Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/06/12 00:00

Sí, acepto

Una nueva terapia propone que la aceptación puede ayudar a las parejas a sobreponerse de las peleas.

Sí, acepto

Al principio todo es maravilloso. Los enamorados no alcanzan a describir las cualidades que tiene su pareja, los defectos se ven pequeños e irrelevantes y hay una aceptación profunda por ese otro ser tal como es. “Nunca cambies”, se dicen cuando su amor está en total estado de ebullición. Con el tiempo, sin embargo, empiezan las pequeñas discusiones, que luego se vuelven más frecuentes, intensas y a veces insoportables. Cuando esas diferencias —que antes eran tan atractivas— se vuelven la razón de todas las peleas las parejas van al ring y exigen a toda costa un cambio.

Pero muchas veces nunca se produce la modificación del comportamiento que tanto molesta al otro. Esto sucede, según el sicólogo Andrew Christensen, porque cuando las parejas están resentidas y dolidas las peticiones de cambio encuentran resistencia en el otro.

Christensen, desilusionado de las técnicas tradicionales para el manejo de conflictos de pareja, encontró una fórmula alternativa que se ha denominado ‘Terapia de la aceptación’ que, en vez de promover el cambio, insiste en la necesidad de que cada uno acepte al otro en un contexto más amplio. “Es amarse, no a pesar de las diferencias sino por esas diferencias”, dijo.

El acaba de sacar un libro titulado Diferencias reconciliables, con la colaboración del fallecido sicólogo Neil Jacobson, en el que explica con detalle la anatomía de las peleas, las soluciones dañinas que se emplean y la propuesta de la terapia de aceptación. El experto realizó un estudio piloto en el cual se muestra el éxito de este nuevo enfoque. No obstante, para tener datos más científicos, adelanta un estudio patrocinado por el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, que comparará la efectividad de la terapia de pareja tradicional y la terapia de la aceptación.

Con esta nueva terapia lo que el especialista propone es que la pareja mire los conflictos no con la intención de culpar o encontrar errores en el otro sino para entender las emociones fuertes que los llevan a cada uno a actuar de determinada manera. Esa comprensión no sólo llevará a que cada uno aprenda más acerca de sí mismo sino también del otro. Al entender esos sentimientos será más fácil aceptar, y al aceptar se podrá inspirar compasión o ternura. La ternura, a su vez, llevará a los cambios que se requieren o incluso a no necesitar de esas modificaciones para vivir en paz. Según Christensen esa fórmula puede acabar con el círculo vicioso de las discusiones en las cuales las parejas van una y otra vez sobre el mismo conflicto sin resolverlo realmente.



Peleas de ‘knock out’

Las peleas son inevitables según Christensen. No importa cuán meticulosa haya sido una persona para escoger a su media naranja, siempre surgirán incompatibilidades en uno y otro que ayudarán a encender cualquier discusión. Pero lo cierto es que de la manera como se manejen esos agarrones se establecerá la diferencia entre llevar una vida placentera o vivir en un ring.

Las parejas pueden tener discrepancias en todo tipo de temas, desde los más grandes, como el dinero, educación de los hijos, sexo, o por nimiedades, como la manera de usar la crema de dientes. Pero los estudios sugieren que hay cuatro eventos típicos. El primero es la criticadera, es decir, desaprobar lo que uno de los dos hace. La otra causa que prende discusiones son exigencias que resultan para el otro injustas o ilegítimas. Un ejemplo sería que Pedro le pidiera a María ayuda para pasar en el computador un trabajo pero María le niega su colaboración porque ella no es su secretaria.

La acumulación de molestias, es decir, que reiteradamente María no llame a casa a decir que no va a almorzar, es también propicia para peleas. El último es el rechazo a la otra persona, sobre todo cuando ésta se ha esmerado en hacerla sentir bien.

