Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1987/12/21 00:00

NI TE CASES, NI TE EMBARQUES

El "fucú" del numero 13 sigue vivito y coleando.

NI TE CASES, NI TE EMBARQUES

Las fuerzas oscuras siguen triunfando. A pesar de que la ciencia y la razón ganan cada día más terreno sobre la especulación y la intuición, todavía persisten exóticas creencias, agueros y supersticiones que influyen, al parecer irracionalmente, en la vida de las personas. El número 13, es precisamente, uno de ellos.
Todo el mundo ha tropezado alguna vez en su vida con una persona que siente un miedo absurdo frenta a los martes 13, a los pisos 13, a sentarse en una mesa cuando el total de comensales es 13. A pesar de que se vive aparentemente una época de racionalidad, el número 13 con frecuencia es eliminado de los ascensores, de los cuartos de hoteles y hospitales, de las sillas de los aviones. En forma no muy latente, la superstición sobre la "pava" del número 13 persiste. Y podría aplicarse a la tecnología espacial. La misión Apolo 13 fue lanzada a las 13 horas 13 minutos de la plataforma 39 (13 por 3=39) y tuvo que suspenderse el 13 de abril de 1970 coincidencia que fue recogida por la prensa.
Triscaidecafobia es el nombre que los griegos daban a ese miedo morboso por el número 13. Y hay mucha evidencia acumulada para justificarlo. La creencia de que no se pueden sentar 13 personas a comer en una misma mesa, sin que de ello no se derive una trágica consecuencia, tiene el más patético ejemplo en la Ultima Cena: Cristo se sentó con los 12 apóstoles y todo el mundo sabe qué pasó después. Algunos relatos populares de la mitología noruega cuentan que el demoníaco dios Loki asistió sin ser invitado a una fiesta de las divinidades buenas, convirtiéndose en el comensal número 13, lo cual causó la muerte de Balder, dios de la luz.
El miedo a los 13 en la mesa lo han compartido personajes como Napoleón, J. Paul Getty, Herbert Hoover y Franklin Delano Roosevelt. La superstición es tan seria que, por ejemplo, en París existe la institución del "decimocuarto" o invitado profesional, que puede ser contratado a ultima hora para una comida donde algún invitado se ha excusado, para evitar la desgracia que podría significar sentar 13 personas en una mesa. Franklin Delano Roosevelt echaba mano de su secretaria Grace Tully, cuando ésto sucedía. En sus memorias, la Tully escribe: "El Jefe era supersticioso, especialmente con respecto al número 13". Tully recuerda también que Roosevelt hacía lo que fuera necesario con tal de no viajar en tren ningún día 13.
La idea de que los números no son simples instrumentos de enumeración, sino algo sagrado, perfecto, amistoso, de buena o mala suerte, se remonta a la antiguedad. En el siglo VI a.C., Pitágoras, asociado con el famoso teorema que dice que en un triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es siempre igual a la suma de los catetos al cuadrado, hizo una religión de los números. En numerología, el 12 siempre ha representado lo realizado, lo completo. Son 12 los meses del año, 12 los signos del zodiaco, 12 las horas del día, 12 los dioses del Olimpo, 12 las tribus de Israel, 12 los apóstoles de Jesús, etc. Como el 13 sobrepasa en uno al 12, el número está más allá de lo completo y se acerca al punto de ser maligno.
Aunque para muchos el martes 13 es de muy mal aguero ("En martes 13 ni te cases, ni te embarques"), para la mayoría el viernes 13 tiene también esa connotación, precisamente porque fue un viernes el día de la crucifixión de Cristo. Por eso se ve como un día de finales, de partidas, no de principios. También se ha asociado con la culpa, porque Eva le dio a Adán la manzana un día viernes. El viernes, entonces, no es un buen día para casarse o para viajar, para cambiarse de casa o para empezar un nuevo trabajo, para destetar un bebé o para cortarse las uñas, inclusive para voltear el colchón. Y hay más. Hasta finales del siglo 19, el viernes era llamado el día del verdugo y era reservado para las ejecuciones.
