Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2010/06/27 00:00

"No puedo con la tecnología"

El columnista de SEMANA, Antonio Caballero, explica por qué le toma tanto tiempo y esfuerzo adaptarse a ella.

"No puedo con la tecnología"

Lo que me pasa con la tecnología es que no sé manejarla. Solo la puedo usar por interpuesta persona, como dicen los abogados: si no soy yo, sino otro, el piloto del avión en el que voy de pasajero, si es otro el técnico que aprieta el botón que pone a funcionar la lavadora. Como por arte de magia.

Este alejamiento de la tecnología me viene en buena medida de mi torpeza manual. Nunca he podido manejar con destreza ninguna herramienta: ni una aguja, ni un martillo, ni un violín. Y mucho menos, por supuesto, el minúsculo teclado de un BlackBerry, en el que no caben las yemas de los dedos. Hasta un lápiz me da bastante brega.

Porque mi problema no es solo con las tecnologías modernas y complejas de la electrónica y de la informática, sino también con las más elementales y más arcaicas, que existían ya cuando vine al mundo. Digo esto para disipar la idea extendida, pero errónea, de que todos los niños son capaces, intuitivamente, por ciencia infusa, de dominar un MacBook o un iPod. O yo qué sé: un triciclo. O algo más primitivo todavía: el remo.

El remo es tal vez el instrumento más sencillo que existe. El diccionario lo describe como una “pala de madera larga y estrecha que se usa para mover las embarcaciones haciendo fuerza con ella dentro del agua”. Parece ser que el remo fue inventado hace treinta mil años. Treinta mil años, o más, llevamos los hombres remando. Y sin embargo para mí sigue siendo un misterio insondable el sistema de funcionamiento del remo.

Lo puedo usar: hacer fuerza en el agua y conseguir que la embarcación se mueva, como también puedo usar un teléfono o incluso un automóvil, o como en este mismo momento estoy usando, con grandes problemas pero exitosamente en fin de cuentas, un computador para escribir este artículo (y espero que no se borre: aunque nunca se sabe con estos aparatos). Por lo general consigo usar los aparatos, una vez que los técnicos me enseñan cómo hacerlo y he tomado –con la ayuda del ya mencionado lápiz– las
correspondientes notas. Pero me cuesta un gran esfuerzo, y un tiempo considerable.
 
Mucho más tiempo me toma, por ejemplo, escribir artículos en computador que en las viejas máquinas de escribir que ya nadie sabe arreglar (ni siquiera los niños: lo cual viene a corroborar mi tesis de que la tecnología no es un saber innato), y que por consiguiente tendré que renunciar a usar muy pronto. Volveré entonces al lápiz (un invento relativamente reciente, y del que todavía quedan fabricantes). Con el inconveniente de que al escribir a lápiz se le cansa a uno muy pronto la mano.

Con lo cual vuelvo a lo de tomar notas sobre cómo se usan los artilugios tecnológicos: hay que hacer así y asá, etcétera, y después apretar ‘save’, y no ‘delete’. Las notas complican el asunto y lo hacen todavía más engorroso. Montar un telescopio casero de astrónomo aficionado, pongamos por caso, es cosa ardua. Pero se dificulta aún más si se siguen las instrucciones del folleto que viene con la caja. Una vez me mostraron uno, de varias páginas, en español, inglés, portugués, árabe y coreano, sobre cómo utilizar eficientemente una escoba para barrer. Y era trabajosísimo.

Eso es lo que me pasa con la tecnología. Con el remo, para seguir con mi ejemplo. Para mí el remo solo tiene verdadera existencia en su función de castigo. Remar es remar como un galeote. Y no me gusta.
 
*Periodista y escritor

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