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| 11/29/2017 7:28:00 AM

¿Cómo responder a las preguntas existenciales?

En momentos de fracaso, de confusión, de herirse a uno mismo o a otros es difícil saber qué hacer. Estas son algunas recomendaciones para tomar las mejores decisiones en estos instantes de la vida.

En el paso por la existencia personal nos puede llenar de terror transitar por el camino que nos lleva a la transformación. En los momentos de tropiezos, de equivocaciones en los que tomamos decisiones que después nos lastiman o lastiman a otros, quienes van más adelante en el camino, nos podrían ver como que no hemos podido con la vida y hasta podrían intentar mandarnos salvavidas, señales y enseñanzas de cómo actuar o cómo cambiar nuestras acciones y decisiones. Nuestros maestros, aquellos que nos muestran el camino, que nos señalan la ruta dejándonos ver cuál es la vía hacia la luz y cuál hacia la oscuridad, en ocasiones quisieran evitarnos el dolor y la caída; aquellos seres quizá que vemos como iluminados porque saben más, porque son más libres y aparentemente más felices, son quienes nos acompañan en ese periodo que comprende el tiempo en el que llegamos al mundo y partimos de él.

Somos arrojados al mundo, sin que nadie nos pregunte si es nuestra voluntad existir, sabiendo el principio filosófico que supone que existir es salir de nosotros mismos al encuentro de los demás; pocos se detienen a preguntarse cuál es la tarea espiritual a alcanzar y con qué herramientas cuenta para el camino. Empezamos a andar casi desnudos como vinimos al mundo desprovisto de equipaje, o de seguro de vida para protegernos en caso de accidente emocional; y así emprendemos la difícil tarea de existir.

Heredamos además como si fuera poco cadenas intergeneracionales de heridas, que debemos terminar de sanar, herencias genéticas, psicológicas y espirituales, sin tener la opción de elegirlas y ni siquiera la responsabilidad que supone cargar con las consecuencias de lo elegido por voluntad propia. Cada uno de nosotros debe aportar su cuota de trabajo espiritual para realizar la tarea que está llamado a cumplir en su paso por el mundo, es decir a responder a cada pregunta que le hace la vida y en este sentido dependiendo del punto del camino en donde nos encontremos, a veces somos maestros y a veces somos discípulos. ¿Cuál es entonces la definición de maestro? Maestro es aquel que tiene la sabiduría y la maestría para mostrar e iluminar el camino de otros, aquel que acompaña desde el amor, suspendiendo todo juicio de valor o toda crítica, esto porque él mismo ya ha recorrido el camino que su discípulo está recorriendo, ya paso por ahí antes, simplemente va más adelante en ese camino y ya lo conoce, no porque lo aprendió en libros, sino porque lo grabó en la memoria de su corazón por la propia experiencia profundamente vivida. Ellos guardan silencio, y si ven caer al discípulo, guardan distancia y desde allá le gritan ¡levántate! ¡Tú puedes! ¡Creo en ti! No se acercan al caído para levantarlo, ni curarlo o evitarle el dolor, solo acompaña, depositando en su acompañado una profunda fe de que el camino espiritual que está recorriendo, lo llevara a la meta, en donde los espera a ambos ese abrazo, donde lloraran juntos celebrando el triunfo de cada batalla y dignificando cada herida, honrando cada dolor.

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Somos todos maestros y discípulos, pensemos por un instante en cada momento existencial de nuestra vida, si somos padres o hijos, en cada área de nuestra vida social, desempeñamos alguno de los dos papeles, por eso nuestra postura en cualquiera de los dos roles es difícil pues a veces queremos salvar a quienes acompañamos en el camino y en ocasiones queremos ser salvados. Ojalá fuéramos pequeños dioses, como padres, jefes, terapeutas, coaches, médicos o maestros, en donde quiera que nos encontremos y pudiéramos tener el poder de evitar o quitar el sufrimiento, ojalá pudiéramos evitar que nuestros hijos y las personas que amamos o acompañamos desde nuestro lugar en el mundo, se estrellaran en los peligrosos accidentes que nos impone la vida, sería ideal poder quitar el dolor, prevenir la equivocación que trae dolor, advertir el camino correcto, pues conocemos el que lleva al abismo y ya caímos en él. Como acompañantes de otras vidas, las que se nos han entregado para acompañar y cuando seamos acompañados, será valioso apelar al respeto por el sagrado momento de transformación de cada ser, y cada uno debe vivir ese momento de quiebre y aniquilación, como el lugar potente donde se gesta la profunda y genuina transformación.

Todos tenemos anhelos profundos del alma, que son motores para vivir mejor la vida de manera más serena y feliz, ¡y es posible! Para llegar a este momento es necesario experimentar la vulnerabilidad del ser, abrazarla aun en los momentos de mayor fragilidad. La evolución espiritual y la madurez profunda del alma requieren de la habilidad de responderle a cada momento de la vida, y nos exige salir de la comodidad de reclamarle a la vida que nos responda. ¿Qué nos define entonces como los acompañantes o maestros que todos estamos llamados a ser?

Primero el hecho de haber sido pasados por el crisol en donde se nos haya puesto a fuego para probar nuestra pureza y maleabilidad espiritual, así evitaremos caer en la posición arrogante de señalarle al otro lo que necesita para crecer y transformarse, en lugar de respetar la propia consciencia del otro, la cual señala el momento perfecto de iluminación.

El despertar de la consciencia y el paso a la luz, no se gestan jamás en las zonas de confort, o en el juicio implacable del otro, ni de uno mismo, se teje día a día, en cadenas interminables de procesos, donde reconocemos cada momento de desequilibrio como el punto de partida hacia la iluminación y la transformación. Cuando tenemos rigidez de mente, el universo entra a romperla por donde más nos duele, en nuestros afectos más cercanos, y son esas rupturas profundas del alma, las que nos despiertan a golpes la conciencia.

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La tarea es ver a otros y vernos a nosotros mismos seamos discípulos o maestros, amorosamente imperfectos, sin importar en qué punto del camino nos encontremos, pues a la final del camino, nadie parte de este planeta con vida y todos llegaremos al mismo lugar.

Soltemos entonces el control de otros, confiemos en la intuición y el ritmo de cada alma para recorrer su itinerario espiritual de evolución, aun si lo vemos reventarse en mil pedazos contra el piso, cada quien tiene los recursos internos y el poder superior de Dios cerca, para restaurar su ser, lloremos lo que sea necesario y acompañemos a llorar, que cada lagrima que brota de la profundidad de nuestras entrañas adoloridas, tiene el ingrediente más poderoso que existe de trasformación. Respetemos entonces cada momento sagrado de transformación y seremos testigos de maravillosos milagros.

Mi píldora de ésta semana: Aquello que más pesa en su vida, es lo que necesitas para ejercitar el músculo de su alma.

* Logoterapeuta (pensamiento de Viktor Frankl) www.paulalopez.com Instagram @paulalopezes

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