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| 1/29/2011 12:00:00 AM

Quién lo creyera

La evidencia científica señala que, al contrario de lo que todos piensan, a partir de los 50 años comienza la etapa más feliz de la vida.

La mayoría cree que la vida es como una travesía de alta montaña. La gente llega a la cima a los 25 años, donde goza, por un tiempo, de sus mejores años. De ahí en adelante, alrededor de los 45, el recorrido es cuesta abajo, sin paradas, y en medio de los achaques físicos que empiezan a aparecer a lo largo del camino. Mientras más cerca de la tumba, se cree, los viejos viven más desdichados, añorando la juventud perdida. Con esta imagen del ciclo de la vida, no es raro que la mayoría le tenga pavor a envejecer. De hecho, un estudio realizado por Peter Ubel, médico experto en bienestar, de la Universidad de Duke, con 520 adultos entre 21 y 60 años, demostró que no solo los jóvenes creen que la gente es más amargada con los años, sino que los propios viejos perciben que eran más felices tiempo atrás.

Nuevos estudios, sin embargo, señalan que ambos grupos están equivocados. Luego de cumplir 50 años, hombres y mujeres empiezan a reportar mayores niveles de bienestar que cuando eran más jóvenes. La evidencia acumulada hasta hoy ha permitido ver que, en términos de felicidad, el ciclo de vida de las personas no es el de una montaña con un descenso en picada, sino más bien una U, en la que el mayor nivel de infelicidad se viviría a los 47 años, pero a partir de ahí, hay un drástico cambio de rumbo hacia arriba. Parece increíble, pero la gente es más feliz mientras más se acerca a la muerte.

Uno de los primeros en advertir esta situación fue Ubel, quien en 2006 realizó un estudio en el que encontró, para su sorpresa, que los más viejos reportaban niveles de satisfacción y bienestar mucho más altos que los jóvenes. Desde entonces se han hecho decenas de trabajos en los que se concluye lo mismo: a partir de los 50 años, la gente vive más contenta.

El último de ellos fue hecho por Arthur Stone, psicólogo de la Universidad de Stony Brook, en Nueva York, con una muestra de 340.000 personas. Stone encontró que a partir de los 55 años la gente está en general más contenta y vive con menos estrés y preocupaciones que cuando tenía 20. En este caso, el investigador controló variables como el estado civil, el desempleo y si tenían o no hijos viviendo en la casa, factores que podrían influir en la respuesta, pues se sabe que las personas casadas son más felices que los solteros, así como quienes tienen un ingreso mensual fijo y no están desempleados. Tampoco es un secreto que tener hijos en la casa es un factor que genera infelicidad. Aún controlando estas circunstancias, los más viejos resultaron estar más satisfechos con sus vidas.

Y no solo eso. Stone también encontró que el estrés va disminuyendo con los años y alcanza su nivel más bajo a los 85. La ansiedad se mantiene estable hasta los 50, cuando empieza a disminuir, y la rabia cae lentamente a partir de los 18 años. En cuanto a la tristeza, el pico más alto se registra a los 50 y luego se desploma en picada hasta los 85. En síntesis, sus datos concuerdan con la curva en U, según la cual todos están bien en el punto de partida, pero a partir de los 18 años la vida los bombardea con dificultades que los hacen sentir cada vez más mal hasta que tocan fondo antes de cumplir 50.

Las investigaciones han tratado de controlar otras variables como el efecto de la generación, ya que es posible que algunos individuos hayan nacido en peores momentos que otros, como sería el caso de los europeos que nacieron antes o después de la Segunda Guerra Mundial, lo cual podría tener impacto en los hallazgos. David Blanchflower, de la Universidad de Darmouth, en Inglaterra, realizó una investigación con individuos de Europa y de Estados Unidos que han nacido en escenarios diferentes y halló que la felicidad mínima a ambos lados del Atlántico ocurría a los 47 años en promedio, lo que confirma la teoría de la U. También analizó lo que pasaba en 72 países, incluidos algunos de Asia y Latinoamérica. Encontró de nuevo evidencia de la U en el ciclo de vida de los participantes y no vio que esta se afectara por el factor generacional. "La estructura convexa de la curva es similar en diferentes partes del mundo", dice Blanchflower en su estudio, aunque el punto más bajo varía de un país a otro. Por ejemplo, la mayor infelicidad en Latinoamérica se da entre los 50 y 53 y en Colombia, a los 49. "Pero en general, la satisfacción mínima con la vida aparece entre los 42 y 48 años", señala el experto. Si el efecto generacional fuera el causante de los resultados, la U no habría salido consistentemente en los datos de 40 años.

