Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 6/6/2004 12:00:00 AM

Sin cédula

Muchos colombianos nacen y mueren sin identificación. Un proyecto busca darles vida jurídica.

En Colombia hay gente invisible. De eso pudo darse cuenta Aldo Morales cuando viajó en julio del año pasado a Chagüí, un corregimiento a cuatro horas en lancha del casco urbano de Tumaco. Es una población afrocolombiana de la cual no se tiene mucha información. Casi nadie los visita por miedo a enfrentarse con los grupos armados. Las autoridades en Tumaco se refieren a ellos como si fueran personajes de leyenda. "Sí, por allá como que hay gente pero nosotros nunca los hemos visto", le dicen a Morales, coordinador de registro e identificación de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur. En este lugar 85 por ciento de la población no tiene documento de identificación ni certificado de nacimiento en el cual conste que cada persona es quien dice ser.

Este es el caso de un buen número de colombianos que por distintas razones no tramitan sus cédulas. Son personas de cuya existencia el Estado nunca tiene conocimiento. No existen en la estadísticas, ni los tienen en cuenta para proyectos de desarrollo. En parte por eso se encuentran tan abandonadas. "Para instalar puestos de salud en una población se necesita saber que hay gente", dice Morales. Pero en estos lugares recónditos, si alguien nace, se enferma y muere sólo se enteran los familiares y vecinos.

El programa comenzó hace tres años con el apoyo de Acnur, con la idea de darles el documento de identidad a las personas desplazadas o en riesgo de serlo. En este tiempo se ha logrado identificar a 175.000 colombianos. Hace dos semanas el programa estableció su oficina en la Registraduría con un equipo de trabajo que facilitará esta labor. No se sabe cuántos más están en dichas condiciones pues no existen cálculos serios de esta problemática. "En algunas poblaciones hasta el 80 por ciento de las personas están indocumentadas", dice Morales.

Ese era el caso de Chagüí, a donde fueron por petición de la misma comunidad. En ocasiones la labor de sensibilización sobre la necesidad de tener cédula corre a cargo de los promotores de salud que van a prevenir las enfermedades tropicales y se encuentran con la realidad de que la gente no estudia porque no tiene identificación o no van a las ciudades pues para entrar a cualquier edificio les piden la cédula y ellos no tienen nada para mostrar. Hasta el momento esos inconvenientes los tenían sin cuidado pero a raíz del conflicto armado no tener documentos les fue complicando la vida. A algunos hasta les ha ocasionado la muerte. "Hace un año largo, a mi amigo Fredy lo bajaron de la lancha en un retén por no tener cédula no volvimos a saber de él", dice Jairo, un muchacho de 20 años de la zona rural de Tumaco.

A pesar de que sabía qué era lo que iba encontrar, cuando Morales llegó a Chagüí le impresionó conocer a una familia que por generaciones no ha tenido documento de identidad. El abuelo, el padre, el hijo, el nieto, todos sin cédula. Algunos no se acordaban de la fecha exacta de nacimiento.

Una de las razones por las que no solicitan este documento es el dinero. Aunque el trámite es gratuito, desplazarse a una ciudad, sacar las fotos y hacerse los exámenes para establecer el tipo sanguíneo es costoso para ellos. "Sólo el viaje en lancha les vale 50.000 pesos", dice Morales. En poblaciones como Chagüí, además, la gente no tiene certificado de nacido vivo, otro de los requisitos para obtener la cédula, porque no hay clínicas, ni puestos de salud, ni siquiera una partera que expida ese documento. Por eso, las 11 personas de la misión son como una registraduría móvil que viaja con fotógrafo, bacterióloga y equipo para análisis de sangre. A cambio del certificado de nacimiento se les exige dos testigos que certifiquen dónde nació la persona. Aun así se han visto en situaciones difíciles de resolver, como la de Rosa, la más vieja del corregimiento, que a sus 85 años ya no tenía quien diera fe de cuándo vino a este mundo.

En ciertos casos la razón por la falta de cedulación es cultural, como sucede con las comunidades indígenas que no ven la necesidad de este documento pero poco a poco han tenido que tramitarlo no sólo por el conflicto armado sino para poder negociar con los municipios cualquier cuestión territorial.

Aunque parezca un tema trivial, no tener cédula tiene implicaciones emocionales, no tanto para los indígenas que lo aceptan, sino para las demás comunidades. Les hace falta identidad, se sienten abandonados y son conscientes de que dependen de ellos mismos para sobrevivir. La cedulación les cambia mucho la vida. "Sólo hay que ver las caras de felicidad en las fotos cuando les entregan el documento, dice Morales. La cedulación es un derecho que les abre la puerta a otros derechos", añade. Carlina, una mujer de 30 años, desplazada, quiere que el registro de sus hijos sirva para darles educación. "Sin eso no me los quieren en el colegio", dijo. Jairo siente más seguridad con su cédula. "Ahora que yo ya tengo, estoy tranquilo porque puedo andar por los ríos".

Luego de este proceso las comunidades sufren un cambio. Empiezan a notar la presencia del Estado con la construcción de un puesto de salud, y la relación entre la comunidad y la alcaldía más cercana empieza a estrecharse. También se vuelven visibles para los organismos internacionales, que los empiezan a tener en cuenta para sus proyectos de promoción.

Un año después de la jornada de cedulación en Chagüí las cosas no han cambiado sustancialmente, pero ya les pidieron que volvieran porque quieren que los nuevos miembros de la comunidad tengan su registro de nacimiento.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.