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| 10/9/2000 12:00:00 AM

Pantalla caliente

El impacto de la violencia en televisión sobre los niños no depende tanto de la cantidad de sangre que ve n como de la armonía del hogar que los rodea.

Laura es una niña bogotana de 8 años que desde hace una semana tiene escondida a su muñeca Clarita. Pero Clarita no está precisamente tomando el té. La muñeca está amordazada y atada de pies y manos en algún rincón de la casa. Cuando su mamá le preguntó por qué lo había hecho Laura respondió, con la dulzura que irradia su corta edad, que se trataba de un secuestro. Y que si ellos, sus padres, la querían ver libre de nuevo debían pagar un rescate.

Laura no es la única niña colombiana alterada por los acontecimientos violentos que ocurren a diario en el territorio nacional. Desde que Nicolás, de 7 años, escuchó en un noticiero sobre el aumento de robos en apartamentos vive intranquilo en su propia casa. No se va a la cama antes de cerciorarse de que las puertas y ventanas estén cerradas con seguro. Un temor similar es el que agobia a Jaime Andrés, de 10 años, quien casi todas las noches tiene pesadillas con una silueta fantasmagórica que él cree lo va a raptar y alejar de su familia.

Estos tres casos son una muestra fehaciente de cómo la violencia que se vive en Colombia ha comenzado a afectar a la población infantil, que conoce lo que ocurre a través de la televisión. Y no debe haber padre o madre de familia en Colombia que, al ver la descarga de violencia de los noticieros, no se sienta incómodo con sus hijos y sepa cómo comportarse con ellos. Sortear la escena no es fácil, sobre todo cuando casi todos los titulares siembran el terror y las imágenes destilan sangre. El impulso paternal es casi siempre el mismo: unos los mandan a hacer las tareas, otros cambian intempestivamente de canal y muchos simplemente los sacan del cuarto sin mayor explicación.

Son reacciones naturales que se alimentan de una pregunta que se hace todo colombiano que viva en el país y tenga un hijo pequeño: ¿Qué tanta influencia tiene la violencia en televisión sobre los hijos en un país tan violento como Colombia?



Sangre virtual

Este medio de comunicación ha sido el blanco preferido de las críticas por sus efectos nocivos en los niños. Sobre todo cuando se sabe que los pequeños pasan cientos de horas frente a la pantalla, incluso antes de aprender a leer y escribir. Es lo que los expertos llaman la “televisión nodriza”: un aparato que se convierte en la escuela virtual del menor y en la ventana de acceso al asombroso mundo de los adultos. Basta con mirar el estudio ‘Los niños como audiencia’, realizado en 1998, donde se revela que el 84 por ciento de los infantes dicen que la televisión es su fuente fundamental de información, seguida muy de lejos por sus padres (7,6 por ciento).

La pregunta que hay que hacerse es cuál es el contenido que el niño absorbe cuando está hipnotizado frente a la pantalla chica. Y la respuesta tiene un denominador común: la violencia. Por un lado, porque todo programa está sometido a la ecuación clásica (moral y comercial) del melodrama: a mayor sufrimiento mayores ansias de venganza. Y por el otro, porque en Colombia la violencia es un ingrato protagonista de la realidad que registran los medios a diario.

Un reciente estudio del Centro para los Medios y los Asuntos Públicos de Washington tabuló toda la violencia contenida durante las 18 horas de programación de un martes cualquiera, y encontró que se mostraban 100 actos de violencia por hora para un total de 2.000 hechos violentos. Gran parte de esa violencia fue presentada sin ningún contexto ni sentido ético. Por otro lado, en Estados Unidos la Asociación Norteamericana de Sicología halló que a la edad de 12 años un niño ha sido testigo de más de 8.000 asesinatos y 10.000 actos de violencia en televisión.

Y esa es, grosso modo, la misma programación que consumen los niños colombianos, con el agravante de que éstos tienen que presenciar la dosis de muerte y sadismo que cubren los medios de este país.

Así lo comprueba una encuesta realizada por Napoleón Franco en 1996. El 65 por ciento de los colombianitos respondieron que ven noticieros y cuando se les preguntó si sabían sobre hechos ocurridos en Colombia hablaron de secuestro, violencia y masacres. El 84 por ciento de ellos se enteraron de estos hechos a través de la televisión.

