Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/05/06 00:00

No todo es color de rosa

Quienes buscan la felicidad a toda costa suelen terminar frustrados. La tristeza y el dolor también son experiencias necesarias para darle sentido a la vida.

No todo es color de rosa

A comienzos de marzo, cuando Miguel Bosé estuvo en Colombia para promocionar su disco Sereno, le concedió una entrevista al programa de televisión Yo, José Gabriel. Al final de esta corta charla el presentador del espacio, José Gabriel Ortiz, le preguntó al cantante español: “¿Se puede ser feliz?”. El artista le contesto: “Sinceramente no y le puedo decir todo lo contrario. La felicidad es tan estúpida que no merece la pena llegar a ser felices. Es mejor estar tranquilos. Es un estado tan limitado, tan demagógico y tan poco fértil... Hay cosas que merecen más y son más interesantes, como la rabia, la soledad, el sueño o la soberbia”. El desprecio por uno de los valores que más se exige y se promueve pudo sonar en ese momento a herejía. Mientras la mayoría quiere tener la felicidad a toda costa y busca en libros de autoayuda fórmulas eficaces para alcanzarla, Miguel Bosé se da el lujo de no tener la felicidad entre sus prioridades. Pero, sin duda, uno que otro televidente se identificó con él y sintió un gran alivio por dentro escuchando su declaración. Qué felicidad no tener que ser felices. Bosé no es el único que piensa así. El hace parte de un grupo de filósofos, siquiatras y sicólogos que buscan desmitificar esta palabra tal vez porque no están de acuerdo con la manera como se impone, se define y se busca en el mundo occidental actual. Hoy por hoy la felicidad es una orden. Todos deben ser felices, pero la triste paradoja es que mientras más se la busca más esquiva se vuelve. Se ha confundido la alegría con la acumulación de bienes. Quienes ostentan dinero, poder, éxito y belleza supuestamente tienen la felicidad. Habrá algunos a quienes no les interesa cumplir esas expectativas, pero los que las desean y no cuentan con las herramientas para lograrlas sienten una gran frustración. “Esa noción de felicidad que obsesiona a la gran mayoría nos está llevando al infarto, a la tumba, al divorcio, al suicidio”, dice el siquiatra Germán Aguirre. Agrega que los estímulos se buscan por fuera y no dentro de cada individuo, y eso explica porqué la gente se vuelca hacia actividades como los deportes extremos, el consumo de drogas y el sexo adictivo. “Hay que generar sensaciones que estimulen la producción de serotonina y noradrenalina, sustancias que dan la sensación de bienestar y placer en el organismo”. Por eso todo lo que no es placer es infelicidad y se confunde el dolor con lo desagradable. Buenos dias, tristeza En ese esquema la tristeza no tiene cabida. Como tampoco la enfermedad, el dolor y la muerte. También hay una gran intolerancia frente al fracaso. De hecho, para el siquiatra Javier León, el problema no radica tanto en una sociedad que le ordena a la gente ser feliz a toda costa “sino que le dice que la tristeza es mala”. Para él la tristeza y el dolor son condiciones importantes que tienen una función creativa porque nadie inventa si no es tratando de resolver una pena. “Si vivo en éxtasis cómo me voy a dar cuenta de que el transporte de la ciudad es una porquería y que hay que inventarse el Transmilenio”, dice. Tener presente en la cabeza que en la vida hay tanto de gratificante como de doloroso es pertinente. La muerte hace parte de la vida. “No más terminar un buen libro es un duelo”. Pero en la vida real sucede otra cosa. En el libro La euforia perpetua, un ensayo sobre el deber de ser feliz, el filosofo francés Pascal Bruckner afirma que en el siglo XX se dio el mayor paso hacia la negación de la infelicidad. Lo curioso es que el sufrimiento no ha desaparecido, sólo que su manifestación no puede hacerse en forma pública. “Hay que fingir dinamismo y buen humor con la esperanza de que al abrir ese grifo la aflicción termine desapareciendo por sí sola”. La intolerancia a la tristeza puede ser cruel. Al viudo, a la madre que pierde un hijo o a quien acaba de romper una relación amorosa se le ayuda pero si en un tiempo no ha salido de su melancolía se le rechaza y discrimina. En ese sentido la gente ha olvidado que la tristeza también es necesaria. “El duelo ayuda a superar las dificultades, dice Aguirre. Pero como no se puede manifestar la gente recurre al Prozac