Viernes, 20 de enero de 2017

| 2010/02/27 00:00

Sí, mi jefecito

La noticia sobre el maltrato del primer ministro británico, Gordon Brown, a algunos empleados revive el tema de los jefes que abusan del poder para hacerse sentir en la oficina.

Sí, mi jefecito

A comienzos de la semana pasada, los ingleses se despertaron con una noticia publicada en The Observer -una de las ediciones dominicales más importantes de ese país- en la que se acusaba a su primer ministro británico, Gordon Brown, de abusos físicos y psicológicos a varios de sus empleados en la residencia oficial de Downing Street, en Londres. El texto contaba anécdotas que ponían en evidencia los ataques de ira del primer ministro como cuando empujó a una de las secretarias de la silla porque, según él, escribía demasiado lento.

El escándalo fue peor cuando Christine Pratt, directora de la Línea de ayuda contra la Intimidación en Inglaterra, declaró a la BBC que había recibido varias llamadas con quejas por el trato que recibían por parte del jefe del ejecutivo. Rápidamente voceros del Partido Laborista -al que pertenece Brown- denunciaron que todo formaba parte de una estrategia de desprestigio por parte de la oposición. Sin embargo, de acuerdo con el diario inglés The Guardian, el secretario del gabinete, Gus O'Donnell, alarmado con la noticia, le pidió a Brown que cambiara su comportamiento. "Esta no es la manera de hacer las cosas", le dijo.

Independientemente de si las acusaciones son ciertas o no, el problema de fondo es hasta qué punto las conductas agresivas de los jefes y directivos son permitidas en una empresa y qué tanto afectan el desempeño de los empleados. El tema está lejos de ser un problema menor, si se tienen en cuenta los innumerables casos de suicidios reportados en las compañías por culpa de la presión de los jefes. Según el diario The New York Times, en Estados Unidos estos casos de suicidios relacionados con el estrés laboral pasaron de 196 a 251 entre 2007 y 2008. Y el más reciente es el de la empresa France Telecom, en la que más de 20 empleados se han quitado la vida, al parecer, por las mismas razones.

Innumerables investigaciones se han hecho para averiguar las razones de por qué algunos jefes abusan del poder. Una de las más recientes fue realizada por la Universidad del Sur de California. En ella un grupo de psicólogos analizaron el comportamiento de 90 voluntarios a quienes se les dio una bocina como método de castigo para sus subalternos, con volúmenes que oscilaban entre 10 y 130 decibelios. Los investigadores manipularon a través de técnicas psicológicas el sentido de poder y autoestima de los voluntarios, pidiéndoles que escribieran sobre experiencias en que se hubieran sentido empoderados o impotentes, y en las que hubieran experimentado incompetencia o competencia.

Aquellos que se sintieron más incompetentes pero con poder usaron castigos más severos con potencias de 75 decibelios, mientras que los incompetentes pero sin poder utilizaron sanciones más tranquilas de 55 decibelios. "Cuando los dirigentes atacan a los demás lo hacen por lo general para ocultar su propia inferioridad", le contó a SEMANA Nathanael Fast, coautor de la investigación.

Gabriel Pineda, psicólogo experto en recursos humanos, explica que este comportamiento obedece a una máxima de la psicología que reza: "Dime de qué te ufanas y sabré de qué careces". Esto significa que cuando un directivo utiliza la amenaza y el miedo lo hace para disimular su inseguridad. Las personas que abusan del poder tienen un perfil determinado de inmadurez, dependencia afectiva e inestabilidad emocional. Asimismo, se caracterizan por ser impulsivos y con problemas de baja autoestima, que generan frustración. "Y la frustración genera violencia", dice Pineda.

Pero no todos estos jefes son incompetentes. Algunos son brillantes y con experiencia, además de bien valorados por la empresa; a menudo ocupan cargos medios y aprovechan su posición para pisotear a los demás para ascender. El problema es que la intimidación se da a través de métodos poco palpables como comentarios sarcásticos, explotación y críticas injustas, lo que impide que el empleado no pueda demandar a falta de pruebas (ver recuadro).

Cary Cooper, psicólogo organizacional, dice que una de cada 10 personas son intimidadas por su jefe en el mundo. Según él, muchas veces esto es producto de la sobrecarga de trabajo y la presión que ellos mismos tienen, situación que se exacerba cuando las compañías están en crisis. El mismo Gordon Brown es una prueba de esto. En noviembre pasado, luego de que se perdieran unos discos con información confidencial de 20 millones de personas, el primer ministro saltó de su oficina y se fue a donde el subjefe de personal, lo agarró de las solapas, lo zarandeó y le gritó.

Yolanda Sierra, psicóloga experta en organizaciones, opina que las personas que acuden a la violencia carecen de competencias sociales de gestión: "Un buen jefe debe ser capaz de sortear situaciones difíciles, y mantener un ambiente laboral agradable".

Aunque hay quienes piensan que un poco de mano dura no hace daño, y en ocasiones motiva a la gente a trabajar mejor, el problema es cuando se pasa de la ira ocasional a la intimidación constante. "Al haber temor, las personas se neutralizan y no pueden actuar ni tomar decisiones", dice Pineda. Y esto incrementa la inseguridad y la desmotivación de los trabajadores. "Aunque la intimidación puede generar beneficios a corto plazo, los costos psicológicos y organizativos son mayores", agrega Nathanael Fast.

El mensaje alentador, coinciden los expertos, es que la mayoría de los jefes cascarrabias no perduran en el poder. Pues como dijo alguna vez el escritor Albert Camus: "Nada más despreciable que el respeto basado en el miedo".

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