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| 8/9/1982 12:00:00 AM

¿PERSONA, ANIMAL O COSA?

A pesar de que ha logrado grandes avances, ¿es todavía la mujer colombiana un ciudadano de segunda?

Una buena noticia para las mujeres: parece que sí tienen alma. Al menos así dictaminaron papas y arzobispos tras agotadoras deliberaciones, alla por 1545. Eso, que hoy parece chiste, les significó el permiso para pasar de ser animales o cosas, categoría en la que debían estar encajonadas, a compartir la jeraquía de "seres humanos"
Sin embargo, todavía hoy, 4 siglos más tarde, las mujeres no las tienen todas consigo. Ya nadie se atreve, al menos en público, a equiparar una mujer con un gato o con un florero, pero todavía son muchos --y muchas-- los que opinan que la inferioridad de la mujer es biológica y congénita, que le viene en los genes. Que el "sexo débil" lo es por naturaleza, y no por una larga historia o marginamiento y destierro en el último rincón.
El bolero, ese fiel espejo de la realidad, pinta de cuerpo entero la imagen ideal un tanto pobre que se tiene de la mujer:
Una mujer debe ser
soñadora, coqueta y ardiente,
debe darse al amor con frenético ardor
para ser una mujer...
Porque una mujer que no sabe querer
es cual flor que no esparce su aroma,
es cual leño que no sabe arder...
A pesar de que se han logrado grandes avances, en las leyes, en el trabajo, en lo sexual, y en prácticamente todos las instancias de la vida cotidiana, la mujer sigue apareciendo como un ser inferior, un ciudadano de segunda categoría. Si en un paradigma de democracia como es Suiza, no se les permitió votar hasta 1971, se comprende que en latitudes más tropicales, como la nuestra, el trato común a la mujer incluya palizas y violaciones.
¿Qué hace esta segunda mitad de la humanidad, que se sacó la peor parte en el reparto?
La directora de un tradicional colegio bogotano educa a sus discípulas en la filosofía del "ala de pollo": "Acostúmbrense a sufrir, mis hijas. La pechuga del pollo es para el esposo, que es el que tiene que estar fuerte para trabajar porque trae el pan a la casa.
Los perniles son para los niños. que están creciendo, y a ustedes siempre les va a tocar sacrificarse con el ala" Muchas mujeres se limitan a comer ala y a lamentarse en silencio en su cocina.
Pero a un número creciente la cocina le ha quedado estrecha, y ha salido a trabajar, a garantizarse su propia subsistencia, a educarse, a organizarse en sindicatos, en partidos o en grupos feministas, para poder pelear por su parte de pechuga.
El apabullante "trabajo invisible
--¿Su mujer trabaja?
--No.
--¿Qué hace tu mamá?
--Nada.
Y mientras tanto la esposa y madre aludida friega el piso, hace el arroz, lava la ropa, cambia al bebé, espera en la cola del Cocinol, hace mercado, y si vive en el campo, además ordeña la vaca, cuida la huerta, les echa maíz a las gallinas... Pero su trabajo no es reconocido por nadie ni es remunerado; en síntesis no es trabajo, o es "trabajo invisible". Cada mujer en su casa, todas haciendo lo mismo pero por separado: el oficio que les asigna la sociedad es el más solitario, el más rutinario. Ha sido milenariamente asumido que "nació para ser madre", que su única función es la de la procreación y sus derivados, como criar los hijos y servir al marido "con respeto y obediencia", tal como hasta hace poco ordenaba la fórmula matrimonial.
Al hombre ni se le ocurre participar en el trabajo doméstico, seguramente convencido de aquello de que "los hombres en la cocina huelen a caca de gallina". Se cuentan con los dedos de la mano los que opinan que el cuidado de casa y niños les atañe tanto como a su mujer. Y ellas les fomentan esta actitud, cuando al educar a sus hijos varones se niegan a ponerlos a barrer por miedo a que se "vuelvan afeminados".