para no sentir nada y al tomar esas pastillas de la felicidad no se da la oportunidad de aprender”. En su ensayo La felicidad, desesperadamente, el filósofo francés André Comte-Sponville dice que esta emoción no se obtiene a golpe de drogas, de mentiras y de ilusiones sino con una cierta relación con la verdad. “Más vale una verdadera tristeza que una falsa alegría”, dice. Y cuando habla de felicidad desesperadamente (según Goethe la felicidad es desesperante porque no hay nada más difícil de soportar que una sucesión ininterrumpida de días muy buenos) lo que quiere comunicar es que sólo habrá felicidad en la medida en que no se espera nada. La felicidad —que además para él no es un término absoluto sino un proceso o un equilibrio que se adquiere— no está en desear lo que no se tiene o lo que no se es sino en el conocimiento de lo que se es y en el amor a lo que ocurre. Es como hacer un inventario de lo que se tiene y de lo que se puede hacer y sólo maniobrar de acuerdo con él, sin tener objetivos ilusorios o metas inalcanzables. “Se trata de aprender a desear lo que sí depende de nosotros, se trata de aprender a desear lo que es, es decir, a amar”, asegura. Los ricos tambien lloran La felicidad, según los científicos, es un rasgo característico de la especie humana que le ha ayudado a adaptarse a través de los últimos 40.000 años. Según el siquiatra español Luis Marcos Rojas la raza humana no hubiera podido sobrevivir si no hubiera sentido que la vida merece la pena. Por eso para el experto no es raro que en las encuestas para medir la felicidad entre el 65 y el 85 por ciento de las personas digan que se sienten satisfechas con la vida. Eso explica también porqué, a pesar de las tragedias y las penas que azotan a las personas la vida continúa. Según el doctor David Lykken, sicólogo de la Universidad de Minnessota y autor de varias investigaciones sobre el tema, la felicidad es un rasgo que tiene fuertes orígenes genéticos. Esto quiere decir que cada cual nace con un nivel preestablecido desde el momento de la concepción, cuando se barajan los genes y a cada quien le corresponde lo suyo. Lo que este investigador ha podido constatar es que quienes han sufrido la muerte de un familiar querido siempre terminan adaptándose a esa pérdida y ellos mismos se sorprenden al ver que pueden volver a sentirse bien a pesar de esa ausencia. En las situaciones de éxito y alegría sucede lo mismo. La gente que ha ganado loterías o ha llegado a una meta difícil de alcanzar ve cómo esa dicha se va disipando con el paso del tiempo a tal punto que deben poner entre sus planes nuevos objetivos para vivir. Este investigador también ha probado científicamente que la dicha no está en el éxito ni en el dinero. Lykken encontró que la felicidad no estaba relacionada con variables como estrato social, salario, estado civil o educación, corroborando así otros estudios hechos en el pasado que habían arrojado resultados similares. Y reafirmando también una historia de André Malraux en la que ilustra a todos que la desgracia hace parte de la condición humana. Se trata de un encuentro suyo con un viejo sacerdote. Cuando el escritor le pregunta por las enseñanzas que le ha dado su vida de confesor el padre le contesta: “Le diré dos cosas. Lo primero es que la gente es mucho más desgraciada de lo que creemos y lo segundo es que no hay grandes personas”. Los ricos, los hombres de éxito, los famosos, también sufren. Los hombres mueren y no son felices, decía el escritor Albert Camus. Y los hace todavía más infelices no alcanzar la dicha que tanto promueven en los medios de comunicación. “Probablemente somos las primeras sociedades de la historia que han hecho a la gente infeliz por no ser feliz”, dice Bruckner. Y como el dinero no ha resultado una garantía para comprarla el filósofo recomienda empobrecerse, lo cual no significa vivir en la miseria sino hacer una reestructuración de las prioridades: preferir la libertad, la justicia y el amor a la felicidad. “Volver a lo esencial en lugar de acumular dinero y objetos como quien construye un ridículo dique contra la angustia y la muerte”. Bruckner apela a una idea de felicidad que no se imponga sino que esté basada en la libertad para ser infelices sin tener que avergonzarse o disimularlo. O para ser felices a ratos y de cualquier manera. “Porque el secreto de la buena vida —dice él— es burlarse de la felicidad: no buscarla pero darle la bienvenida cuando nos sorprende”. Documentos relacionados A comienzos de marzo, cuando Miguel Bosé estuvo en Colombia para promocionar su disco Sereno, le concedió una entrevista al programa de televisión Yo, José Gabriel. Al final de esta corta charla el presentador del espacio, José Gabriel Ortiz, le preguntó al cantante español: “¿Se puede ser feliz?”