Por eso hace mucho tiempo niños como Laura, Nicolás y Jaime Andrés dejaron de asustarse con los colmillos sangrientos de Drácula, los fantasmas y las brujas de los programas de ficción. La difícil situación de orden público ha hecho que la discusión sobre los efectos de la televisión sea mucho más severa que en otros países porque la influencia de la violencia real es palpable y afecta más a los niños que la violencia de la pantalla. De ese modo, personajes como Rodríguez Gacha o el ‘Mono Jojoy’ se convierten para los niños en temidas figuras míticas sólo equiparables a un antiSupermán. Por eso es muy común que algunos infantes colombianos ya no jueguen a los indios y vaqueros sino a la guerrilla y los paramilitares.



Tres teorías

Frente al debate de la televisión la actitud de la sociedad colombiana ha seguido el síndrome del avestruz, en el cual se prefiere esconder la cabeza y no se da cuenta de que sus hijos ingresan cada vez más rápido al universo adulto a través de la pantalla chica. Lo anterior quedó demostrado en Colombia con el estudio que realizó la Universidad del Valle y el Proyecto de comunicación para la infancia sobre recepción de medios. En el estudio se descubrió que los niños colombianos ven a través de la televisión todo lo que los padres les han tratado de ocultar por años: el conflicto armado, el narcotráfico, la corrupción, los roles familiares y el sexo.

Esto no quiere decir que los niños vean noticieros porque les guste. Simplemente les toca. Como el televisor es el epicentro de reunión de la familia, en la mayoría de los casos la única opción que tiene el niño de compartir un rato con sus padres es durante la hora del noticiero o la telenovela, así estos espacios hayan sido pensados para adultos y sus contenidos escapen a la comprensión del menor. “Es aterrador el efecto negativo de noticieros descontextualizados”, dice Patricia Castaño, productora y experta en televisión pública.

Hasta ahora los científicos sociales no se han puesto de acuerdo sobre el grado de influencia de la violencia, en el televidente y especialmente sobre la franja infantil. Desde la aparición de la televisión masiva en los años 50 las conclusiones sobre su impacto real han estado divididas. Por un lado se encuentran los académicos, que sostienen que la exposición a programas violentos influye en el comportamiento agresivo de los niños. Es una corriente que ha tomado mucha fuerza en Estados Unidos en los últimos años a raíz del incremento de los homicidios en los colegios. Esta tesis quedó reforzada con la reciente conclusión de una investigación que estudió la matanza de 13 alumnos en un colegio de Denver a manos de sus compañeros de clase. El informe corrobora que la violencia en televisión se ha convertido en un grotesco espectáculo comercial para cautivar a los jóvenes con consecuencias siniestras: efecto imitación, pedagogía criminal y confusión de valores que estimulan la agresividad de la audiencia.

La segunda teoría plantea que no hay influencia directa, sino que la televisión refuerza los valores preexistentes en el televidente. Y la tercera corriente plantea la tesis de la insensibilización. Es decir, que la permanente exposición a programas violentos puede producir una insensibilización frente a esa realidad. En ese caso los televidentes bajarían la guardia de sus principios éticos frente a la muerte y el sufrimiento y podrían aceptar tácitamente comportamientos violentos.

Por lo pronto, la sociedad colombiana no se puede dar el lujo de esperar a que los científicos sociales se pongan de acuerdo sobre el verdadero impacto de la televisión sobre los niños y debe crear las condiciones que permitan que esta franja de la sociedad no sea expuesta a programas violentos.



El escudo del hogar

Desafortunadamente los padres casi nunca les explican a sus hijos el contexto en el que ocurren los hechos violentos y, a menos que el niño haga una pregunta indiscreta, los adultos se hacen los de la vista gorda y dejan al pequeño a merced de las cruentas imágenes. Y casi más importante que el mensaje que sale de la pantalla es el entorno del hogar que lo recibe. Sería tan ingenuo como simplista satanizar el papel de la televisión y culparla por todos los males que aquejan a los adolescentes de hoy. Los perversos coletazos de la violencia televisiva son proporcionales a la vulnerabilidad de las familias televidentes. No es lo mismo ver las hazañas dantescas del ’Mono Jojoy’ que vía microondas penetran un hogar cuyos padres tienen buena comunicación con sus hijos que cuando entran a un hogar fragmentado o marcado por la violencia intrafamiliar. “Cuando los niños tienen un hogar armonioso y los padres les brindan afecto y son deseados no les preocupa tanto la violencia que ven”, dice Clara Gómez de Melo, sicoanalista de niños. Por eso, si en Estados Unidos están preocupados por los publicitados casos de jóvenes que masacran a sus compañeros en la cafetería los colombianos deberían estar más que preocupados por el progresivo desmembramiento del tejido social que ha producido la violencia.

