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| 8/5/2002 12:00:00 AM

Regreso a casa

En Colombia existen centros de rehabilitación que buscan devolver a los animales silvestres a su hábitat natural.

La humedad hace dificil la respiración y el cuerpo acalorado es víctima de pequeños mosquitos. En un primer momento su molesto zumbido es el único sonido perceptible entre la espesa vegetación, pero pronto es superado por un fuerte aleteo. Ante los ojos pasa fugazmente la imagen azul con amarillo de una guacamaya que, asustada, se oculta entre los matorrales. Su vuelo alerta a dos toches, una pava y un grupo de cerca de 30 periquitos verdes que transforman el silencio en canto.

Cualquiera creería estar en una selva. Pero este ambiente salvaje tiene paredes y techo. Es más, se encuentra en un populoso barrio de Bogotá. Forma parte del Centro de Recepción y Rehabilitación de Fauna Silvestre del Departamento Administrativo del Medio Ambiente (Dama), ubicado en Engativá. Desde 1996 la misión de su equipo de veterinarios, biólogos y zootecnistas ha sido la de dar albergue y mejorar la calidad de vida de más de 12.000 animales silvestres recibidos hasta la fecha. La guacamaya y sus compañeros están en proceso de rehabilitación que, en el mejor de los casos, terminará con la liberación en su origen. La tarea puede durar meses de esfuerzos pues años de cautiverio y dependencia a los humanos los han incapacitado para ser libres. "Hay monos que llegan bebés porque las madres han sido cazadas, otros vienen con las marcas de correas porque sus dueños los trataban como perros, y hay ardillas que desayunaban kumis con pan", afirma Julio Bernal, director del proyecto. Por eso la llegada suele ser traumática. Algunos se golpean contra las rejas, los pájaros se arrancan las plumas y otros se dejan morir".

Los ejemplares que habitan el centro provienen de entregas voluntarias, pero principalmente de los decomisos que autoridades como el DAS, el Dama y la Policía Ambiental realizan en los aeropuertos, terminales de transporte y plazas de mercado. Según el Ministerio del Medio Ambiente, entre 1992 y 2000 se realizaron 1.880 decomisos de aves, 1.125 de mamíferos y 963 de reptiles, entre otras cifras. "El tráfico ilegal de fauna silvestre es el tercer negocio de mayor rentabilidad en el mundo, después de las armas y las drogas. Se calcula que mueve unos 10.000 millones de dólares anuales", afirma Javier Cifuentes, zootecnista del Dama. La rentabilidad del negocio hace que sea difícil terminarlo. Por ejemplo, un león de montaña o puma, que en la selva chocoana puede obtenerse por 400.000 pesos, en Bogotá tendrá un valor cercano a los 800.000 y en un país asiático más de 12.000 dólares (unos 25 millones de pesos).

Como respuesta el Ministerio del Medio Ambiente concertó una estrategia con las corporaciones autónomas regionales para crear estaciones de paso y Centros de Atención y Valoración de Fauna Silvestre (CAV). En Bogotá, Medellín, Palmira y Cúcuta ya funcionan y se encargan de recibir a los animales mientras se buscan sus destinos ideales. Instituciones como tales hay muy pocas. Además del pionero centro del Dama existe también la Unidad de Rescate y Rehabilitación de Animales Silvestres, (Urras) de la facultad de medicina veterinaria de la Universidad Nacional, y otras iniciativas privadas como el Centro de Rehabilitación de Rapaces en Villeta y el Centro de Primates Araguatos.

Sin embargo se están dando grandes pasos. Recientemente se inauguró el Centro de Rehabilitación de Fauna Silvestre Farallones de La Pintada, a dos horas de Medellín, una iniciativa de la Corporación Regional de Antioquia (Corantioquia) y la Fundación Ecolombia. Posee 40 hectáreas de bosque seco tropical y trabaja en su conservación, así como en la restauración de hábitats en otras 38 hectáreas, un ambiente adecuado para dejarlos libres. En estos momentos están trabajando en la liberación de dos grupos de monos aulladores, de ocho cada uno. "Son animales que llevan un proceso de rehabilitación de más de dos años, especialmente con el zoológico Santa Fe. La idea es abrirles las puertas a las jaulas, ubicadas en los extremos del bosque, para que vayan adaptándose a su nuevo hogar. Es una especie de semiconfinamiento porque el territorio está cercado", explica Iván Loaiza, asesor de investigación del centro de La Pintada. La zona es amplia con el fin de que realicen entrenamiento físico y se encuentren con los peligros y demás elementos propios de su ambiente de origen.

Para llegar a esta etapa los monos han tenido que pasar por diferentes procesos, como en cualquier centro de rehabilitación que se respete. Los animales son recibidos en el área de arribo, donde se les practica un examen médico general para determinar su estado de salud. Es la fase en la que se presenta la mayor mortalidad. Una cifra que puede ser indicio de las condiciones en las que llegan los ejemplares decomisados es que de 60 'exportados' se calcula que sólo entre 10 y 15 sobreviven al viaje. Lo primero es atender las secuelas físicas del cautiverio: desnutrición, deshidratación y heridas. Pero lo más difícil es sanar las sicológicas porque los animales también se deprimen. Ese es el caso de un mapache que se encuentra en el centro del Dama en aislamiento, la segunda etapa. Fue criado en cautiverio y se acostumbró a los humanos y busca sujetarse a la mano de quien se anime a acariciarlo. "El desprendimiento debe ser gradual y tiene que acostumbrarse a convivir con otros de su especie. En realidad lo que siente es resignación, no cariño", asegura Bernal.

Todos los individuos pasan por un período de cuarentena o de observación para determinar si tienen alguna enfermedad y qué tratamiento seguir. Luego pasan al área de mantenimiento, donde se encuentran con algunos de sus congéneres. Por eso no debe causar extrañeza que aunque algunos loros insistan en saludar aparezcan en la zona carteles que adviertan: "Absténgase de hablarles". El contacto con las personas se restringe al máximo y por lo general sólo una los atiende diariamente. De esa manera empieza la rehabilitación.

No siempre es posible liberarlos. En el centro del Dama, de los más de 12.000 recibidos sólo se han liberado 875 individuos, como las tinguas que retornaron a los humedales de Bogotá. Los restantes, que han sobrevivido pero que no tienen las habilidades para volver a su medio, se encuentran en zoológicos del país o en centros de investigación, donde se estudia su comportamiento. Si bien están destinados a vivir en cautiverio por lo menos tendrán condiciones similares a las que hallarían si nunca hubieran sido cazados.
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