Fue un viernes 13, enero de 1882, cuando 13 hombres de Nueva York decidieron ponerle el pecho a lo que consideraban una tontería. Fundaron el Club Trece durante una cena en el cuarto 13 del Knickerbocker Cottage en el número 454 de la Sexta Avenida, cena que se prolongó desde las 8:13 de la noche hasta las 13 horas. Brindaron en honor de Trismegistus, "un antiguo egipcio", de quien se decía que era el hijo número 13 de una madre número 13 (aunque no explicaban cómo podía ser esto). Establecieron una cuota de afiliación de 1.13 dólares, 13 centavos de cuota mensual y la membrecía vitalicia por 13 dólares. Además, los miembros se comprometieron a continuar cenando los 13, el día 13 de cada mes.
Cada vez que se reunían esparcían sal por toda la mesa, se contaban historias sobre el número 13 y, a la salida, de regreso a sus casas se proponían pasar por debajo de escaleras. Los miembros de Club aumentaron hasta 1.300 y se crearon filiales en Londres y en otras ciudades de los Estados Unidos. Como para extremar la nota, el Club de Londres, durante sus cenas de los 13, tenían salero en forma de ataúdes y los interruptores de la luz eran en forma de calavera. Meseros bizcos se encargaban de que los cubiertos estuvieran cruzados y rompían espejos con toda la libertad. Era tan notoria la intención del Club de retar a las fuerzas oscuras, que llegó un momento en que varios de los propietarios del Club, sobrecogidos por el temor, no volvieron a dejarse ver por allí.
Para neutralizar esta triscaidecafobia, el Club Trece también se dedicó a coleccionar historias "afortunadas" sobre el número 13. Esta práctica, sin embargo, fue criticada por muchos de los miembros del Club, por considerar que en lugar de estar deshaciendo una superstición, estaban dándole la vuelta.
Uno de los mejores momentos del Club se produjo en 1886, cuando sus miembros convencieron a María Cristina, la reina regente de España, de que ignorara los ruegos de sus ministros, que se oponían a que bautizara a su hijo Alfonso XIII. (Alfonso, con el paso de los años, se volvió tan impopular, que tuvo que abdicar del trono). Pero este acto racional de su madre no marcó el final de la superstición. En agosto 21 de 1930, cuando la hermana de la Reina Isabel, la princesa Margarita de Inglaterra, nacio en el castillo Glamis (Escocia), los funcionarios de palacio no registraron inmediatamente su nacimiento, porque su número habría sido 13 esperaron 3 días, hasta que se produjo otro nacimiento, de manera que Margarita pudiera ser registrada bajo el número 14. Y en 1965, cuando la propia Isabel estaba viajando por Alemania fue citada en la plataforma número 13 para tomar el tren en la estación de Duisburg. Nerviosos, sus asesores cambiaron el número de la plataforma por el 12A. Si las reinas y los presidentes hacen lo humanamente posible para esquivar el número 13, no tiene por qué extrañar que también lo hagan las personas comunes y corrientes. Un estudio de la Universidad de Columbia entre 403 estudiantes de sicología, encontró qué 40 de ellos, o sea el 10%, pensaban que era de mala suerte cualquier cosa que se relacionara con el número 13. Quién sabe cuántos más de ellos pensaban lo mismo, pero no fueron capaces de admitirlo.
Pero la triscaidecafobia no es ninguna cosa desestimable. Se ha calculado que ésta le cuesta a los Estados Unidos alrededor de mil millones de dólares anuales en cancelaciones de trenes y aviones, y en la reducción de la actividad comercial los días 13 de cada mes.
En todo caso, para quienes el 13 es, definitivamente, un número con aguero, y el viernes un día con "fucú", existe un dato que confirmaría la sensación de que hay algo maléfico en todo este asunto: según la reputada publicación The Mathematical Gazette, matemáticamente hay más probabilidades de que el día 13 de cada mes caiga en viernes. Esta comprobación fue hecha por un estudiante de Eton, S.R. Baxter, a la edad de 13 años.







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