“Más que los niños se estén volviendo agresivos por la televisión, lo que hay es ansiedad y la sensación de desprotección. Se está creando un clima de angustia que va creciendo y en el que los niños salen inseguros y temerosos. Eso que los sicólogos llaman la desesperanza aprendida, y la situación del país es propicia para eso”, dice Germán Rey, defensor del lector de El Tiempo.

Los adultos ignoran que sus comentarios hacen mella en el inconsciente de los niños, quienes, a partir de las creencias de sus padres, van creando sus propias interpretaciones del conflicto. Estas pueden variar dependiendo el estrato socioeconómico y la región en la que se vive. Mientras un niño de clase alta de Bogotá asegura que la única solución para acabar con los problemas es irse del país, la experiencia de un niño de clase baja de la capital es que nadie defiende a los pobres y que cada uno debe procurar defenderse como pueda. Según Patricia Castaño, un enlatado de ‘Rambo’ provoca efectos muy diferentes en niños de Suecia y el noreste antioqueño. “Para los suecos de pronto es una catarsis de su violencia innata. Para el niño del nororiente antioqueño es su propia realidad. La televisión reafirma y legitima la violencia que padece en su casa (si hay maltrato familiar) o la violencia que lo rodea (guerrilla, militares, paras)”.

Pero si por el hogar llueve en la escuela no escampa. Así lo afirma Daniel Guillermo Valencia, coordinador del proyecto ‘Uso de la televisión en el aula‘ de la Universidad Externado de Colombia y el Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (Idep), quien asegura que la realidad del país no pasa por los colegios. Los maestros no consideran que los asuntos de política, economía y farándula puedan ser explotados desde el punto de vista pedagógico, lo que dificulta que el niño pueda hacer preguntas sobre su entorno.

Si a la edad de 8 años este es el tipo de actitudes que adoptan los niños, los investigadores se preguntan qué clase de ciudadanos son los que se están formando en medio de la ansiedad y la intolerancia.

Estos interrogantes han despertado el interés por estudiar a fondo esta problemática, teniendo en cuenta que la televisión es el símbolo de la sociedad moderna y no va a desaparecer.



A imagen y semejanza

Hay quienes, en lugar de enfrascarse en la discusión sobre si la televisión es buena o no, han decidido aprovechar sus elementos positivos. Esta nueva visión ha permitido ver la pantalla chica ya no como un territorio maniqueísta sino como un espacio donde se conjugan muchos matices, algunos de los cuales —para sorpresa de muchos— se han convertido en herramienta de ayuda en el aprendizaje de los niños y en la construcción de una sociedad mejor.

Prueba de ello es el caso de Suráfrica, que vivió décadas de violencia y odios raciales (ver recuadro). La legislación decreta que la televisión “debe reflejar la identidad y diversidad” del país y tiene, entre varios otros propósitos, contribuir a la democracia, al desarrollo de la sociedad, a la igualdad de géneros, a la construcción de la nación, a proveer educación y fortalecimiento de las fibras espirituales y morales, a asegurar la pluralidad de las noticias, puntos de vista e información.

Los expertos consideran que una política clara en materia de televisión, no vista como un negocio de particulares sino como un servicio de interés público, puede cambiar, como en Suráfrica, el destino de una nación. Y el primer paso en este sentido es empezar por proteger los horarios infantiles. No por la vía de la regulación o la censura, sino por la de la autorregulación y la presión de la comunidad sobre los medios de comunicación. Como lo anota Patricia Castaño: “La televisión, por esa capacidad de impacto y su cubrimiento, es el único medio común a todos que orienta, forma y crea identidad. La televisión es la que dice en qué país vivimos, a cuál sociedad pertenecemos”.



Televisión y violencia
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