Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2009/01/04 00:00

¡Que viva la música!

¿Que el sonido es sólo para entretener? Investigaciones muestran que puede tratar el déficit de atención, calmar el dolor e inducir estados de meditación y alta productividad.

¡Que viva la música!

La música es como Dios: está en todas partes. Basta con subirse al carro y automáticamente la mano se dirige al botón del radio. No hay telenovela, noticiero o comercial que no busque atrapar al televidente con un estribillo pegajoso. Cada celular busca diferenciarse de sus prójimos tocando la canción más original. Desde la invención del iPod, una de cada dos personas en la calle se comporta como un músico-dependiente crónico. Y cuando no se está escuchando música a través de algún aparato, el cerebro se las ingeniará para reproducir alguna melodía que pescó en la atmósfera sonora.

Y no es para menos. El ser humano hace música desde los albores de la cultura. Hace más de 35.000 años ya construía y tocaba flautas de hueso, instrumentos de percusión y utilizaba para tal fin mandíbulas de animales. A los recién nacidos los atraen los sonidos melodiosos y ellos rechazan aquellos disonantes. De hecho, el oído es el primer sentido que el feto desarrolla por completo: a las 16 semanas de gestación un ser humano escucha todos los sonidos internos del cuerpo de su madre y alcanza a captar muchos del exterior que se amplifican al estar en un medio acuático.

En la última década, la ciencia ha avanzado a pasos de gigante en la comprensión de cómo el cerebro procesa los estímulos sonoros. Estos nuevos descubrimientos están incentivando una infinidad de aplicaciones de la música en terapias físicas y mentales. Al mismo tiempo, están surgiendo interesantes experimentos en los que la música induce a la mente a entrar en estados de creatividad, rendimiento intelectual o meditación.

Las nuevas técnicas de escaneo cerebral han mostrado que cuando un individuo escucha música de su agrado, se activan las mismas áreas de placer del cerebro relacionadas con comer chocolate, tener relaciones sexuales o consumir ciertas drogas sicoactivas. En otras palabras, la música estimula directamente el sistema límbico, centro donde se procesan las emociones. Cuando un amante de Beethoven llega al éxtasis musical al escuchar La oda a la alegría, en realidad su cerebro esta segregando un coctel con grandes cantidades de serotonina y dopamina, la misma combinación química del enamoramiento.

Este sistema de autorrecompensa ha hecho pensar a los científicos que la música cumple un importante papel en la evolución. No en vano es un aspecto tan universal como el lenguaje, pues los centros cerebrales que controlan ambas funciones son vecinos íntimos. Aunque algunos investigadores sostienen que la música no es más que un feliz accidente de la evolución, otros proponen que pudo ser útil para la supervivencia como un medio de cortejo, tal como en los pájaros. Otros más plantean que la música promovió el orden social cuando los grupos humanos se tornaron demasiado grandes. Piense en las fiestas de las cosechas, en las canciones de cuna, en las marchas de guerra o, más recientemente, en las tribus urbanas que usan la música para diferenciarse otros.

La sinfonía del cerebro
 
La pregunta es: ¿por qué la evolución dotó al ser humano con la sutil y hermosa habilidad de crear melodías? Los científicos no tienen aún la respuesta, pero sí algunos buenos indicios. Se sabe, por ejemplo, que el homo sapiens no es la única especie capaz de distinguir diferentes tipos de música. El pez carpa reconoce la diferencia entre la música barroca y el blues, y los gorriones de Java no sólo distinguen entre Bach y Schoenberg, sino que muestran una clara preferencia por las melodías más armoniosas del primero. Otras especies hacen gala de una gran creatividad. Las ballenas jorobadas combinan frases musicales de 15 segundos en canciones que pueden durar hasta 12 minutos. Los finales de sus frases muchas veces se corresponden entre sí, como rimas de poemas. También se sabe que los pájaros y las focas, a su manera, son grandes compositores que juegan con elementos como el ritmo, el tono y la estructura.

Sin embargo, no cabe duda de que la riqueza y la complejidad de la música humana supera por mucho a la animal. Esta habilidad no se limita a una sola región en el cerebro, sino que está diseminada en muchas áreas y conectada con múltiples funciones. El caso de Maurice Ravel habla por sí solo. En 1933 el compositor del famoso Bolero empezó a mostrar síntomas de una extraña condición: aunque aún podía escuchar y recordar sus composiciones y tocar escalas en el piano, ya no lograba escribir música. Este caso dio pie a la teoría de que el cerebro no tiene un centro específico para la música. Según Eckart Altenmüller, director del Instituto de Fisiología Musical y Medicina de las Artes en Hannover, Alemania, el hemisferio izquierdo procesa elementos básicos como los intervalos (los espacios entre los tonos) y el ritmo. El derecho reconoce aspectos más complejos, como la métrica (si se trata de un vals o de una marcha), la dinámica y la intensidad de la pieza.

