Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/10/30 00:00

¡Salud!

El vino deja de ser un placer exclusivo de las ocasiones especiales. Cada vez más colombianos se deleitan diariamente con esta bebida.

¡Salud!

"Un vino en el momento oportuno vale más que todas las riquezas de la tierra". El compositor Gustav Mahler escribió estas palabras hace más de un siglo, pero sólo ahora los colombianos comienzan a apropiarse de ellas. No es raro encontrar en una reunión a dos personas hablando de la uva tempranillo de España con la misma propiedad y cotidianidad con que se podrían referir a la papa criolla. Para muchos se ha vuelto programa ir por los supermercados y distribuidoras de rancho y licores en busca de una novedad vinícola. El néctar de los dioses ya no sólo se destapa para grados y matrimonios y ocasiones especiales sino para disfrutarlo en la rutina diaria, con el almuerzo en un restaurante o en una comida casera en lugar del jugo de tomate de árbol.

La creciente curiosidad por la cultura del vino ha llevado a algunos a hacer excursiones a los Valle de Maipo, Aconcagua, Colchagua, Rapel y al Central, en Chile, para entender por qué cada uva tiene una calidad específica dependiendo del microclima bajo el cual se produce. Otros organizan reuniones entre amigos para descubrir el sabor de una determinada cosecha. Eso lo hacen cada dos meses en Bogotá Álvaro José Cobo, Álvaro Villota y Felipe Barbieri, apasionados de esta bebida desde hace más de dos años."Hemos pasado por los argentinos, los españoles, los italianos y ahora estamos en la onda de los vinos australianos", dice Cobo. Su sofisticación ha llegado al punto que sólo lo toman en grandes copas de cristal pues "la diferencia con las de vidrio es del cielo a la tierra", agrega.

Los supermercados promueven ferias en las que hacen degustaciones para los clientes. También es frecuente encontrar en la agenda de los ejecutivos catas de vino para aprender a sensibilizar el paladar, degustar los aromas y disfrutar la cosecha.

Precisamente del 27 al 29 de octubre se realizará en Bogotá una gran cata de vino, la segunda que organiza la compañía importadora de vino Buen Vivir y a la que asistirán nueve enólogos de Chile, Argentina y España, que en El Pórtico les darán cátedra a más de 500 personas.

Las cifras corroboran la tendencia. En los últimos años se ha registrado un incremento del 9 por ciento en la importación de vinos provenientes de Chile, Argentina, España, Francia e Italia, y recientemente también de otros lugares como Nueva Zelanda y Australia. En 1999 la importación total era de 538.400 cajas, cifra que en 2003 pasó a 754.700.

Cosecha 1990

La cultura del vino en el país es un asunto que tiene más de 10 años de añejamiento pues se inició en la década de los 90, con la apertura económica. Al viajar al exterior, los colombianos vieron cómo en otras culturas el vino era la bebida preferida para acompañar las comidas. Otro factor que influyó fue la ampliación de la oferta en el mundo. Según Julio Eduardo Rueda, de Buen Vivir, el vino dejó de ser un tema exclusivo de Francia, Italia y España, regiones que históricamente han sido vinícolas, pues a ellos se sumaron Chile, Argentina, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, que empezaron a producir cepas de muy buena calidad. "La competencia hizo que hubiera más oferta todo el año y que bajaran los precios", dice Rueda.

Tampoco se puede desconocer que gran parte de la promoción de la cultura del vino en el país se dio gracias a los supermercados de cadena, y entre ellos el que jalonó con más fuerza fue Carrefour, para el cual los vinos representan el 2,5 por ciento de la ventas. En sus almacenes diseñaron góndolas con espacios amplios y bien iluminados para exhibir sus productos. Algunos almacenes cuentan con una minicava con temperatura controlada. Carrefour se lanzó a importar vinos directamente y "esto permitió tener una gran variedad a un buen precio pues se consiguen botellas a partir de 5.000 y hasta 200.000 pesos", dijo Patrick Drugeon, de Carrefour. Hoy en las grandes superficies se realizan degustaciones, ofrecen folletos y organizan ferias. "Los nuevos consumidores han entrado por la puerta de un precio económico, y eso sin duda ha ayudado a aumentar el consumo", dice Carlos Alberto Pico, de Marpico, empresa importadora.

No hay mejor compañero de un vino que un buen plato y esto lo comprueban cada vez más colombianos. Si se escoge bien "es como sacar un parejo para bailar", dice Claudia Montaña del restaurante Distrito. "El vino ayuda a que la comida sepa más rico y despierte la sensibilidad". Por eso los restaurantes hoy cuentan con un somelier (experto en vinos), hacen catas y sugieren a sus clientes qué cepa va mejor. El precio ya no genera dilema. Con el jugo de mandarina a 5.000 pesos y la copa de vino a 7.000, muchos prefieren acompañar la comida con esta opción.

Pequeños 'someliers'

Sin embargo, la cosecha del gusto por el vino en Colombia apenas comienza. El 70 por ciento del consumo de los colombianos es de vinos dulces, como el Cariñoso. Aunque hay 150 fábricas de vinos en el país, debido al clima sólo producen vinos dulces que no sirven para exportación pues el público entendido en la materia prefiere los secos.

Según los expertos, la cultura del vino se ha dado en los estratos altos y sólo en las principales capitales. Dentro de esta población se identifican ya con claridad dos perfiles de consumidor: el de los jóvenes ejecutivos, que tienen oportunidad de experimentar en el exterior nuevas tendencias y luego vienen aquí a exigirlas, y el de los expertos, que tienen un paladar mucho más exigente, a la par de una billetera más abultada que les permite invertir en muy buenas botellas.

A pesar del auge, los expertos opinan que aún falta mucho para que exista una sólida cultura del vino. En el país el consumo per cápita es de 0,5 litros, una cifra muy baja comparada con otros de Latinoamérica como Argentina, que consume 30 litros por habitante. Francois Cornelis, del restaurante La Cigale, opina que esta estadística no comprende el fenómeno que se vive en Colombia pues no se puede comparar lo que se bebe en un país productor de vino con otro que no lo es. Debido a los costos y a la situación del país va a ser difícil que en sectores populares prefieran una botella de vino a una de aguardiente. "Pero pienso que el consumo sí puede aumentar a 3 por ciento", dice.

Lo importante de esta nueva era es que la gente le ha perdido el miedo a esta bebida. Porque con el vino hay más posibilidades que con otros licores. El whisky, por ejemplo, siempre es de malta y solo tiene tres calidades. El vino, por el contrario, tiene 15 cepas por descubrir. Cornelis lo compara con el tenis y el parqués. "En el primero la única opción es devolver la bola. En el otro pierdo fichas, avanzo, me devuelvo, hay más versatilidad", dice. Por eso con su fe de europeo ilusionado espera que este auge se incremente lentamente y la gente se siga dejando llevar por la lúdica del vino, esa parte que invita a degustarlo para descubrir un abanico de sabores y aromas que estimulan los sentidos. Porque, como dice una conocida frase, "el que al mundo vino y no toma vino, ¿a qué vino?"

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