaución ninguna al echarse Visina en los ojos por las mañanas, ni al hacer gárgaras con Astringosol... a menos que supiera que ambos productos están contaminados con ácido.
Decenas de personas con las gargantas y los ojos chamuscados, con las bocas cortadas, con terribles dolores de estómago luego de haberse comido una chocolatina "Milky Way" untada con soda cáustica, se han acercado a las autoridades para pedir ayuda o denunciar su caso. Se calcula que sólo un mínimo porcentaje de los afectados se quejó. Y de ellos,se filtró a la prensa información sobre sólo 25 casos de este tipo, desde Grand Junetion, en el Colorado, hasta Santa Mónica, California, pasando por la Florida y Chicago. Un monótono cable de una agencia de noticias dio cuenta al mundo sobre esta lista demencial, el día anterior al "halloween" norteamericano. Fríamente, el cable agregaba que esa fiesta, una de las tres principales del país junto con el 4 de julio y el día de Acción de Gracias, estaba a punto de desaparecer.
Efectivamente. Una investigación efectuada por el corresponsal de SEMANA en los EE. UU., Ricardo Avila, reveló cómo en por lo menos cuarenta ciudades de los Estados Unidos fue oficialmente prohibido el "halloween" por las autoridades locales. En cientos de poblaciones más, las calles permanecieron desiertas después del atardecer, En realidad, el "halloween", si lo hubo, perdió su esencia: los niños. Decenas de millones de familias siguieron el ejemplo de sicólogos y sociólogos consultados por la prensa: "Por mi parte, ninguno de mis niños recibirá golosinas de nadie en este halloween", dijeron. Muchos oficinistas, empleados de bancos y grandes compañías, se disfrazaron y convirtieron el día, como todos los años, en un carnaval. Pero algo, algo muy denso, flotaba en el ambiente cuando alguien pronunciaba la tradicional demanda de caramelos, "trick-or treating": la imagen de los dulces envenenados o "arreglados" con un alfiler.
VIOLENCIA Y AZAR
Es el síntoma de un desquiciamiento social sumamente grave. La publicidad que recibió el caso del Tylenol parece haberse convertido en factor multiplicador de una serie de casos de agresión social, de violencia inusitada y con particulares características. No puede haber nada más violento que colocar una aguja en el interior de un dulce; es un acto salvaje que implica tener una víctima desconocida y segura, con la que no se tiene más contacto que el azar.
Una explicación siquiátrica dice que se produce una tremenda excitación en mentes enfermas ante casos como el del Tylenol. Tal excitación deriva en buscar placer con tentativas de envenenamiento o de daño colectivo. Cuanto más resonante sea el efecto de éstas, mayor tiempo se prolonga esa excitación, que sólo se calmaría con la satisfacción que produce participar en el acto anónimo y colectivo de hacer daño. Decenas de personas solitarias, desempleadas, amargadas, alimentadas diariamente por el molino de la televisión, se convierten en agresores sociales en potencia. No tienen un enemigo determinado, un objeto para ejercer la violencia. Son seres aislados por una sociedad selectiva, que los rechaza por no alcanzar los mínimos de eficacia o regularidad exigidos.
Muchas veces pueden no ser conscientes de su potencial agresivo, hasta que descubren asombrados cómo hay más seres como ellos, decenas y miles, algunos de los cuales llevan a cabo acciones anti-sociales (en el sentido más exacto de la palabra) que consiguen alguna resonancia a través de los medios de comunicación.
Oculta en el marasmo rutinario de la vida norteamericana, una cadena de eslabones sicóticos que anteriormente se encontraban aislados, afloró con el caso del Tylenol. Aunque ahora los periódicos norteamericanos han dejado de ocuparse del asunto y las revistas pasaron el asunto a sus últimas páginas, está latente la sensación de un cáncer social desarrollado y albergado por las características mismas de esta sociedad. El sicólogo Arthur Schuenemann, de la Northwestern University, advirtió en "Time" una semana después de la tragedia del Tylenol: "Podemos esperar un buen número de recurrencias en este tipo de acontecimientos, tal y como sucede con los secuestros de aviones, que vienen en cadenas".
Y EL ANACIN TAMBIEN
En efecto. Después de los seis frascos de Tylenol (una aspirina extrafuerte producida por McNeil Consumers Products, filial de Johnson y Johnson), envenenados con cianuro en el área de Chicago, aparecieron más cápsulas del mismo producto, en lugares tan distantes como Illinois y California, envenenadas con estricnina. Al contrario de los casos de cianuro, en los que las víctimas morían en quince minutos, la estricnina colocada muchas veces no era suficiente para matar a nadie. Pero la intención era evidente.
