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| 4/14/1986 12:00:00 AM

NUEVOS SAMURAIS

Gerentes que se preparan como para la guerra, último intento made in Japón.

La escena puede sorprender a cualquier extranjero que se encuentre en las calles de la ciudad de Fujinomya pero, para los miles de japoneses que se hallan cerca, forma parte del paisaje, como los automóviles o las bancas de ese parque donde un joven bien vestido y con la apariencia inequívoca del ejecutivo en ascenso se pone a gritar bien fuerte: "Soy el mejor, soy el más ambicioso, soy el más inteligente, soy el mejor de todos de mi generación". Cuando se convence de que todos han escuchado su confesión sigue su camino, en busca de otro sitio público donde gritar sus convicciones.
El que se atreva a gritar en público es porque ha perdido la tímidez o al menos, está en camino de vencerla. Esa es una de las pruebas a que son sometidos los jóvenes ejecutivos japoneses enviados por sus empresas para mejorar, para convertirse en lo que muchos llaman "los samurais de la economía", muchachos que dentro de pocos años remplazarán a los actuales dirigentes de la industria, la política, el comercio, las artes y todas las demás actividades. Un ejecutivo tímido sería vencido, destrozado por la competencia y esa exhibición en público, vergonzosa en principio, es apenas una de las pruebas casi insuperables que lo convertirán en un ser imbatible, capaz de arrasar con todo con tal de que su empresa venda más o se quede con un mercado o consiga un nuevo producto. Al cambiar su personalidad, ese joven en ascenso será capaz de rebelarse contra sus mismos superiores.

ENTRENAMIENTO INFERNAL
Los periodistas franceses que han quedado asombrados con estos métodos, tuvieron el primer hilo del ovillo en un pequeño aviso que apareció en la prensa: "Trece días de infierno para los ejecutivos que quieran mejorar sus posibilidades de ascenso". La academia Motohasi es la encargada de este trabajo de convertir a los dirigentes japoneses en los mejores y más fuertes del mundo. La bandera que ondea a la puerta de sus instalaciones no admite duda alguna: es blanca con un águila negra, símbolo de la fuerza y con este lema, "Cien litros de sudor y lágrimas".
A los pocos minutos de ingresar, los alumnos son advertidos de lo que les espera. Un monitor les grita en la cara: "Aquí, en este momento, ustedes no significan nada, estan aquí porque sus empresas quieren que mejoren, han venido a trabajar y entrenarse, solo pasarán el programa los que se esfuercen, los que suden y lloren y la única solución que les queda es cooperar para que este infierno se vuelva paraíso".
Enseguida cada uno tiene que presentarse en público. Comienza a hablar y el monitor lo interrumpe a gritos: "Más fuerte, más fuerte, hable más rápido, más fuerte...", y a los jóvenes no les queda sino perder la voz en esa primera sesión. Repartidos en grupos de trece, para los participantes no habrá diferencia entre el día y la noche porque, cuando menos lo piensen, aun si están durmiendo, serán llamados urgentemente para nuevos ejercicios y apenas con pocos segundos para presentarse. Cada vez será con menos tiempo, más rápido, a las horas más insólitas. El monitor les grita: "Cuando tengan que hacer un negocio o tomar una decisión apenas tendrán un minuto, no tendrán todo el tiempo del mundo, tendrán que gritar, tendrán que hacerse entender enseguida, no habrá tiempo para explicaciones ni análisis, no olviden que de esa forma rápida y concreta como hablen, depende su éxito".
Después de cada jornada el monitor entrega los resultados de esa etapa del curso y los mejores reciben escarapelas que serán arrancadas con furia cuando el alumno retroceda en su preparación. Pocos serán los que obtengan el diploma al final del curso y los perdedores regresan hasta cuando se perfeccionan.
Las comidas duran una hora: veinte minutos en silencio y el resto discutiendo los temas que propongan. Por supuesto ese intercambio de ideas no es grato, no es cómodo para alguien que entre sorpresivamente al recinto y se encuentre con un grupo de desaforados que intentan imponer sus criterios sobre los demás.
Cada hora los alumnos repiten: "Soy capaz de mejorar, soy fuerte, soy joven, voy a ganar, voy a ganar, voy a imponerme sobre los demás". Algunos de los alumnos no son tan jóvenes, pero el promedio oscila entre 20 y 25 años.
Se levantan a las cuatro de la mañana, tienen entrenamiento físico entre las cinco y las siete, desayunan, se arreglan y a partir de las diez las clases que giran alrededor de un decálogo que resume el credo de estos nuevos samurais. Cada mañana, en dos minutos, los alumnos tienen que memorizar un texto de seiscientas palabras y luego recitarlo. Uno de los mandamientos iniciales reza: "No te retrases, no temas iniciar tu trabajo cinco minutos antes de lo necesario". Y el segundo: "Conviértete en el más eficiente pero en el menor tiempo posible. No comiences nada antes de desearlo realmente" y el tercero: "Cuando recibas alguna instrucción simplemente responde "sí" y ponla en ejecución. Tienes que ser fiel como un perro de caza, inteligente como un zorro y valiente como un león".

