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| 1/15/2011 12:00:00 AM

Nada de eso, mi chinito

Un nuevo libro revela cómo las madres chinas creen que tienen que recurrir a la humillación y a la crueldad para educar a sus hijos. El mundo occidental está aterrado con las revelaciones.

En Estados Unidos no se habla más que de un libro sobre crianza que hizo su debut en las librerías la semana pasada. Sobre él se han ocupado los más importantes diarios y revistas, como The Wall Street Journal y Time, y en todos ha generado una avalancha de comentarios de los lectores. La causa de toda esa atención hacia el texto, titulado Battle Hymn of the Tiger Mother (El himno de batalla de las mamás tigre), es que revela cómo los chinos educan a sus hijos, que suelen conseguir la excelencia académica en casi todas las materias y ser prodigiosos intérpretes de piano y violín. Por primera vez una madre de origen chino, Amy Chua, profesora de Derecho en la Universidad de Yale, revela con total sinceridad sus estrategias y muestra la diferencia abismal entre ese estilo de crianza y el de las madres occidentales. Casi se podría decir que para ser una perfecta mamá china hay que olvidarse de todo lo que en Occidente se considera acertado en materia de educación.
 
La autora destaca que para lograr la excelencia se requiere mucho trabajo y dedicación, lo que a su vez supone una disciplina estricta. Pero la connotación de ese término en cada cultura es muy diferente. Según Chua, mientras las madres occidentales se jactan de ser exigentes cuando les piden a sus hijos practicar un instrumento una hora diaria, "para un niño chino la primera hora es la más fácil de las cuatro que tiene para ensayar".

Una dedicación así exige normas claras. Por eso, las madres chinas no les permiten a sus hijos cosas que son habituales para los occidentales, como dejarlos ir a las casas de otros, invitar amiguitos a jugar, ver televisión o divertirse con el Nintendo, ni mucho menos quejarse por no tener estas opciones. Tampoco se les deja escoger sus actividades extracurriculares ni tocar instrumentos diferentes al piano o el violín.

Pero la regla de oro en una casa china es que los niños tienen que ser número uno en todas las materias, excepto en gimnasia y drama. Los logros académicos son la base de la crianza, y una falla de sus hijos en el colegio sería vista como un problema de los padres. Chua cuenta que en una ocasión, cuando quedó de segunda en un concurso de historia en el colegio, su padre le dijo: "Nunca vuelvas a avergonzarme de esta manera". Es una cultura sin espacio para el error ni la mediocridad. "Si un niño aparece con un 4,5 en un examen, un padre chino se llena de horror, se jala las mechas, explota y le grita: '¿Qué fue lo que le pasó'", señala la autora. Los occidentales, por el contrario, exaltarían al hijo si consigue un 4 e incluso hasta un 3,5.

Se permite insultar

En China se cree de verdad que los niños pueden ser buenos en todo y que cuando no lo logran es porque no trabajaron lo suficiente. "Queremos que tengan notas perfectas porque creemos que ellos las pueden obtener",enfatiza. Una anécdota que ilustra la obsesión por la excelencia, y que ha causado indignación en Estados Unidos, le sucedió a Chua con una de sus hijas, Lulu, entonces de 7 años, quien debía aprender una complicada pieza clásica en piano para un concierto en el colegio. La niña aún no podía hacerlo después de haber ensayado arduamente durante una semana. Cuando la pequeña ya se estaba dando por vencida, su madre la obligó a volver al piano y a seguir intentándolo durante toda la noche. Mientras le lanzaba epítetos como perezosa, cobarde, patética, no le permitió levantarse ni para ir al baño hasta que pudiera tocarla sin errores. Y lo logró.

Y es que, al contrario del mundo occidental, donde los padres escogen con cuidado las palabras para hablarles a sus hijos, en China no hay ningún reparo en llamarlos con términos fríos y despectivos. Si una niña está pasada de kilos, por ejemplo, un padre puede perfectamente decirle que parece una "marrana". Esto, que sería un insulto para los padres occidentales, para los chinos es una técnica de motivación muy aceptada. Chua cuenta que su propio padre la llamó muchas veces "basura" cuando no obedecía, y agrega que "eso funcionó porque me sentí avergonzada de lo que había hecho y me ayudó a esforzarme más".

Cuando les va mal a sus hijos, los occidentales cuestionan el currículo, el profesor o el colegio. Una madre china cuyo hijo no está rindiendo lo esperado, por el contrario, asume que el problema es falta de esfuerzo del niño y simplemente aumenta las horas de estudio. "Por eso, la solución para un desempeño pobre es más trabajo y criticarlos severamente, castigarlos, ridiculizarlos y avergonzarlos".

