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| 5/10/2008 12:00:00 AM

Ricos y felices

Una investigación desafía la creencia de que el dinero no compra la felicidad.

La ciencia le acaba de dar la razón a Pambelé. Es mejor ser rico que pobre. Ese adagio que hizo que este ex campeón de boxeo entrara al hall de la fama de los filósofos populares podría ser la conclusión de un estudio realizado por dos profesores de la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos. Y aunque el razonamiento del palenquero parece obvio, por mucho tiempo se creyó que el dinero no podía comprar la felicidad. Un sinnúmero de estudios realizados entre 1950 y 1970 mostró que el crecimiento de la riqueza de un país no necesariamente se traducía en mayor felicidad para los ciudadanos. En 1974, el economista Richard Easterlin hizo el mayor aporte al estudio de la felicidad, al establecer que si bien era importante tener cierta solvencia económica para cubrir las necesidades básicas, los ingresos extra no necesariamente harían que la nación fuera más feliz. Es decir, existía un tope a partir del cual tener más dinero no incrementaba el nivel de felicidad. A esto se le conoce como la paradoja Easterlin, y hasta el momento había sido incontrovertible.

Pero Betsey Stevenson y Justin Wolfers recientemente encontraron que sí existe un vínculo claro entre el Producto Interno Bruto (PIB) y los niveles de felicidad de las personas. Los investigadores analizaron datos tales como el Gallup World Poll de las últimas décadas en varios países, y encontraron que las cosas eran tan obvias como las decía Pambelé: "La gente más rica es más feliz que la gente pobre, los países más ricos son más felices que los pobres y en la medida en que se vuelven más ricos tienden a volverse más felices", escribió Wolfers en su blog de The New York Times. En otras palabras, la paradoja de Easterlin no existiría.

No se trata para nada de un tema irrelevante, sino con grandes implicaciones políticas, pues muchos gobiernos estaban analizando nuevas formas de medir el bienestar de los países basados en la paradoja de Easterlin. Por ejemplo, a principio del año, Nicolas Sarkozy anunció que iba a buscar una nueva forma de medir la calidad de vida de los franceses diferente al PIB. Sin embargo, el trabajo de Stevenson y Wolfers ratifica la importancia del PIB per cápita como indicador válido. Una gráfica que tiene como variables el grado de satisfacción y el nivel de ingresos en dólares muestra que países como Noruega, Finlandia, Dinamarca, Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos, son simultáneamente los de mayor ingreso y mayor felicidad. En contraste, Afganistán, Malawi y Burundi están en el otro extremo de la tabla. "Eso significa que un país como Finlandia es más feliz que Colombia. Esto no quiere decir que todos los finlandeses sean más felices, pero en el promedio lo son más que los colombianos", le dijo Wolfers a SEMANA.

A quienes se les disminuirá el nivel de felicidad con este hallazgo es a los ambientalistas. Estos veían la paradoja de Easterlin como un alivio para el planeta, pues un ingreso reducido significa una huella ecológica menor. Como lo dijo Christia Freeland en el Financial Times, esto hacía que "los ecologistas occidentales no se sientieran culpables al ver a un campesino chino aferrado a su humilde bicicleta". Pero a la luz del nuevo estudio habría una contradicción entre aumentar el PIB para generar más riqueza y por lo tanto mayor felicidad en las personas; y el detrimento del planeta que esto causaría.

Aunque aparentemente la paradoja de Easterlin es obsoleta, Eduardo Wills, experto en comportamiento de la Universidad de los Andes, piensa que sus aportes todavía siguen vigentes. Explica que el tema no se puede reducir a medir la felicidad en términos económicos, pues hay otros conceptos clave como la calidad de vida y el bienestar subjetivo -que busca evaluar el nivel de satisfacción personal-. Por lo tanto, esta investigación no marcaría el punto final. Algunos creen que la gran contribución de Easterlin sigue intacta y es la noción de que, como decía un comercial de una tarjeta de crédito, hay cosas que el dinero no puede comprar.
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