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| 1/25/1993 12:00:00 AM

Rambos al volante

Un sicólogo y un sociólogo analizan por qué las personas se transforman en fieras cuando conducen un automóvil.

POCOS SE LIBRAN DE ESA METAMORfosis kafkiana. Cada mañana, al sentarse en el automóvil, apacibles empleados, sumisas amas de casa, conciliadores ejecutivos y bonachones abuelos sufren una diabólica transformación y se lanzan a las vías a librar una batalla anunciada. Como por arte de magia, toda la cordialidad que los caracteriza como peatones desaparece al subirse sobre cuatro ruedas. Es el síndrome del volante. Uno de los más comunes y menos estudiados males de la sociedad moderna.
El fenómeno ha empezado a preocupar a los especialistas en salud mental. "Hoy en día, la gente pasa muchas más horas al día con duciendo un automóvil, sin embargo, manejar ha dejado de ser una experiencia placentera. Los conductores cada vez más agresivos, las calles cada vez más congestionadas y los trayectos cada vez más largos han llevado a que se convierta en una fuente de frustraciones", dice el sicoterapista Todd Berger, autor del libro "Zen Driving", en el que plantea una terapia de relajamiento para automovilistas.
Pero los efectos de la agresividad al volante no solamente recaen en los transeuntes y conductores que se atraviesan en el camino. El impacto para la salud misma del conductor ha sido estudiado por el sociólogo Raymond Novaco, quien ha encontrado suficientes cambios físicos para considerar este tipo de estrés como de alto riesgo. Según el investigador, los conductores sufren más problemas de salud que los peatones. El rango de males va desde presión arterial alta hasta resfriados frecuentes. Pero la tensión de manejar puede también afectar a otras personas. Es lo que los investigadores llaman "transferencia del efecto de dominio". En otras palabras, si usted sufre un fuerte estrés mientras va o regresa de su trabajo en el automóvil, probablemente descargue el mal humor entre sus compañeros de oficina o en su familia cuando regrese a casa.
Según Novaco, el estrés del conductor es directamente proporcional al trayecto recorrido. Y muy pocas personas son inmunes a este contagio. Personas que no se consideran a sí mismas como asgresivas, que incluso como peatones son tildados de pacíficos y conciliadores, ante un volante se convierten en verdaderos energúmenos.
"Estos impulsos agresivos se presentan por igual en hombres y mujeres, en todos los grupos sociales y en gente de diferentes niveles de educación". Y la descarga de ira siempre es superior al hecho que la desencadenó: cinco segundos de tardanza en arrancar ante el cambio de semáforo pueden valerle al conductor de adelante un insulto sólo comparable con el de un árbitro que anula un gol definitivo. El cierre de un lunático en un cruce puede desencadenar un reto a duelo digno de las novelas de caballería.
Por fortuna, en la mayoría de los casos este hervor emocional no va más allá de un estruendoso pitazo. Pero de acuerdo con una encuesta realizada hace unos años por Novaco, el 12 por ciento de los hombres y el 18 por ciento de las mujeres admitieron que por unos segundos "sintieron d eseos de asesinar al otro conductor". La pregunta es: ¿Que hace que manejar convierta a la gente normal en una especie de Rambo? En primer lugar, explica el especialista, la publicidad de los automóviles generalmente apela a los instintos agresivos. "Los carros son vendidos como símbolos de poder, libertad y asertividad. Por eso, cuando un ser humano deja de andar en dos patas y se encarama en cuatro llantas, espera dominar. Y dominar significa no sólo controlar una máquina sino también un territorio. Y cuando éste es invadido por el carro vecino, lo siente como una amenaza. Y al igual que las fieras, reacciona gruñendo amenazadoramente". Semejante conducta resultaría insólita e inaceptable en una persona sobre sus pies, pero dentro de un automóvil parecen desaparecer todas las inhibiciones, explica el sociólogo. ¿"En que otra interacción social -pregunta Novaco-disfrutamos la seguridad de un caparazón, el virtual anonimato y, lo más importante, la habilidad de hacer una rápida escapada"? Pero incluso si se maneja con imperturbable calma e impecable cortesía, el semáforo en rojo, los desvios, los huecos en la vía y la competencia por encontrar un lugar donde parquear, proveen por sí solos otra amplia oportunidad para protestar, gemir y gruñir. Novaco señala que para el conductor, todos los obstáculos que encuentra en su trayecto son considerados como "impedimentos" porque salen con una especie de "plan de juego" en su cabeza que no contempla en tráfico: " Yo voy a ir del punto A al punto B en N minutos"... Y el trancón no esta en el libreto.
También hay otros factores que acrecientan la susceptibilidad y agresividad del conductor. Novaco y otros sicólogos creen que la raíz del estrés que produce manejar tiene origen en la excitación sicológica que acompaña esta experiencia. "Conducir es un acto que involucra numerosas habilidades sicomotoras y constantes decisiones. Por ello es un estado sensitivo y altamente reactivo. Si además de ello, el conductor encuentra impedimentos, su frustración e ira asciende".
Apesar de las provocaciones, el conductor no está condenado a perder la compostura ante el menor inconveniente. Los especialistas señalan que hay soluciones prácticas y simples que pueden ayudar a que conducir sea una experiencia no solo tolerable sino agradable. "El obvio primer paso -dice Novaco es limitar el tiempo que gasta en el tráfico. Evitar las horas pico en el trayecto a casa, yendo a un gimnasio cercano a la oficina o visitando a unos amigos podría ahorrarle quedar atrapado en un trancón. Una vez en la vía, cree su propio ambiente placentero. La música o alguien con quien conversar mientras maneja son un buen recurso. Pero ¿qué hacer cuando rojo, hablando por teléfono desde el carro, se le cierra en la vía? El secreto es evitar que la ira se dispare. La ira nubla su juicio. Responder a la provocación invita a la confrontación. Y esto puede tener un mal final", aconseja Berger.
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