Este mapa musical del cerebro varía según las experiencias y el entrenamiento previo. Christo Pantev, de la Universidad de Münster, en Alemania, encontró que cuando un músico escucha una pieza para piano, las regiones auditivas de su hemisferio izquierdo responden 25 por ciento más que las de un lego. Peter Schneider, de la Universidad de Heidelberg, también en Alemania, reportó en 2002 que el volumen de la corteza auditiva de los músicos es 130 por ciento más grande. Otros estudios han mostrado que el cuerpo calloso, la zona que interconecta los dos hemisferios cerebrales, es mayor en los músicos.

La buena noticia es que no existe tal cosa como el gen del talento musical. Daniel Levitin, autor del libro This is your brain in music, afirma que "no parece que Stevie Wonder posea un gen o un centro musical en el cerebro que nadie más tenga". Asegura que no hay evidencia de que los talentos musicales tengan una estructura particular en su cerebro "aunque sí sabemos que convertirse en experto -en jugar al ajedrez o como piloto de automóviles- cambia el cerebro y crea circuitos más eficientes para hacer mejor lo que uno hace". Lo que sí puede haber, según Levitin, es una predisposición genética hacia la paciencia o la buena coordinación ojo-mano. En otras palabras, el músico no nace, se hace.

También se ha puesto de manifiesto la dramática plasticidad del cerebro cuando se trata de música. Los científicos han descubierto en los últimos años que incluso un pequeño entrenamiento musical altera la estructura y la respuesta del cerebro, y que el aprendizaje continuado afina la mente de modo que se torna más especializada en apreciar la música. Un experimento realizado en los 90 por Norman Weinberger, sicólogo experimental y pionero en el estudio del sistema auditivo, reveló que aprender música modifica el cerebro de manera permanente.

Weinberger enseñó a un grupo de cerdos a responder a un determinado sonido mediante una ligera descarga eléctrica en sus pies. Midió su repuesta neuronal inmediatamente después del entrenamiento y varias veces durante los siguientes dos meses. Descubrió que el área auditiva del cerebro había cambiado y que el número de neuronas que respondían al estímulo era mayor después del aprendizaje. Este experimento se replicó de muchas maneras en humanos y los resultados fueron iguales. De hecho, estudios en músicos profesionales han confirmado dramáticamente la habilidad para reconfigurar el mapa cerebral a través del entrenamiento musical. "Así como el entrenamiento aumenta el número de células que responden a un sonido cuando este se vuelve importante, el aprendizaje prolongado produce respuestas más marcadas así como cambios físicos en el cerebro", argumenta en su artículo La música y el cerebro, publicado en la revista Scientific American.

Estados 'sonorizados' de conciencia

Basados en la profunda influencia de la música en el cerebro, muchos especialistas se han dedicado a explorar aplicaciones para generar cambios en el nivel fisiológico, diseñar terapias de salud mental y provocar estados profundos de atención y conciencia.

Desde hace varias décadas, en Norteamérica, Europa y Latinoamérica se desarrolla la musicoterapia como complemento a la sicoterapia convencional. "En algunos conflictos es más difícil verbalizar el malestar frente al otro que expresarlo a través de un símbolo como la música", dice María del Pilar Rodríguez, musicoterapeuta e investigadora de la Universidad Nacional. En una terapia Rodríguez les pidió a los miembros de una familia que se representaran a sí mismos y a los otros miembros como un instrumento musical. La madre se visualizó como una cajita china, pero se llevó una buena sorpresa cuando sus hijos coincidieron en verla como una ruidosa tambora.

Los investigadores de la Nacional aplican la musicoterapia en muchos frentes. Trabajan con mujeres en embarazo de alto riesgo en donde están presentes elementos sicológicos como el rechazo y la angustia. En las sesiones hacen uso del canto como medio para transformar las emociones negativas y establecer un lazo amoroso entre la madre y el bebé. Han trabajo también con niños de bajos recursos que presentan déficit de atención e hiperactividad. "Tocar y cantar implican un máximo de concentración, coordinación e interacción en un grupo y estimulan las redes neuronales. Estos avances se ven reflejados luego en el ambiente académico donde ellos pueden rendir mejor sin tanto conflicto", dice Miguel Ángel Suárez, médico y profesor de la maestría en musicoterapia de la universidad. Otros trabajos involucran niños con maltrato infantil y déficit cognitivo, pacientes siquiátricos e incluso policías de tránsito con altos niveles de estrés.

