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| 1/29/2017 12:00:00 AM

La era de las selfis

La selfi se ha convertido en el símbolo de la era narcisista, una sociedad que prefiere ver el mundo a través de la pantalla y no de sus ojos. Los expertos señalan lo que hay detrás de este fenómeno.

Desde que el Diccionario Oxford añadió el término selfi a su léxico y lo consideró la palabra del año en 2013, nadie ha podido librarse de su poderoso atractivo. Ni Barack Obama en el funeral de Nelson Mandela ni personajes de alta investidura como el papa Francisco, y mucho menos la gente del común que encuentra en esas imágenes nuevas y divertidas maneras de mostrarse a los demás. De esta herramienta, gran aliada de las redes sociales, se ha dicho de todo: que es una pérdida de tiempo, que fomenta el narcisismo y que su uso es un peligro para los demás, especialmente por el aditamento para tomarlas conocido como selfie stick, hoy prohibido en sitios públicos como Disneyworld, el festival de Lollapalooza, la Capilla Sixtina, la Ciudad Prohibida en Beijing, el palacio de Versalles, el Coliseo romano y otros. 

Pero en marzo estas autofotos digitales entrarán por la puerta principal de uno de estos lugares. Protagonizarán una exposición titulada From Selfie to Self-Expression en la galería de arte Saatchi, de Londres. Allí estarán las que ya son ícono de la era digital, como la de Ellen DeGeneres junto a un grupo de actores en plena ceremonia de los Óscar en 2014. También la de Hillary Clinton en una manifestación electoral en septiembre de 2016 cuya audiencia, totalmente coordinada, le da la espalda para capturar su imagen con sus celulares. La idea del museo es hacer un recorrido desde los orígenes de la selfi hasta hoy, y mostrarla como un ejemplo de un cambio social que se está gestando en la manera como el individuo se muestra a sí mismo. “La exposición dará una visión de la historia y el potencial creativo de la selfi que muchas veces es catalogada como una idiotez”, señaló la semana pasada Nigel Hurst, CEO de la galería. Por eso, estas famosas selfis se mostrarán junto a autorretratos de maestros como Miguel Ángel, Rembrandt y Vincent van Gogh.

Es que algunos ubican el origen de la selfi en el autorretrato del arte renacentista. Antes de la invención de la cámara fotográfica, solo los pintores podían retratarse a ellos mismos, una labor que además implicaba muchas horas frente a un espejo. En el sitio dedicado al juicio final en los frescos de la Capilla Sixtina, está san Bartolomé desnudo sosteniendo una piel de animal. Lo curioso es que la cara del santo es un autorretrato de Miguel Ángel que hoy compite por ser la primera selfi de la historia. O tal vez merezcan ese título algunos cuadros de Alberto Durero: en uno hecho en 1493 se muestra como un ciudadano pobre; en otro de 1496 se representa como un noble, y en uno de 1500 su figura recuerda a un cristo. Pero también está Rembrandt, un fanático de este formato que con más de 100 autorretratos sería el Kim Kardashian de la época.

Con la incorporación de la cámara a los dispositivos móviles, todos pueden hacerse una imagen de sí mismos. Se calcula que en el mundo se toman un millón de selfis a diario y que un millennial promedio acumulará 25.700 selfis en su vida. Su influencia ha hecho que el fotógrafo Joan Fontcuberta hable de una nueva condición, la del ‘homo fotograficus’. Otros expertos se refieren a los videotas, “aquellos que sacan constantemente fotos y videos en situaciones sociales”. Esas imágenes pueden servirles después, pero en muchos casos “son ejemplos de acumulación de basura digital”, agrega Andrés Raigosa, experto en estudios sociales de ciencia y tecnología, quien lo ha denominado ‘infoxicación’.

La epidemia de selfis ha llevado a que expertos de todos los campos estudien el fenómeno. Y la mayoría está de acuerdo en que cada clic genera una erupción narcisista. Varios estudios señalan que los adeptos a tomarse fotos y a publicarlas en las redes sociales son más propensos a mostrar los tres rasgos que los psicólogos clasifican como la tríada oscura: individuos centrados en sí mismos, que manipulan a otros y actúan impulsivamente sin importarles los demás. “No es una personalidad muy atractiva”, señala Jesse Fox, de la Universidad de Ohio, quien coescribió el estudio, publicado en 2015 en la revista Personality and Individual Differences. Sin embargo, no todos los que se toman una son psicópatas, narcisos y maquiavélicos, aclara la experta. Aunque cada selfi, especialmente las publicadas en redes sociales, lleva implícita una necesidad de gratificación personal. “Sus autores necesitan los ‘likes’ para validarse”, dice.

Para otros, el problema no es el narcisismo, sino el culto al ego. La reconocida psicoanalista francesa Elsa Godart, autora de I Selfie Therefore I Am, dice que la sociedad está atrapada en una crisis de adolescencia pues en los selfis no fortalecen la identidad, sino que fomentan las inseguridades y provocan comportamientos neuróticos que caracterizan a los jóvenes durante esta etapa de la vida. “La gente retoca sus fotos para lucir ideal, y esa ilusión es tan perfecta que nadie quiere ya vivir la vida real”, dice Godart. Michelle Borba, autora del libro Unselfie, coincide con ella al definir el síndrome de la selfi como la frustración por no lograr la foto perfecta. Este síndrome causaría efectos secundarios serios, uno de los cuales es el fin de la empatía. “El problema son los niños sintonizados en ellos mismos y la solución es voltear el lente de la cámara para que empiecen a ver a los demás”.