La esclavitud de la mujer a la plancha y a los pañales puede solucionarse en la medida en que el Estado socialice el trabajo doméstico, mediante guarderías infantiles que ayuden con el cuidado de los chiquitos; establezca comedores y lavaderos comunitarios; suministre masivamente, y a precios populares, electro domésticos, que tecnifiquen, en parte, el artesanal ajetreo del hogar.
La vida y situación de las mujeres empezó a cambiar en el mundo cuando, a partir del "boom" económico de la postguerra, estas empezaron a capacitarse y a trabajar. Avances científicos les permitieron controlar su función reproductiva, y así pudieron irrumpir como una nueva fuerza en el mercado de trabajo y convertirse en seres activos en la vida productiva. Esto les dio a muchas mujeres independencia económica frente al hombre, y junto con ello, un poco más de control sobre su propio destino.
No todo, sin embargo, es lecho de rosas para la mujer que trabaja. El trabajo doméstico, por ejemplo, sigue acaparando la mitad de su tiempo, de manera que a un horario de trabajo igual al del hombre, en la mayoría de los casos la mujer debe añadir otra similar en extensión, que le dedica a casa y familia, y así termina trabajando 20 horas ininterrumpidasr que se han dado en llamar la "doble jornada de trabajo".
Los empleos a los cuales tiene acceso tampoco son cualificados. Generalmente desempeña los que son considerados acordes con su supuesta "naturaleza femenina": servicio doméstico (que en Colombia absorbe casi el 40% de las mujeres que trabajan), enfermería, secretariado, enseñanza de niños, comercios pequeños, industrias caseras.
Las mujeres son las últimas en conseguir empleo, y las primeras en perderlo. Aunque en ciertos campos las prefieren porque pueden pagarles menos, muchas empresas las eluden por los gastos que les ocasiona la maternidad. De un total de 516.674 trabajadores de la industria manufacturera, sólo 153.380 son mujeres.
Dice Nohra Rey de Marulanda, economista que desde el CEDE se dedica a estudiar los problemas del trabajo femenino: "Los hombres generalmente desempeñan trabajos marginales cuando son adolescentes, o viejos, pero las mujeres lo hacen toda la vida. También en los salarios se hace patente la discriminación: las trabajadoras (de la industria) están en escalas más bajas de remuneración que lo que ocurre con los hombres en esos sectores" Informa, además, Nohra Rey que los cargos de jerarquía son terreno prácticamente vedado a las mujeres: "Vanagloriarnos de que tenemos una ministro de trabajo mujer es un sofisma de distracción. Eso no es lo representativo". Lo es, en cambio, el dato de que de 25.715 directivos y técnicos de la industria manufacturera, sólo 2.911 son mujeres.
Tener derecho a controlar el propio cuerpo: suena a verdad de Perogrullo, y, sin embargo, para las mujeres es un propósito por conquistar. Hay leyes y disposiciones sociales que obligan a la mujer a comportarse de determinada manera frente a sus propios procesos biológicos, y que muchas veces se contraponen a su necesidades y a su voluntad. Controlar su propio cuerpo significa, entre otras cosas, poder decidir si se tienen hijos --y en qué número-- o si no se tienen. Para esto se requiere acceso voluntario, no coercitivo, a los métodos de control natal, y amplia educación sobre cómo utilizarlos. En Colombia se ha logrado un avance excepcionalmente grande en este sentido, al reducir la tasa de natalidad del 3.4% en 1962 al 1.8% en 1981
El aborto --que responde a la decisión de no tener el hijo aunque ya se haya iniciado el embarazo-- es asunto non-grato en Colombia.