Y es que el solo contacto con cualquier tipo de música afecta aspectos fisiológicos del organismo como el ritmo cardíaco, la presión arterial y la tensión muscular. ¿Quién no ha experimentado la taquicardia que genera la música tecno o la calma que provoca oír una canción de cuna? Los musicoterapeutas han descubierto que la música que tiene más de 80 beats por minuto, es decir, cuyo ritmo va más rápido que el latido del corazón, acelera el pulso y genera estrés. Lo mismo sucede cuando se aumenta el volumen y la complejidad (ver recuadro). No es de extrañar que en la prisión de Guantánamo, los soldados estadounidenses utilicen música de Metallica, Britney Spears y hasta Plaza Sésamo a altísimos decibeles para torturar a sus prisioneros.

"A medida que el cerebro se compenetra con la música, la energía eléctrica que liberan las neuronas crea ciertas frecuencias de ondas cerebrales", dice Amrita Cottrell, fundadora de la Healing Music Organization. Gracias a los estudios sobre el sueño, la ciencia estableció que el cerebro emite ondas en distintas frecuencias, dependiendo de su actividad. Cuando está en altos niveles de focalización genera ondas Beta; cuando está en un estado de atención y receptividad, como en un agradable aula de clase o haciendo yoga, produce ondas Alfa. En los estados de somnolencia, característicos del despertar en la mañana o del soñar despierto, se generan ondas Theta; y Delta es la onda que se emite durante el momento más profundo y restaurador del sueño.

Muchos investigadores en los últimos años se han dedicado a inducir ciertos estados a través de un estímulo externo ligado al sonido o a la música. La terapia del neurofeedback busca que el individuo aprenda a generar una determinada onda asociándola a un sonido. "A medida que se aprende por repetición a generar dicha onda ayudado por el sonido, se condiciona al cerebro para que logre modular por sí mismo el estado deseado", dice Andrés Osuna, director científico de Recta Mente Neurofeedback.

Este entrenamiento cerebral también se puede lograr por la simple vía de escuchar música. Un nuevo producto que circula por Internet asegura que puede provocar un estado óptimo de rendimiento con solo escuchar una melodía alterada en un laboratorio. Se llama iMusic (www.getimusic.com) y ofrece un tipo de música para cada estado: creatividad, energía, sueño profundo, lectura rápida o alta concentración. Los científicos de su laboratorio procesan temas musicales conocidos, como obras de Bach o la banda sonora de la película Belleza americana, y les introducen un patrón o reverberación que el cerebro procesa inconscientemente. Así estimulan la emisión de una determinada frecuencia, como Alfa o Beta, según la necesidad.

Las investigaciones de Jeffrey Thompson, director del Center for Neuroacoustic Research en California, han revelado que la exposición a estas frecuencias genera lo que llama sincronicidad. Esto significa que la actividad eléctrica de los dos hemisferios se sintoniza. "Se sabe que esta sincronicidad no ocurre frecuentemente y cuando lo hace, es sólo por un instante. Sabemos que está asociada con el momento del 'ajá', cuando la respuesta a un problema salta a la mente, en tiempos de gran inspiración o en altos estados de meditación", dice Thompson, y añade que es posible introducir al cerebro en la sincronicidad por períodos prolongados. "Es como ir al gimnasio y trabajar el músculo del cerebro", explica.

Thompson también diseña música con 'sonidos primordiales', que son los patrones sonoros que el ser humano experimenta en el útero: el agua, el pulso de las arterias o voces lejanas. Según el experto, estos tienen el poder de despertar profundos niveles de reconocimiento subconsciente. Los inserta de modo que no los capte la mente consciente, sino la inconsciente. Así, evocan un estado físico y mental de relajación y protección similar al del feto en el vientre materno. Lo mismo hace con las olas del mar o el lenguaje de los delfines. Su trabajo es usado en muchas clínicas de Estados Unidos para tratar pacientes con traumas profundos y problemas siquiátricos.

Estos avances hacen pensar que la música no es una simple cuestión de gusto. A medida que progrese la investigación es de esperar que se abran nuevas posibilidades para tratar enfermedades neurodegenerativas como el alzheimer o el parkinson, así como para estimular al máximo el potencial de la mente. Si la música ayudó a la especie humana a evolucionar en el pasado, ¿no guardarán los sonidos, las armonías y los ritmos las claves para dar otro paso hacia el futuro?
 

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