El director Matthew Frost resalta ese punto con su corto Aspirational, en el que la actriz Kirsten Dunst hace una aparición en cameo. Dos jóvenes que pasan frente a su casa la reconocen y se detienen para tomarse selfis con ella. Pese a que Dunst está dispuesta a hablar con sus fans, ellas solo quieren que pose para la foto y cuando lo logran se van porque su meta no es la actriz, sino la imagen para publicarla en sus redes sociales y obtener muchos likes. Este fenómeno sucede a diario con otros personajes y lugares. En un artículo sobre la congestión de ciertos museos como el del Louvre, el diario El País reportó el caso especial de la sala de la Gioconda donde a diario desfilan turistas que dan la espalda al cuadro mientras se hacen selfis. El interés no es la obra de arte, sino la foto con la obra. “El ojo hoy no está en la cámara, sino en la pantalla: la gente no observa el mundo para observarse ella misma”, dice Raigosa.

Ese foco de atención tan limitado ha hecho de esta herramienta un peligro, porque en el mar de autofotos anónimas algunos quieren destacarse con la más extraordinaria. Kiril Oreshkin alcanzó la fama mundial y el apodo del hombre araña ruso luego de tomarse una foto encima de la torre de la Universidad de Moscú a una altura de 240 metros. Por eso no sorprende que en 2016 la revista de viajes Conde Nast Traveler reportara que había más muertos por selfis que por ataques de tiburón. El caso más increíble documentado hasta hoy es el de una joven rumana que subió al techo de un tren, pero cuando llegó allí se encontró con un cable de alta tensión que la mató instantáneamente. El peligro ha llevado a muchos gobiernos a tomar medidas. En Bombay, por ejemplo, hay zonas libres de selfis y Rusia expidió un manual de seguridad para ellas.

Además de causar muertes, también producen litigios. En 2011 el fotógrafo británico David Slater dejó su cámara desatendida en un bosque de Sulawesi, Indonesia. En ese lapso Naruto, un macaco curioso de 6 años, la tomó y se dedicó a sacarse selfis. PETA, la organización que lucha por el tratamiento ético de los animales, demandó al fotógrafo para proteger los derechos de autor de Naruto. Un juez federal en San Francisco, Estados Unidos, sin embargo, dictaminó que un animal no puede ser dueño de la fotografía y hoy se discute si la foto pertenece a Slater o si no tiene autor.

En las selfis las personas pretenden ser versiones mejoradas o imaginadas de sí mismos. “En la fotografía tradicional el ojo del fotógrafo decide cómo nos vemos, pero en la selfi cada quien inventa cómo se quiere ver”, dice Raigosa. Por eso tienen tanto atractivo entre las celebridades. Justin Bieber, Rihanna y la propia Kim Kardashian encuentran allí una manera de conectarse con sus fanáticos y ofrecerles un vistazo de su vida privada, pero sin perder el control de la curaduría de su imagen. De esta forma logran mostrarse a sí mismos como quieren, ya no desde la lente de los paparazzi, sino desde el ángulo que a ellos más les sirve. Las celebridades también lo hacen por vanidad, como todos los mortales. En un ensayo de su autoría publicado en el diario The New York Times, el actor James Franco confesó su fascinación por Instagram, el mayor depósito digital de autofotos en el mundo, una obsesión que le ha granjeado el título de rey de la selfi. Él declara que lo hace por lo mismo que los demás: atención. “Es lo que todos quieren. Atención es poder. Y si usted es alguien por quien la gente se interesa, la selfi provee algo muy poderoso desde la más privilegiada perspectiva posible”, dice. En ese sentido las selfis son avatares y, como dice Jacqueline Morie, experta en realidad virtual de la Universidad del Sur de California, “le dan a la gente autoridad y autonomía que no tienen en otras aspectos de su vida”.

Algunos encuentran que hacerse este tipo de fotos en sus viajes, con la torre de Pisa o cualquier otro monumento insigne como telón de fondo, es una manera de autorreferenciarse geográficamente y decir ‘yo estuve aquí’. Para el sociólogo Zygmund Bauman no es solo una expresión de individualismo, sino la respuesta de las personas a la necesidad social de sentirse vinculadas y formar parte de algo. Es así como algunos creen que no todos los amantes de las selfis están motivados por la vanidad. Un artículo de un grupo de investigadores de la Universidad de Brigham Young lo confirmó al concluir que muchos las ven como una importante herramienta de documentación de la sociedad. Según la psicóloga Andrea Letamendi, las selfis sirven para transmitir estados de ánimo y experiencias importantes y a veces revelan más de lo que se quiere. Por eso, algunas compañías multinacionales como Procter & Gamble están aprovechando la cascada de selfis para entender el comportamiento de los consumidores y para ello pagan a jóvenes para que usen sus productos. De esta forma, es muy difícil que se vea como una simple tendencia pasajera. Son el símbolo de la era narcisista, son más abundantes que las cosas, pero también son un cambio radical en la manera de convivir y de expresarse.

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