Domingo, 21 de septiembre de 2014

| 1991/08/12 00:00

Ojos eclipsados

En algunos círculos es prácticamente un pecado social no llevar anteojos. De ser un estigma pasaron a convertirse en símbolo de status.

Ojos eclipsados

LAS AS GAFAS YA NO SON EL SELLO DE LOS CORTOS DE VISTA SINO el símbolo de los visionarios. Esta armazón en la mitad del rostro que alguna vez identificó a los desvalidos miopes, hoy es un accesorio indispensable. Entre los jóvenes es parte integral del atuendo casual, en los adultos es signo de intelectualidad y glamour. Al parecer, aquello de que todo depende del cristal conque se mire se ha invertido. Los cristales también influyen en la percepción que el mundo tiene de quien las usa. En algunos personajes internacionales como Madonna y Elton John o criollos como Camilo Pombo y Jaime Garzón, los anteojos oscuros han pasado a ser parte de la personalidad. Lo cierto es que con eclipse o sin él, hoy el mundo hay que mirarlo desde la perspectiva de unos lentes ahumados.
Los diseñadores los ven como un accesorio clave en los 90 y ninguno se ha sustraído a la tendencia de sacar su propio modelo. Las monturas de marca han convertido las frías estanterías de las ópticas en verdaderas boutiques donde se venden diseños exclusivos. Sorprende ver todo lo que puede crearse alrededor de dos vidrios. Los estilos abarcan desde verdaderas esculturas faciales de tendencia posmodernista hasta exóticos ejemplares inspirados en los años 20, pasando por el modelo John Lennon o los espejuelos de Lucille Ball. Como siempre en la moda, hay para todos los gustos y presupuestos. Al lado de los tradicionales marcos metálicos o de carey, preferido por los ejecutivos, ha surgido una cosecha de materiales de la era espacial que van desde el popular plástico hasta el precioso titanio, pasando por el liviano carbono o incluso verdaderas piezas de joyería en jade. Los hay discretos o extravagantes, con iridiscentes espejos, lentes polarizados o como filtros de soldadura No. 14. Y como ninguno de los artificios de la moda es tan personal ni tan notorio, hoy cada quien escoge el suyo cuidadosamente. Los sociólogos los ven como el símbolo del nuevo individualismo. Resulta curioso que una década después del auge de las cirugías correctivas, en la cual la mayoría de los miopes mandaron sus incómodas monturas al cuarto de San Alejo en su afán de lucir como el resto de los mortales, la moda las haya rescatado para convertirlos en símbolo de status. De hecho, al decir de los dependientes de las ópticas, solamente el 60 por ciento de las ventas son de lentes prescritos. El resto son comprados por quienes disfrutan de una visión 2020, simplemente para obtener un nuevo look.
Pero la vanidad no es el único factor en el auge de las gafas. También hay conveniencia. En un mundo donde prima el confor, los lentes de contacto -que no resisten los resecos ambientes de oficina y sucumben ante el smog, la arena y el viento- han sido reemplazados por sofisticadas monturas. Y en una sociedad obsesionada por la salud, la sola mención de que un par de anteojos puede ofrecer protección contra los rayos ultravioleta, los convierten en indispensables. Acostumbrados a vender anteojos simplemente como aparato terapéutico, los fabricantes están descubriendo que, como accesorios de la frivolidad, representan más altos dividendos.-


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