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| 6/15/2003 12:00:00 AM

Paciente amigo

Una nueva fundación busca asesorar legalmente a las víctimas de equivocaciones de médicos y hospitales.

Hace tres años Javier Méndez, un abogado de la universidad de Los Andes y catedrático universitario, entró a la sala de cirugía para corregir un defecto en sus ojos. Sufría de keratocono, una enfermedad degenerativa de la córnea que implica una pérdida progresiva de la visión. Meses antes había estado en una consulta en la Clínica Barraquer, donde le diagnosticaron que lo mejor para su caso era un tratamiento quirúrgico que consiste en cortar un botón de córnea en el lugar de la anomalía y reemplazarlo con un injerto vivo, una operación ambulatoria cuyo factor de riesgo era prácticamente nulo. La cirugía costaba 20 millones de pesos y Méndez se inscribió en la lista de espera para recibir una córnea. Mientras esperaba un donante supo de un cirujano que se hacía cargo de todo por sólo siete millones. La cirugía se programó para ese viernes en la Unidad de Especialistas Oftalmológicos S.A. Después de varias horas de trabajo Méndez salió para su casa con la orden de volver al otro día para un chequeo. Ese día el médico le preguntó si le molestaba el rayo de luz que usaba para observar el progreso del ojo. Cuando le contestó que no lo veía el especialista se alarmó y ordenó hospitalizarlo. Era una infección aguda pero el médico le dijo que era manejable. Varios días después la ecografía mostraba que la infección había producido un desprendimiento de retina y por esto Méndez no veía. Ahí empezó su viacrucis hasta que un retinólogo le dijo la verdad: había perdido el ojo. "Ese día se me escurrieron las lágrimas pero seguí insistiendo". Después de la terrible noticia vinieron cinco cirugías para ver si la retina volvía a prender.

Luego de una de estas intervenciones tuvo que soportar una larga convalecencia y para matar el tiempo se dedicó a estudiar su caso. Entendió que la única forma de adquirir la infección era a través de una bacteria que podía venir del instrumental, del personal médico o estar en su propio cuerpo. Sin importar la procedencia ese tema es responsabilidad del médico. Además tuvo claro que desde un comienzo su ojo era un caso perdido pero el cirujano no se lo dijo con franqueza. Méndez decidió entablar una demanda civil por 1.100 millones de pesos, un cálculo que estableció al sumar el perjuicio físico y moral y el lucro cesante que generó la pérdida.

En el camino encontró muchas historias similares que se quedaban en simples comentarios de salón pues en Colombia no existe la cultura de la responsabilidad médica. Aunque muchos casos se revisan en el Tribunal de Etica Médica muy pocos llegan a los estrados judiciales. Con un grupo de abogados decidió organizar la Fundación Paciente Amigo que busca ofrecer asesoría jurídica y moral a quienes han vivido una experiencia similar a la suya. La diferencia con los casos que mira el tribunal es que la fundación sí buscaría una retribución patrimonial por el daño causado y, dependiendo del caso, una pena para el médico.

La idea, sin embargo, no es convertir al profesional en un enemigo sino recuperar el ejercicio médico y el compromiso que éste tiene con su paciente para que la profesión vuelva a gozar del respeto de todos. Tampoco el extremo es llegar a lo que se vive en Estados Unidos, donde el número de demandas obstaculiza el ejercicio médico. "La idea es ayudar a otros que han vivido lo mismo que yo y que no tienen ni el conocimiento ni los recursos para hacer valer sus derechos", dice. Aunque su caso no ha concluido, la creación de la fundación ha sido clave para elaborar el duelo porque ha significado construir algo positivo de una experiencia traumática. Si bien en un comienzo Paciente Amigo sólo podrá brindar la asesoría legal, la meta a largo plazo es trabajar en llave con las universidades para plantear reformas del pénsum que incluya cátedras de ética y fomentar discusiones en torno a la práctica médica.
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