Tres grandes contrastes

Para Chua, una de las tres grandes diferencias entre el modelo chino y el occidental es que los papás de este lado del mundo viven obsesionados con la autoestima de sus hijos y se cuidan de no hacer ni decir cosas que podrían impactarlos negativamente y traumatizarlos. En cambio, los chinos no reparan en los sentimientos pues suponen que el hijo podrá lidiar con ello y seguir adelante para mejorar. Para ilustrar el punto, relata que en un cumpleaños suyo su hijita Lulu le entregó en un restaurante una tarjeta de su puño y letra con una carita feliz y un mensaje: "Mamita, te quiero mucho. Que tengas un feliz cumpleaños". Chua no se la aceptó, y le dijo: "Esto no es suficientemente bueno". La segunda diferencia que encuentra la autora es que los chinos consideran que sus hijos les deben todo a sus padres, y una forma de pagarles es ser obedientes, mientras que para los occidentales los papás son quienes deben proveer todo a sus hijos, pues ellos no pidieron venir a este mundo. Y la tercera es que los padres chinos piensan que saben lo que es mejor para los niños y tratan de diseñarles la vida sin que importen los deseos y preferencias de estos. Mientras los occidentales se enfocan en los intereses y gustos de cada hijo y en apoyarlos en sus decisiones para fortalecer sus talentos y aptitudes, los padres chinos no les permiten tener novios, ir a campos de verano, participar en obras de teatro ni enfocarse en entrenamientos deportivos que demanden prácticas luego del colegio. "Que Dios ayude a un niño chino que se le ocurra hacer esto", dice la autora.

Lluvia de críticas

Poner en evidencia estas discrepancias tan marcadas entre los dos estilos de crianza ha generado una polémica general. Como era de esperarse, la gran mayoría ha considerado que el modelo oriental es equivocado y podría perturbar a los niños. Solo el artículo 'Why chinese mothers are superior' ('Por qué las madres chinas son superiores'), escrito por Chua para The Wall Street Journal, generó 2.500 comentarios y todos escritos en el mismo tono de "¿qué es lo que les pasa a ustedes?". Hay quienes dicen que la diferencia entre ambos podría ser tan amplia como la que se obtendría al ser educado por la madre Teresa o por Saddam Hussein. Y en una sociedad que pone mucha atención a los sentimientos de los niños, no sorprende que haya habido reacciones sobre el costo emocional que puede generar la enorme presión que sufren los chinos. "Creo que logran la excelencia académica pero pagan un alto precio emocional", señala la psicóloga Annie de Acevedo.

También se han escuchado voces de crítica de norteamericanos de origen chino que han vivido esta realidad y argumentan algo que omite Chua. Sostienen que no todo el mundo puede ser un genio y que este régimen espartano no garantiza resultados exitosos. En muchas ocasiones, los niños cuando crecen se rebelan contra sus padres y abandonan el piano y el violín. Esto para no hablar de casos más graves, como fracasos, resentimiento y suicidio. De hecho, hay un grupo en Internet que se llama Fumu Jie Huohai (El azote de los padres aplicados), en el que sus miembros, casi todos asiáticos, pasan horas y horas intercambiando experiencias traumáticas de su niñez.

Amy Chua se ha defendido de las críticas diciendo que en ningún momento ha tratado de decir que este estilo es el ideal, pero destaca sus ventajas frente al modelo occidental, que en su opinión es muy laxo y puede conducir a la mediocridad. También aclara que los padres chinos quieren a sus hijos, pero se centran en su fuerza y potencial, mientras los occidentales se enfocan en su fragilidad.

Y si bien admite que al principio no es divertido, cuando al final el niño aprende a dominar un arte o a entender una materia empieza a recibir comentarios y elogios de su trabajo que lo llenan de satisfacción. "Es un círculo virtuoso porque esa admiración le sirve para construir confianza en sí mismo, y lo que antes era aburrido se vuelve divertido, lo que a su vez hace más fácil a los padres exigirle aún más". Agrega que se requiere mucha fortaleza, sobre todo al principio, cuando el niño se resiste. "Entonces es cuando los padres occidentales tienden a flaquear".

Pero otros han visto en el libro un relato honesto que sirve de espejo para reflexionar sobre la experiencia de ser padres en Occidente. "Muchos padres se han ido al otro extremo y son muy permisivos con sus hijos, y la verdad es que la exigencia es buena", dice Acevedo. Lo cierto es que tanto en China como acá, los padres buscan lo mejor para sus hijos. Y tal vez, como dice Chua, algunos llegan a esa meta por caminos diferentes. "Nuestro método no es para humillar, sino para ayudar al niño a ser lo mejor. Con nuestra actitud le estamos diciendo que creemos en él y que como padres no lo vamos a dejar claudicar. Yo creo que ese es un mensaje positivo".
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