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| 9/2/2011 12:00:00 AM

Narciso en vilo

Una historia del amor urbano entre Andrés, un adulto en pleno camino de integración de su cuerpo físico con su esencia trascendental, y Bío, un jovencito arrogante, perdido en las rupturas de los afectos familiares.

Novela urbana sí las hay, Narciso en vilo –que sucede en calles y barrios de Bogotá– es urbana sobre todo por el magistral registro bogotano en el que Andrés narra su historia de amor con Bío, por la ironía rola con que esboza tres o cuatro escenas de clásica bogotanidad, y por la lucidez adolorida y distante, con que enumera, observa y asume la tragedia nacional, desde y en la “capital”. Palabra de provinciana.
 
Narciso en vilo es la historia del amor urbano entre Andrés, un adulto en pleno camino de integración de su cuerpo físico con su esencia trascendental, y Bío, un jovencito arrogante, perdido en las rupturas de los afectos familiares, aunque redimido por su fuerza creadora, que hace que su manía de reciclar objetos y materiales arrojados por la Bogotá nocturna se pueda llamar arte.
 
Hermosa historia en la que Andrés se ensaya en la asunción individual y responsable del riesgo de la relación amorosa, mientras Bío, torpe y dañino, disimula mal su perplejidad entre su lúcido y agresivo discurso de la relación sin apegos y, precisamente, la constatación reiterada del amor sin contrapartida que le ofrece Andrés.
 
Y es una historia de amor homosexual en la que a través del deleite reiterado del encuentro de los cuerpos se opera el sutil –y tan válido– desmonte de los roles de dominación; en ese sentido, además de dotar la obra de rasgos que la aproximan también a la novela erótica, Ignacio Zuleta 'Dharmadeva', con cuidado lenguaje –visual hasta el tacto– plantea el problema amor/poder y lo resuelve con una propuesta realmente horizontal, en el sentido más político de la palabra.
 
También novela urbana por sus habitantes, gentes de Bogotá y de todo el país, cuyos diálogos en impecable e implacable registro bogotano, son verdaderas piezas de idiosincrasia nacional, textos que rezuman cultura política del colombiano de a pie: su casera en el apartamento del centro y la empleada de esta; don Frutos, el guardián de la ciudadela residencial Metrópolis; el peluquero de la Barbería Marroquín en el marco de la Plaza de Bolívar, entre otros.
 
Y el conflicto armado, telón de fondo de Bogotá contado por la prensa, es enumeración estadística de muertos banalizados. Muertos de un lado y de otro (aunque vaya uno a saber si realmente son de algún lado). ¿Hay algo más urbano que una guerra vista y leída en los medios? Porque hasta la doble toma del Palacio de Justicia –segundo episodio de la guerra civil que pasa del telón al proscenio bogotano– la vio Andrés en directo en el receptor de televisión de doña Magola, aunque esta sucediera a escasas cuadras de su apartamento. A imagen y semejanza del país, Bío, en su ensimismamiento narciso, ni siquiera se enteró.
 
Además, la violencia del lenguaje y de los gestos, crudamente expuesta en los diálogos entre la casera y su empleada, y en una escena del tránsito bogotano infiltrado por el narcolumpen entonces en ascenso, decora con precisión el espacio-país cotidiano que asedia a los amantes.
 
La universalidad-localidad de los tópicos eternos del amor y de la guerra; la profundidad de la mirada personal interior, de las preguntas y de las certezas acerca del otro y del universo mundo, así como el tratamiento magistral del lenguaje bogotano como principal herramienta de la construcción urbana de esta novela, inscriben a Ignacio/Dharmadeva entre los noveles y más brillantes autores de la literatura colombiana y de la literatura –tout cour–.
 
Para los provincianos (o no) que amamos a Bogotá en todo su esplendor y su ferocidad; para los que la experiencia del amor nos lanzó al trasiego del camino interior, y para los que el país y el mundo son a la vez maravilla y dolor que nos interrogan por el sentido de esta encarnación, esta rica novela desborda de guiños, solidaridades y complicidades.
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