. El artista le contesto: “Sinceramente no y le puedo decir todo lo contrario. La felicidad es tan estúpida que no merece la pena llegar a ser felices. Es mejor estar tranquilos. Es un estado tan limitado, tan demagógico y tan poco fértil... Hay cosas que merecen más y son más interesantes, como la rabia, la soledad, el sueño o la soberbia”. El desprecio por uno de los valores que más se exige y se promueve pudo sonar en ese momento a herejía. Mientras la mayoría quiere tener la felicidad a toda costa y busca en libros de autoayuda fórmulas eficaces para alcanzarla, Miguel Bosé se da el lujo de no tener la felicidad entre sus prioridades. Pero, sin duda, uno que otro televidente se identificó con él y sintió un gran alivio por dentro escuchando su declaración. Qué felicidad no tener que ser felices. Bosé no es el único que piensa así. El hace parte de un grupo de filósofos, siquiatras y sicólogos que buscan desmitificar esta palabra tal vez porque no están de acuerdo con la manera como se impone, se define y se busca en el mundo occidental actual. Hoy por hoy la felicidad es una orden. Todos deben ser felices, pero la triste paradoja es que mientras más se la busca más esquiva se vuelve. Se ha confundido la alegría con la acumulación de bienes. Quienes ostentan dinero, poder, éxito y belleza supuestamente tienen la felicidad. Habrá algunos a quienes no les interesa cumplir esas expectativas, pero los que las desean y no cuentan con las herramientas para lograrlas sienten una gran frustración. “Esa noción de felicidad que obsesiona a la gran mayoría nos está llevando al infarto, a la tumba, al divorcio, al suicidio”, dice el siquiatra Germán Aguirre. Agrega que los estímulos se buscan por fuera y no dentro de cada individuo, y eso explica porqué la gente se vuelca hacia actividades como los deportes extremos, el consumo de drogas y el sexo adictivo. “Hay que generar sensaciones que estimulen la producción de serotonina y noradrenalina, sustancias que dan la sensación de bienestar y placer en el organismo”. Por eso todo lo que no es placer es infelicidad y se confunde el dolor con lo desagradable. Buenos dias, tristeza En ese esquema la tristeza no tiene cabida. Como tampoco la enfermedad, el dolor y la muerte. También hay una gran intolerancia frente al fracaso. De hecho, para el siquiatra Javier León, el problema no radica tanto en una sociedad que le ordena a la gente ser feliz a toda costa “sino que le dice que la tristeza es mala”. Para él la tristeza y el dolor son condiciones importantes que tienen una función creativa porque nadie inventa si no es tratando de resolver una pena. “Si vivo en éxtasis cómo me voy a dar cuenta de que el transporte de la ciudad es una porquería y que hay que inventarse el Transmilenio”, dice. Tener presente en la cabeza que en la vida hay tanto de gratificante como de doloroso es pertinente. La muerte hace parte de la vida. “No más terminar un buen libro es un duelo”. Pero en la vida real sucede otra cosa. En el libro La euforia perpetua, un ensayo sobre el deber de ser feliz, el filosofo francés Pascal Bruckner afirma que en el siglo XX se dio el mayor paso hacia la negación de la infelicidad. Lo curioso es que el sufrimiento no ha desaparecido, sólo que su manifestación no puede hacerse en forma pública. “Hay que fingir dinamismo y buen humor con la esperanza de que al abrir ese grifo la aflicción termine desapareciendo por sí sola”. La intolerancia a la tristeza puede ser cruel. Al viudo, a la madre que pierde un hijo o a quien acaba de romper una relación amorosa se le ayuda pero si en un tiempo no ha salido de su melancolía se le rechaza y discrimina. En ese sentido la gente ha olvidado que la tristeza también es necesaria. “El duelo ayuda a superar las dificultades, dice Aguirre. Pero como no se puede manifestar la gente recurre al Prozac para no sentir nada y al tomar esas pastillas de la felicidad no se da la oportunidad de aprender”. En su ensayo La felicidad, desesperadamente, el filósofo francés André Comte-Sponville dice que esta emoción no se obtiene