Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1984/06/04 00:00

RACISMO HUMANO

En pleno siglo XX, subsisten en Borneo tribus cazadoras de cabezas.

RACISMO HUMANO

En Borneo, la mayor de las islas del archipiélago de Malasia, aún subsisten pueblos cuyo modo de vida y costumbres sorprenderían a cualquier fanático del llamado "mundo civilizado".
Mientras que en el vecino sultanato de Brunei el petróleo fluye y el lujo resplandece, las leyes de la selva imperan en el reino de los Punans y los Ibans, dos tribus con ancestros que se remontan a tiempos prehistóricos y cuya actividad primordial se centra en la caza. Pero no en la caza de cualquier animal, pues básicamente su especialidad es la cacería de cabezas humanas.
La descripción de estas tierras resulta tan sombría e inhóspita como las propias costumbres de sus aborígenes. Empezando por las culebras; como es el caso del bugara, un tipo de serpiente de piel oscura que está al acecho de posibles presas durante toda la noche, o la cobra real, que muchas veces alcanza más de 4 metros, o los pitones que cuelgan de los árboles como serpentinas interminables.
Pero la peor amenaza para el posible visitante es aquélla que está a ras del piso: las hordas de hormigas carnívoras y venenosas que cubren el suelo de la selva como un tapete negro. Y en los árboles, una inmensa variedad de aves y pájaros que con su plumaje colorido y ruido ensordecedor complementan el característico ambiente de la selva. Uno de ellos es el kalao que se alimenta con una fruta de cuyos residuos los Punans extraen el veneno para los dardos que después emplearán en la guerra y la caza.
El pico de esta ave también es muy apreciado pues tallado sirve como objeto decorativo, y molido se utiliza como afrodisíaco. El argus, ahora casi extinguido, es otra clase de pájaro cuyas plumas adornan los vestidos para las fiestas o celebraciones especiales de los Ibans.
Una vez que el viajero ha logrado sobrepasar todos los peligros de la selva y se aproxima a una aldea Punan, tendrá que conservar su prudencia y respetar las estrictas normas de hospitalidad de la tribu. Porque estos pequeños habitantes de la selva, que en muchos aspectos son como hombres de la edad de piedra, no gustan de las visitas sorpresa y es mejor anunciarse.
El ritual de acercamiento es muy preciso y siempre el mismo: ante todo hay que pedir permiso al jefe de la tribu, sólo que la respuesta no es inmediata. Como es necesario llevar unos regalos y colocarlos en un sitio específico, si éstos desaparecen súbitamente quiere decir que se es bienvenido. Pero si por el contrario los regalos permanecen en el mismo lugar, es aconsejable dar media vuelta, empezar a caminar muy rápido y olvidar cualquier intención de visitar tan exótica tribu.
Sin embargo, una vez que se es aceptado,los Punans suelen ser muy hospitalarios y sus demostraciones de amistad van desde las usuales presentaciones de los demás miembros de la jerarquía tribal hasta interminables apretones de manos o enérgicas palmadas en los muslos.

LA CEREMONIA DEL MATRIMONIO
Para los Punans la decisión de contraer matrimonio no es tan fácil como tener una novia y aceptar la responsabilidad de ser un buen marido y padre. Las obligaciones van aún más lejos: deberá ir en busca de una cabeza. Y de nada vale que sea la cabeza de un cadáver, tendrá que provenir de un cuerpo viviente. Puesto que para ellos la mujer carece de alma y la única forma de que la adquiera es a través del matrimonio. El procedimiento es sencillo aunque un poco demorado: en una ceremonia que puede durar varios días la cabeza de la víctima es presionada contra la de la novía de manera que el alma del primero pase a la feliz desposada.
De nuevo será el brujo quien determine cuándo ese traspaso se ha hecho efectivo, y después la cabeza "desalmada" es colocada en un recipiente con cenizas benditas que harán que el cráneo conserve su energía vital.
Los Ibans también son excelentes cazadores de cabezas aunque entre ellos las costumbres varían un poco y prefieren recolectar varias cabezas a la vez para hacer unos racimos que después colgarán en sus casas. En el matrimonio la cabeza también es importante pero sólo como un regalo para la familia de la novia. Por lo tanto no es imprescindible que la cabeza pertenezca a un ser viviente y bastará únicamente con que el novio efectúe una negociación con algún vecino para escoger alguna de las cabezas del racimo.
Si después de todo esto hay alguien que definitivamente se sienta atraído por conocer más de cerca a los Punans y los Ibans, contará al menos con estas informaciones que lo mantendrán al tanto de cualquier situación difícil y preparado para resolver cualquier problema insólito que se le pueda presentar.
Cada civilización tiene sus propias convenciones que indican al huésped qué tanto se le aprecia. Los Punans sueltan estruendosas carcajadas y se frotan sus muslos en señal de que están contentos con el visitante. Se fascinan con las cremalleras y los ganchos para la ropa, y una vez que lo inviten a pescar o cazar con ellos será una prueba definitiva para saber que ha sido aceptado. Pero tal vez el mayor privilegio para honrar a un huésped es una invitación a presenciar alguno de sus rituales de matrimonio o una de sus ceremonias mágicas.
El universo de los Punans es trágico. El descanso eterno para sus muertos supone grandes esfuerzos para los vivos. El muerto tendrá que ser guiado al más allá con un inmenso derroche de energía (por parte de sus familiares y amigos) que hará que su alma se eleve y ascienda hasta las montañas que rodean la aldea, y el único que sabrá si el alma encontró el descanso final será el brujo. Después de esto la familia podrá retornar a sus actividades cotidianas.
La creencia es que la cabeza es el lugar donde reposa toda la energía vital, y si se tiene una colgando en la casa, esa energía será transmitida a todos los miembros de la familia.
A pesar del aspecto "ilegal" de esta práctica o de las consecuencias de la enfermedad kuru, transmitida a través de la masa encefálica de las víctimas, aún no existen pruebas de que esta costumbre se haya extinguido. Para ellos todo parece reducirse al simple hecho de que sin muerte no hay vida.

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