UN STRIP - TEASE INTELECTUAL
Todos los días realizan marchas de cuarenta kilómetros en la zona del monte Fuji, participando de una especie de juego similar al de los niños que buscan un tesoro, pero en este caso la prueba busca desarrollar el instinto de conservación de los alumnos aunque llevan una moneda en el bolsillo por si acaso se pierden y tienen que pedir ayuda a la escuela. Cuando esto sucede nadie acude a su búsqueda y el joven tendrá que ingeniárselas como pueda. Aun sabiendo que no lo rescatarán, el más timido llamará, pero al segundo día de haberse extraviado.
El director de la escuela, Toshiro Motohasi, resume el propósito de este programa con una frase que también es un lema: "Todos queremos encontrar la fuerza interior que nos hace falta, que nos defienda de la agresividad que nos rodea".
Curiosamente, este método va a contrapelo del sistema educativo japonés. En las escuelas y universidades se enseña a los estudiantes para que se concentren, piensen para ellos mismos, no exterioricen sus sentimientos, se guarden sus penas y sus alegrias. En esta academia, desde el primer día se obliga a exteriorizar todo, a hablar, gritar, cantar, hacer todo cuanto sea posible para que los demás los oigan.
Por supuesto,han surgido críticas por los duros entrenamientos, por la verguenza que los alumnos deben pasar ante desconocidos, por esa especie de strip-tease intelectual y moral que deben realizar,pero él tiene una explicación: "Los que se quejan son los débiles, los fracasados, los que no quieren surgir, los que serán destrozados en la vida. Conocemos cada alumno y sus límites, no abusamos pero tampoco dejamos que hagan lo que quieran".
Un alumno con lágrimas visibles le comenta a los reporteros extranjeros: "De ahora en adelante seré otro, mi personalidad ha dado un vuelco, ya no me dejaré gritar más del jefe de personal".
En Estados Unidos existen métodos similares pero menos rigidos y basados en terapias de grupo, que buscan liberar las frustraciones de los ejecutivos. Pero el salvajismo de los japoneses, aceptado gustosamente por estos ejecutivos, no se parece a mas nada en el mundo. Son samurais y en lugar de espadas, tienen bolígrafos.

EL CAMPEON DE LA SONY
Es el japonés más conocido. Se llama Akio Morita pero le dicen Mister Sony porque es el responsable del auge de una empresa que comenzó cuarenta años atrás con veinte empleados. A los 66 años no asiste a la academia Motohashi pero con sus métodos de organización y ejecución ha sido tomado como ejemplo para los ejecutivos de todo el mundo. Madruga todos los días, aun los fines de semana, se dirige a todas partes en su helicóptero, que él mismo maneja mientras escucha uno de los numerosos inventos que lo han hecho famoso: el walkman. No cree en la fama pero sí en el papel que la marca Sony representa en el mundo, el papel de la calidad. Tiene un lema: "No importa que exista ya un producto, hay que seguir trabajándolo, perfeccionándolo, a la gente hay que darle algo mejor y si lo sabe, entonces te lo comprará". Gracias a esa política inventiva, Mister Sony produjo el transistor, el trinitrón, el betamax y ese walkman que usan millones y millones de muchachos. Malicioso, tiene un enorme sentido del humor. Es desafiante y dentro de las instalaciones de la fábrica lleva el mismo uniforme de sus empleados. Las reuniones con diseñadores, creadores y ejecutivos de nuevos productos son ya legendarias porque Mister Sony excita a los suyos, los obliga a disentir de sus propias opiniones, los empuja y luego retoma todo lo positivo que resulte del diálogo. Si no lo contradicen, se aburre. Cuando no quiere llegar rápido, entonces se marcha en su limosina y como no ha tenido tiempo de mirar los programas de televisión, cuando se producen embotellamientos él y su chofer miran el betamax que hay en el vehículo. Loco por la música, cuando era niño desmontaba los relojes de cucú para descubrir el origen de los sonidos y entre sus mejores amigos se cuentan Von Karajan, Bernstein, Ozawa y Mehta. Fanático de la comida francesa, con el pretexto de los Olímpicos de Tokio en 1964 instaló una sucursal de Maxim's en la torre de Sony y así, cuando quiere, sólo tiene que pedir cualquier plato como si estuviera en París. Cuando lo acusan como a otros empresarios japoneses de estar invadiendo a Occidente, comenta: "Simplemente les damos lo que ellos necesitan y no producen". Esta industria comenzó con las grabadoras, inmensas, pesadas, luego siguió con el radio transistorizado que se convirtió después en el de bolsillo. Después el televisor portátil, el proceso trinitrón y en 1975, el betamax, "para liberar al telespectador de la tiranía del horario". Luego, el walkman y después la cámara sin película. Vive en una mansión de 24 habitaciones con su mujer y sus tres hijos... Es el primer samurai del Japón.
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