Las diferencias también desempeñan un papel importante en las disputas y son un arma de doble filo pues al principio generan atracción pero luego pueden ser la fuente del conflicto. Es debido a las diferencias que surgen las incompatibilidades y a raíz de estas últimas se generan las discusiones.



Las curas tóxicas

En su libro Christensen explica que cuando hay un altercado lo natural es que cada uno quiera entender qué pasó. Y muy seguramente se querrá buscar una razón o un culpable. En la lista de posibles sospechosos por lo general sólo hay dos personas: el hombre o la mujer. Y como es mucho más fácil culpar a los demás que a sí mismo, cada uno, en un escenario mental, empieza a someter al otro a un tribunal de guerra. “Es un egoísta”, “un desadaptado social” , “una histérica” , “es inhumano”, pueden ser sólo apartes del veredicto inapelable.

Acusar, culpar y ejercer coerción son unas de las típicas soluciones de las peleas que Christensen considera tóxicas pues son peores que el problema. “Hacemos exigencias, amenazas, críticas, quejas e inducimos la culpa hasta que el otro se rinde”, dice. Una vez se obtiene lo que se quiere la calma reina en la casa de nuevo. Pero aunque esa técnica funciona rápidamente con el tiempo se requieren más altas dosis de coerción para lograr el mismo resultado. Otras parejas se embarcan en evitar, negar o minimizar los conflictos. Esa solución, como la anterior, sólo funciona a corto plazo porque cuando vuelven los conflictos es muy posible que lleguen con más fuerza, lo que crea un círculo vicioso que degenera en infelicidad crónica. Y, lo peor, impide que los problemas se resuelvan.

Un hombre y una mujer, por ejemplo, pueden discutir horas y horas sobre quién cuida mejor a su hijo. Ella podrá decirle a él que es un bueno para nada y un fresco y él a ella que es una neurótica que no le deja hacer nada a su pequeño. En esa sarta de acusaciones Christensen ve que los problemas no se solucionan de verdad pero, sobre todo, que las posibilidades de discutir los verdaderos conflictos no se ponen sobre la mesa. “Lo que no se discute en ese ejemplo es que cada uno tiene temores y ninguno confía en la capacidad del otro para educar al niño. Tampoco se discute la raíz del conflicto, que es si el niño debería tener más vigilancia o más libertad por parte de los padres”.



Diferencias Reconciliables

Pasar de la pelea a la ternura no es fácil pero es posible. Christensen aclara que aceptar no significa tener lástima ni someterse a los deseos del otro. “El sometimiento viene de una posición de debilidad mientras que aceptar viene de una posición de fortaleza”, dice. Aceptar no implica tampoco tolerarlo todo ni dejar de tener conflictos sino entender que se puede ir más allá de la simple disputa que está generando la discordia. Aceptar para Christensen es tolerar el comportamiento que encuentra molesto y entenderlo en un significado más amplio; verlo en un contexto más grande.

Aceptar y cambiar vienen de la mano. Cuando los compañeros se sienten presionados tienden a volverse defensivos y a evitar lo que les exigen. Pero cuando se sienten aceptados y entendidos es más fácil que modifiquen el comportamiento que tanto molesta al otro. “Aun si no se producen los cambios, sólo entender provoca un acercamiento en la pareja”.

Las peleas no se van a acabar con esta terapia. Pero lo que espera Christensen es que después de aplicar estas teorías ambos sean capaces de cambiar la manera como resuelven los conflictos. Pero hay que tener en cuenta que ciertas cosas no son susceptibles de cambios y que no todos los comportamientos deben ser aceptados.

La teoría de la aceptación, mejor conocida como la terapia de pareja integrada, está tomando adeptos. Para Christensen su éxito radica en que se enfoca en cada cual en lugar del otro. De esta manera es mucho más probable que los guantes de boxeo se dejen a un lado y la pareja pueda convertir el ring en el que se había convertido el hogar en una pacífica zona de distensión donde será más fácil la comprensión, la negociación y el amor.

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