La pregunta que todos se hacen es por qué, si la vejez implica dolores, artritis, arrugas, pérdida de vitalidad y memoria, la gente se siente tan feliz con sesenta y más años encima. No existe una respuesta científica a este interrogante, pero Blanchflower aporta algunas teorías. Una es que los individuos con el tiempo aprenden a adaptarse a sus fortalezas y debilidades y desisten de perseguir sueños imposibles. Ya saben que no van a conseguir ser presidentes de la compañía y se conforman con su cargo de asistente. Con él coincide Carlos Cano, director del Instituto de Geriatría de la Fundación Santa Fe de Bogotá, quien afirma que "en la vejez no se tienen esas expectativas de cumplir metas y eso genera mucha tranquilidad, mientras que los jóvenes sí las tienen y por eso viven ansiosos".

Otra posibilidad es que la gente más feliz sea la que vive más, pues existe una relación entre este estado y la salud. Un estudio hecho por John Garry, de la Universidad de Queen, en el que se examinaban las actitudes de la gente joven frente a la vejez, mostró que estas influyen en el estilo de vida de las personas y quienes ven la tercera edad como algo abominable no sienten deseos de cuidarse para tener buena salud cuando entren los años. En todo caso, esto solo explicaría parte del problema.

La revista The Economist, que en diciembre hizo un artículo sobre el tema, señala que se ha descartado la posibilidad de que esa felicidad sea causada por la acumulación de dinero o por el hecho de haber cumplido con la educación de los hijos, por lo cual la razón para esta felicidad en el ocaso de la vida se debe encontrar más en el interior de las personas. "Debe haber factores internos, no tanto a nivel neuroquímico, aunque habría que investigarlo, sino cambios psicológicos acerca de cómo vemos el mundo", le dijo Stone al diario The New York Times.

Y uno de esos cambios psicológicos, señala Ubel, es el simple hecho de que la gente, después de los golpes de la vida, se vuelve más sabia y eso implica un mejor manejo de las emociones. "La respuesta corta es la sabiduría. La larga es que la gente se vuelve más experta en el manejo de las emociones negativas. Un insulto que los hubiera puesto tristes por tres días en su juventud les resbala a los 70", dijo el experto a SEMANA. Agregó que los viejos también son especialistas en evadir situaciones que les podrían provocar sentimientos dañinos y "saben escoger sus batallas". Así mismo, los adultos mayores no viven las emociones ni los sucesos negativos de manera tan intensa como los más jóvenes.

Una investigación hecha por Laura Carstensen, profesora de Psicología de Stanford University, prueba lo anterior. En un trabajo con personas entre 19 y 90 años, a cada participante se le pidió escuchar críticas de otros al tiempo que debían consignar en un diario sus emociones. Los viejos resultaron menos afectados y manejaron la situación con frases como "uno no es monedita de oro para gustarle a todo el mundo", mientras que los jóvenes tendieron más a hacer juicios y a enfurecerse.

Lo anterior lleva a pensar que los viejos tienen más claridad que los jóvenes del tiempo que les queda en la vida,"viven mejor el presente y se enfocan en cosas que importan ahora, como los sentimientos, y menos en metas a largo plazo", le dijo Carstensen a The Economist. Cuando los más jóvenes ven a los más viejos, dice Ubel, equivocadamente piensan que lo peor está por llegar, pero aquellos tienen una ventaja y es que ya aprendieron la lección acerca de qué es lo realmente importante.

Esta es una buena noticia para los viejos, pero sobre todo para los jóvenes, quienes podrían capitalizar en ello no solo adoptando un estilo de vida más saludable para poder gozar más los años dorados por venir, sino, como le dijo Ubel a esta revista, evitando menospreciar a los viejos y, "en lugar de tratarlos como decrépitos, observarlos para ver qué aprenden de ellos, especialmente en materia de felicidad".
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