a golpe de drogas, de mentiras y de ilusiones sino con una cierta relación con la verdad. “Más vale una verdadera tristeza que una falsa alegría”, dice. Y cuando habla de felicidad desesperadamente (según Goethe la felicidad es desesperante porque no hay nada más difícil de soportar que una sucesión ininterrumpida de días muy buenos) lo que quiere comunicar es que sólo habrá felicidad en la medida en que no se espera nada. La felicidad —que además para él no es un término absoluto sino un proceso o un equilibrio que se adquiere— no está en desear lo que no se tiene o lo que no se es sino en el conocimiento de lo que se es y en el amor a lo que ocurre. Es como hacer un inventario de lo que se tiene y de lo que se puede hacer y sólo maniobrar de acuerdo con él, sin tener objetivos ilusorios o metas inalcanzables. “Se trata de aprender a desear lo que sí depende de nosotros, se trata de aprender a desear lo que es, es decir, a amar”, asegura. Los ricos tambien lloran La felicidad, según los científicos, es un rasgo característico de la especie humana que le ha ayudado a adaptarse a través de los últimos 40.000 años. Según el siquiatra español Luis Marcos Rojas la raza humana no hubiera podido sobrevivir si no hubiera sentido que la vida merece la pena. Por eso para el experto no es raro que en las encuestas para medir la felicidad entre el 65 y el 85 por ciento de las personas digan que se sienten satisfechas con la vida. Eso explica también porqué, a pesar de las tragedias y las penas que azotan a las personas la vida continúa. Según el doctor David Lykken, sicólogo de la Universidad de Minnessota y autor de varias investigaciones sobre el tema, la felicidad es un rasgo que tiene fuertes orígenes genéticos. Esto quiere decir que cada cual nace con un nivel preestablecido desde el momento de la concepción, cuando se barajan los genes y a cada quien le corresponde lo suyo. Lo que este investigador ha podido constatar es que quienes han sufrido la muerte de un familiar querido siempre terminan adaptándose a esa pérdida y ellos mismos se sorprenden al ver que pueden volver a sentirse bien a pesar de esa ausencia. En las situaciones de éxito y alegría sucede lo mismo. La gente que ha ganado loterías o ha llegado a una meta difícil de alcanzar ve cómo esa dicha se va disipando con el paso del tiempo a tal punto que deben poner entre sus planes nuevos objetivos para vivir. Este investigador también ha probado científicamente que la dicha no está en el éxito ni en el dinero. Lykken encontró que la felicidad no estaba relacionada con variables como estrato social, salario, estado civil o educación, corroborando así otros estudios hechos en el pasado que habían arrojado resultados similares. Y reafirmando también una historia de André Malraux en la que ilustra a todos que la desgracia hace parte de la condición humana. Se trata de un encuentro suyo con un viejo sacerdote. Cuando el escritor le pregunta por las enseñanzas que le ha dado su vida de confesor el padre le contesta: “Le diré dos cosas. Lo primero es que la gente es mucho más desgraciada de lo que creemos y lo segundo es que no hay grandes personas”. Los ricos, los hombres de éxito, los famosos, también sufren. Los hombres mueren y no son felices, decía el escritor Albert Camus. Y los hace todavía más infelices no alcanzar la dicha que tanto promueven en los medios de comunicación. “Probablemente somos las primeras sociedades de la historia que han hecho a la gente infeliz por no ser feliz”, dice Bruckner. Y como el dinero no ha resultado una garantía para comprarla el filósofo recomienda empobrecerse, lo cual no significa vivir en la miseria sino hacer una reestructuración de las prioridades: preferir la libertad, la justicia y el amor a la felicidad. “Volver a lo esencial en lugar de acumular dinero y objetos como quien construye un ridículo dique contra la angustia y la muerte”. Bruckner apela a una idea de felicidad que no se imponga sino que esté basada en la libertad para ser infelices sin tener que avergonzarse o disimularlo. O para ser felices a ratos y de cualquier manera. “Porque el secreto de la buena vida —dice él— es burlarse de la felicidad: no buscarla pero darle la bienvenida cuando nos sorprende”. Documentos relacionados CHAPTER 1: This Happy Breed. capítulo del libro Happiness. I hope they will answer some of your questions

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