Consuelo Cárdenas de Santamaría decano de la facultad de psicología de la Universidad de los Andes, ocupada en estudiar la sexualidad de la mujer afirma que "durante los últimos 25 años se ha dado una liberalizacion gradual de las leyes de aborto en todo el mundo: actualmente, el 60% de la población mundial vive en países donde el aborto es legal si se practica durante el primer trimestre de embarazo... Sólo el 8% de la población mundial vive en países donde el aborto es ilegal y está prohibido sin excepción alguna" Entre ese 8% nos encontramos los colombianos, compartiendo el lugar con los de Bangladesh, los de Jordania, los belgas y algunos más. Los hechos, sinembargo, contradicen las leyes. En Colombia se registran 100.000 casos anuales de mujeres que tras hacerse un aborto voluntario acuden a los hospitales, y no se conoce la cifra seguramente mayor de los que son practicados por parteras y centros clandestinos especializados en ello y que nunca recurren a los hospitales. Se conoce, sí, el dato de que las pésimas condiciones físicas y psicológicas en que se practican esos abortos ocasionan la muerte de 1.500 mujeres cada año.
Tradicionalmente, las normas sobre comportamiento sexual habían considerado el placer como patrimonio exclusivo del hombre. En la casa, en el colegio y en la Iglesia siempre le han enseñado a la mujer que la sexualidad sólo tiene justificación en la reproducción, y que el goce no era asunto de su incumbencia.

Y a partir de ahí, se tejen mitos y mentiras alrededor del sexo. Es fácil imaginar el enredo mental que debe habérsele formado a la muchachita --caso verídico-- que tras recibir una clase de educación sexual en el colegio, le pregunta a su madre: "¿Papá y tú hacen eso?": y que recibe por respuesta un ruborizado "¡No, mijita, cómo se te ocurre!".
Pero es evidente que en las ciudades todo esto empieza a ser un problema de madres y abuelas. Corresponde a la nueva generación de mujeres colombianas un cambio de 180 grados en los hábitos tradicionales. Es ella la que ha dinamitado los prejuicios sexuales. Al asumir en este campo las libertades y exigencias en otro tiempo reservadas al hombre, la institución matrimonial concebida a la manera tradicional, con mayores prerrogativas para el varón, que para la mujer, ha mostrado grandes fisuras. Grosso modo, la explicación del número creciente de separaciones de parejas relativamente jóvenes, reside en el hecho de que la mujer ha cambiado, pero no el hombre, o al menos no en el mismo grado.
Naturalmente que el panorama no es aún color de rosa. Mientras se produce un ajuste en los comportamientos de los dos sexos y se establece en la práctica una igualdad en el plano jurídico y económico, la mujer colombiana debe pagar todavía un precio muy alto por su independencia. Sin una debida calificación de su trabajo profesional, debe asumir responsabilidades financieras a veces por encima de sus posibilidades. Su libertad sexual, cuando es asumida, cae bajo el peso de los enjuiciamientos tradicionales que tienden a culpabilizarla.
Formas de violencia y elementos de inseguridad hacen de ella, en el panorama de nuestras ciudades, elementos vulnerables. Todos estos factores sumados, configuran una presión psicológica a la que le cuesta sobreponerse.
¿El feminismo para qué?
En Colombia nunca ha habido un movimiento feminista de envergadura; inclusive es baja la participación de las mujeres en los sindicatos, y no hay, salvo grupos muy pequeños, organizaciones independientes de mujeres.
Como excepciones aisladas se están desarrollando algunas experiencias interesantes en centros femeninos de capacitación y asesoría médica, jurídica y laboral, como La Casa de la Mujer y el Centro para la Mujer Violada.
En general, la situación es más bien de descreimiento frente al feminismo, que es visto con desconfianza, y muchos se preguntan si existen verdaderamente motivos para que las mujeres se sientan discriminadas por su sexo.
Digamos que lo que sí se da es un "feminismo de hecho", comprobable en el índice cada vez mayor de mujeres que estudian, que trabajan, que han ganado algún nivel de independencia, y que empiezan a compartir la idea de que, si en el siglo XVI se les permitió tener alma, hoy, en las vecindades del siglo XXI, es hora de conquistar unos cuantos ítems un poco más tangibles.
Nuestros machos
¿Como roconocerlos?
Aquí se dan algunas pistas
--Le pregunta todas las mañanas a la mujer, dónde están sus medias, pero jamás han tenido idea de dónde pueden estar las de ella.
