Miércoles, 22 de octubre de 2014

| 2013/08/31 04:00

No tengo celular, ¿y qué?

Aunque casi todo el mundo tiene uno en su bolsillo, una minoría aún no se deja seducir por el teléfono móvil. Así es como algunos sobreviven sin él.

No tengo celular, ¿y qué?

La primera llamada de un teléfono celular tuvo lugar hace 40 años, en la ciudad de Nueva York, desde un Motorola y en medio de un espectáculo mediático. Desde entonces, este aparato ha ido reduciendo su tamaño en la misma proporción en que ha ido aumentando su presencia en la sociedad. La ONU estima que hay 7.000 millones de teléfonos activos en el mundo. 

En Colombia, según la Superintendencia de Industria y Comercio hay incluso más líneas que personas, 49 millones, lo que indica que muchos no solo tienen uno sino dos o tres aparatos. Y no solo eso. El teléfono celular se ha vuelto un apéndice de estos usuarios al punto que si lo dejan en la casa regresan a recogerlo porque salir sin él, dicen, es como andar desnudo por la calle.

A pesar de esto todavía hay un pequeño porcentaje que no lo usa. Algunos de ellos son personas viejas que se sienten intimidadas por las innovaciones. Otro tanto son quienes sufren condiciones de pobreza extrema tales que no tienen cómo comprarlo. Pero hay un subgrupo de adultos con la edad y los medios para usar celular, que han preferido decirle ‘no, gracias’.

En Estados Unidos 21 millones de personas conforman este grupo. Les dicen el 9 por ciento o los refuseniks del celular. Entre ellos están el magnate Warren Buffet, quien reveló que el teléfono móvil no combina con su vida zen. Se rumora que el papa Francisco no tiene y tampoco el presidente de Uruguay, Pepe Mujica. Y a Aaron Greenspan, un desarrollador de software para teléfonos, paradójicamente no le interesa llevar uno consigo. “Nunca he sentido la necesidad y estoy feliz con esa decisión”, le dijo a SEMANA. 

En Colombia no se sabe cuántos son y se les mira como bichos raros. La gente les pregunta cómo hacen para trabajar o qué piensa de eso su jefe, que son maneras disfrazadas de indagar por el problema que tienen en su cabeza. “A mi me ven como una mezcla de líchigo y raro, y me dicen ajá y por qué no te compras uno. Lo más chistoso es que a la gente le molesta”, dice Gonzalo Laguado, un abogado sin celular. 

El artista Antonio Caro no usa celular por que “adoro mi ensimismamiento y odio que me disloquen. Cuando no puedo dar un número telefónico, la gente me hace sentir como un verdadero antisocial”, dice. Luz María Gómez, creativa en una agencia de publicidad, nunca compró uno porque no quería ser esclava de ese aparato. “Además, todo lo que tiene radiación me produce corto circuito”. A veces para cumplir con su trabajo sus colegas le prestan uno, pero ella tiene que pedirles el favor de que le marquen porque no sabe usarlos. “Me miran como si fuera una analfabeta”, dice.

Greenspan también comparte sus motivos: “Una vez en la estación de Boston vi a una mujer escribir furiosamente en su BlackBerry sin tener idea de lo que pasaba a su alrededor. Ahí supe que no quería convertirme en un esclavo de la tecnología”. El escritor Hugo Chaparro se autodefine como el último de los independientes porque nunca ha tenido uno. “Me gusta hablar con la gente sin interrupciones ni obstáculos ‘tecno-ilógicos’”, le dijo a SEMANA. Sin contestar el teléfono, comenta, el tiempo le rinde más, puede trabajar sin pausa y leer libros sin interrupciones. 

A diferencia de otros de su edad, Diego, un estudiante de 21 años, nunca ha querido un celular. Aunque él está feliz así porque no tiene que reportársele a nadie, la que sufre es su mamá quien debe esperar a que aparezca cuando lo necesita para algo urgente. 

No es por dárselas de excéntricos o anticuados ni es que quieran hacerles más difícil la vida a los demás, aunque lo logran. De hecho, para hacer este artículo fue difícil contactarlos. Entre sus motivos contra el celular está en primer lugar que prefieren enfocarse en lo que sucede a su alrededor y en la gente que tienen al frente. De eso da cuenta Chaparro. 