Entre tanto, decenas de parejas similares a los Richardsons eran detenidas en toda la Unión. Una histeria colectiva se desató alrededor del producto, que fue retirado de todos los anaqueles del país y sometido a cuidadosos análisis. Sin embargo, los consumidores no estaban seguros con abstenerse de tomar Tylenol: justo antes del "halloween", el popular Anacín, el Excedrín, la Visina y algunos otros productos farmacéuticos de diario consumo en los hogares, aparecieron contaminados.
Hasta el jugo de naranja de la Florida fue afectado por la escalada. E incluso una mujer se desmayó con sólo oler una botella de gaseosa Seven Up, en Tampa.
El método inaugurado por los Richardsons en Chicago, es bastante sencillo, y por lo mismo, aterrador. Se compra un paquete del producto, se lo contamina y se lo vuelve a colocar en el anaquel del supermercado. De esa manera, la siguiente persona que pase por ese anaquel en busca de analgésico, o la tercera, o la quincuagésima, resultará envenenada con seguridad. El asesino tiene las manos limpias, no ejerce violencia física e incluso puede huir sin percibir el desagradable efecto de su acción. Los Richardsons, sin embargo, no parecen obedecer a este último impulso de huida. Una fotografía tomada por una cámara automática en una droguería del North Side de Chicago muestra a una mujer tentativamente identificada como Paula Prince, la misma azafata de avión que fue una de las primeras víctimas del Tylenol con cianuro. Unos metros atrás, se aprecia la figura de un hombre misterioso, ligeramente calvo, barbado y rubio, que parece observarla. Las características de ese hombre coinciden con las de Richardson. La fotografía permite esbozar la hipótesis de que Richardson esperó para ver quién compraba la caja con el Tylenol envenenado, para marcharse tranquilamente después.
En realidad, aunque parezca difícil, los Richardsons no se llaman en realidad así. Ese apellido es uno de los tantísimos "alias" que han utilizado para perpetrar estafas con tarjetas de crédito, chequeras robadas y un asesinato en Kansas City, durante 1978.
Al parecer, sus nombres verdaderos son James Lewis (36 años) y Lee Ann Lewis (35). Utilizaron el apellido Richardson para intentar un chantaje a la Johnson y Johnson, por un millón de dólares. "Detengan las muertes. Paguen", decía el mensaje.
Posteriormente, los Richardsons mandaron varias cartas a los periódicos de Chicago negando tener participación alguna en los crímenes.
Los sicólogos creen que una de las principales causas por las que se ha producido esta cadena demencial de envenenamientos, es la impunidad de los Richardsons. El hecho de que vaguen libres y enviando cartas a los periódicos estimula las mentes de los demás envenenadores en potencia. Se cree que uno de los elementos claves de todo el caso está en lo que consiga la Policía. Si las investigaciones no tienen éxito, la ola de envenenamientos se desvanecerá lentamente, a medida que el hecho se haga cotidiano (!) y la gente deje de prestarle atención. Pero, dice un articulista norteamericano, ¿cuántas muertes serán necesarias para que los asesinos dejen de sentirse excitados? ¿Cincuenta? ¿Cien?

ALGO SE HA ROTO
Por ahora, la policía sólo ha capturado a un hombre, Vernon J. Smith, por un intento de chantaje a la Johnson y Johnson. Smith pedía cien mil dólares a cambio de no repetir los envenenamientos del Tylenol. Su captura, sin embargo, no resolvió nada. Era un síntoma menor de la epidemia.
¿Qué falló? ¿Qué ocurrió con el tranquilo y seguro "american way of life"? Uno de sus pilares, la venta directa al público en los supermercados, basada en la confianza del comerciante en la gente, fue uno de los instrumentos utilizados por los envenenadores. Ahora se anuncia el establecimiento de medidas de vigilancia muy estrictas en los supermercados. Se prohíbe por ley la celebración del "halloween" en 40 ciudades. Y toda la ciudadanía vive un estado de histeria y de paranoia que ya Hitchkock había previsto en películas como "Los pájaros" .
"La causa está entre nosotros y el sistema que hemos edificado, pero verdaderamente creo que ahora nadie tiene una idea de qué es lo que se debe hacer", dijo un transeunte de Pittsburg a SEMANA, resumiendo el desconcierto general y la certeza de que algo anda muy mal. Por ahora, los damnificados más grandes son la tranquilidad del público y las finanzas de la Johnson y Johnson, que se resentirán muy pronto al perder los 641 millones de dólares anuales que representaba la venta del Tylenol.
Nadie quiere comprar ahora el analgésico más popular de los últimos años, que no producía molestias estomacales, como la aspirina. La palabra Tylenol ha pasado a ser sinónimo de terror.

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