--Opinan que la liberación femenina es sinónimo de libertinaje, desamor por los hijos y rebeldía contra el sostén.
--Dan serenatas, mandan flores y besan la mano, pero creen que no viene mal un par de sopapos, de vez en cuando, para que la mujer no se insubordine.
--Se enteran del sexo de sus hijos bebés, por referencia, porque jamás les han cambiado un pañal.
--Cuentan anécdotos fantásticas de sus donjuanadas, pero las calabazas recibidas, no figuran en su repertorio.
--Opinan que su mujer es divina, pero que es aburrido hablar con ella, porque de política, de fútbol y de finanzas "habla de memoria".
--Son capaces de bailar La Marsellesa, en calzoncillos, cuando se pasan de tragos en una fiesta, pero sacan inmediatamente a la mujer si se pone copetona.
--Se precian mucho de sus "atributos" y de la potencia de su desempeño en la cama pero jamás se enteran de si la mujer opina lo mismo.
--Les parece "chic" que la mujer trabaje, pero sólo de medio tiempo como hobby, y si no hay gallinazos en la oficina.*
Nuestra primera feminista
Años veinte en la provincia colombiana con mujeres haciendo encaje de bolillo tomando chocolate y colaciones, de misa al amanecer y rosario vespertino. Y en medio de ese escenario, una mujer participa en Tunja, en una manifestación disuelta por la policía y huye en un camión de transporte, escondida entre bultos de papa. El camión es retenido y los soldados buscan a la fugitiva, clavando las puntas de las bayonetas en los bultos, sin encontrarla.
Era María Cano, antioqueña, nacida en 1887, poetiza, periodista y agitadora social, conocida como "la flor del trabajo".
Hija de un maestro radical, perseguido por los gobiernos conservadores, María se educa leyendo a Víctor Hugo y a los románticos franceses, y le entra el furor del cambio social. Su primera participación en política consiste en tejer ropa para repartirla por los barrios populares, pero su empuje la lleva a intervenir en muchas de las huelgas que había en el país, y a fundar un partido, el Socialista Revolucionario. La sensación del momento, era ver pasar por los pueblos a esta mujer, flaca y chiquita, vapuleada por la Iglesia, que arengaba con brío en las plazas, con una oratoria extraordinaria.
María Cano, fue además poetiza, como tantas otras mujeres latinoamericanas de la época, y sus poemas, que van a ser publicados por la Universidad de Antioquia, reflejaban el mismo sentir de los "piecesitos de niño, azulados de frío, cómo os ven y no os cubren, ¡Dios mío!" de una contemporánea suya Gabriela Mistral. Amiga personal de Tomás Carrasquilla y de León de Greiff, participó en una revista literaria, Cirano.
Este torbellino de mujer llegó a ser tan querida en los sectores populares por su oposición a la injusticia social, y su papel de caudillo llegó a ser tan relievante, que Alfonso López Pumarejo, dijo sobre ella en una carta a un copartidario. "María Cano nos ha colocado a usted y a mí, como a otros liberales de Colombia (...), en una posición muy desairada. Confesémoslo, cándidamente. Nosotros los liberales, jamás nos habríamos atrevido a llevar al alma del pueblo la inconformidad con la miseria. Nos habríamos sentido, hasta cierto punto, culpables de la embrute cedora monotonía de su vivir aprisionado; y habríamos considerado contrario a los intereses de nuestra clase, enseñarles los caminos de la independencia económica, política y social. ¿Qué mucho, pues, que los conservadores y pseudoliberales le atribuyan a las doctrinas de Lenin y Trotsky, el fermento social contra el orden y los intereses creados por ellos para no reconocer que María Cano predica la rebeldla contra estos intereses creados y contra el orden en que descansan, desde la roca escarpada de la injusticia general a que se encuentran sometidas las masas populares?". Como mujer, María Cano, vela su destino ligado al de los cambios sociales que creía necesarios para el país: "Soy mujer, y en mi entraña tiembla el dolor, al pensar que pudiera concebir un hijo que sería esclavo".
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