Un día dedicó toda la mañana a prepararle el almuerzo a una amiga que cumplía años. “Apenas pude disfrutar con ella el arroz con coco, los camarones y el resto del jolgorio gastronómico durante un breve saludo de bienvenida. Tuve que mirarla conversar con su teléfono durante todo el almuerzo, para dirigirse de nuevo a mí solo cuando se despidió porque tenía que marcharse a la oficina. Así todos hablan por sus celulares pero nadie escucha”.

Otros mencionan que no quieren que los demás los ubiquen a donde quiera que vayan. Laguado cree que “el celular no obra en beneficio propio sino que quita espacios personales para que me ubique gente con la que no me interesa hablar”, señala. Otros lo hacen por el medioambiente o para proteger su salud. Aunque los estudios no han demostrado que los celulares tengan que ver con la aparición de tumores del cerebro, algunos dudan de estos resultados.

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“Es el experimento neurológico más grande que el mundo ha hecho”, dice uno de ellos. Y hay quienes en realidad no los necesitan. “De las 24 horas, paso 7 durmiendo, y otras 9 trabajando en mi oficina, excepto en reuniones en las cuales no podría contestarlo. Luego voy a la casa, lo cual deja solo una hora en la que no estoy disponible”, dice un miembro del exclusivo 9 por ciento.

Curiosamente todos ellos viven felices sin el celular. 

Por un lado reportan que es más cómodo porque no tiene que contestar llamadas a toda hora, sino que responden solo las que quieren cuando llegan a su casa y revisan el contestador automático. Además todavía usan el cerebro para memorizar información básica. “Yo me aprendo los teléfonos de todos por si acaso tengo que llamarlos en la calle, dice Laguado. Son muy organizados: reconfirman las citas la víspera, casi nunca cambian de planes y se jactan de ser muy puntuales porque saben que no pueden recurrir al celular para saber dónde está un amigo. 

“Yo me programo con la gente y aprecio mucho la puntualidad”, señala. Y si hay emergencias recurren a la solidaridad de otros. Cuando se descompuso su carro en plena vía, Gómez simplemente caminó hasta una tienda donde hizo la llamada para que una grúa la rescatara. 

Además de todo lo anterior, se sienten libres y cuando hacen llamadas no gritan ni sufren porque la comunicación se va a caer. Como dice Greenspan irónicamente: “Lo único que me he perdido sin ese aparato son muchas cuentas por cientos de dólares, llamadas caídas, y peleas con la gente de servicio al cliente. Lo que he ganado es la libertad de la presión social y del espionaje del gobierno”.

 

A pesar de esto no niegan que el celular es de gran ayuda en ciertos momentos. Gómez, por ejemplo, en más de una ocasión fue la única que llegó puntual a una reunión cancelada a última hora. A Laguado le hace falta cuando quiere pedir un taxi en la calle pero, advierte, “son necesidades poco esenciales”, dice.

A pesar de que ellos se sienten bien así, los expertos en tecnología creen que esta minoría va a desaparecer por la presión de la sociedad. De hecho, muchos refuseniks de los celulares han tenido que salir a comprarlo obligados, como le sucedió a Gómez hace seis meses cuando su jefe le dio un ultimátum: “O lo usa o hay problemas”, cuenta que le dijo. Se compró un iPhone pero todavía no se adapta. Siente que la pantalla brilla mucho y se altera cuando timbra. “Lo dejo mucho en la casa, o no lo cargo ni lo respondo”, confiesa. 

A Manuel Prada, un profesor de 32 años, le fascinaba vivir sin celular por la privacidad. “Me gustan la separación entre tiempo y espacio, y que no me molesten en la casa por cosas del trabajo”. Pero ese tiempo sagrado se acabó desde que tuvo que comprar un celular hace tres años porque se lo pidieron todos sus jefes, incluida su esposa. “Ella acababa de tener nuestro primer hijo y quería estar segura de que me podía ubicar”, recuerda. 

Pero aun así Prada limita su uso. El lunes no lo lleva consigo y durante el fin de semana lo apaga. El pasado domingo salió a un pueblo cercano de Bogotá en bicicleta y se pinchó. Si hubiera tenido el celular habría llamado a alguien para que lo recogiera pero como no lo llevaba no tuvo otra opción que andar a pie durante una hora hasta que apareció otro ciclista que lo ayudó. “Me gustó más la opción sin celular porque hice un nuevo amigo”. 

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