Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/08/02 10:13

Un tipo de cáncer fuera de lo común

La enfermedad se genera cuando los linfocitos T, que son soldados del sistema inmunológico, se reproducen a un ritmo acelerado y ocasionan masas que obstruyen el funcionamiento de los órganos.

Esta enfermedad le puede dar a cualquiera aunque es más común en mayores de 60 años. Foto: Archivo SEMANA

Hay tumores frecuentes, como el de seno, pero hay otros de baja incidencia, como el linfoma de células T. Tanto es así que se le considera una enfermedad rara pues apenas uno de cada 10 linfomas es de este tipo.  Y no sólo eso. En este grupo hay 22 subtipos, lo cual hace a cada uno de ellos una enfermedad muy poco común.

El linfoma de células T se da cuando los linfocitos T, que son soldados del sistema inmunológico, se reproducen a un ritmo acelerado y ocasionan masas que obstruyen el normal funcionamiento de los órganos. “Son células inmaduras, que no funcionan bien y sólo quieren reproducirse”, dice el médico Juan Pablo Vargas. Como el cuartel de estos linfocitos son los ganglios, uno de los primeros síntomas es un abultamiento en dichas estructuras, además de cansancio, fiebre y dificultad para dormir. Esta enfermedad le puede dar a cualquiera aunque es más común en mayores de 60 años. Generalmente está asociada a dos virus, el de Epstein Barr y otro conocido como HTLV1.

Por ser casos raros, hasta hace poco eran de difícil diagnóstico y tratamiento. Se podría decir que la mayoría de pacientes se trataba con protocolos prestados de otros linfomas como el de células B, que es una enfermedad totalmente diferente y tal vez por eso, el pronóstico no era muy alentador. “Solamente el 15 % de los pacientes vivían más de dos años”, dice Owen O’Connor, director del Centro para Enfermedades Linfoides de la Universidad de Columbia.

Pero ese panorama está cambiando y O’Connor, quien estuvo recientemente en Colombia, ha tenido que ver en ello. Junto con otros colegas descubrió en el 2009 una molécula que engaña a la célula tumoral al hacerse pasar como ácido fólico, una vitamina que estas necesitan para reproducirse. Cuando la célula absorbe la droga, que en realidad es un veneno disfrazado de vitamina, el medicamento entra en su interior y la destruye.

La historia de cómo se desarrolló la droga para esta enfermedad tiene algo de azar, como sucede con frecuencia en la ciencia. Cuando O’Connor realizó los estudios clínicos preliminares en pacientes con cáncer de pulmón o linfoma de células B notó que ninguno tuvo respuesta a la droga, con excepción de un paciente con linfoma de células T, el único con dicha enfermedad en el ensayo. Era un hombre de 30 años que estaba desahuciado y que cuando tomó el medicamento tuvo por primera vez remisión de la enfermedad. Más tarde lo probó en otro paciente que tuvo también remisión completa con la misma droga y luego otro más. Estas respuestas aisladas llenaron a O’Connor de esperanza para hacer un estudio más amplio con este fármaco singular que parecía ser efectivo contra un mal para el cual no había medicamentos efectivos. Logró  reclutar 111 pacientes con linfoma de células T, la mayoría de los cuales habían recibido quimioterapia pero recaían a los tres meses de tratamiento. En otras palabras, la quimio no había sido efectiva.

La FDA, entidad que regula las drogas y los alimentos en Estados Unidos, se enteró del trabajo y para aprobar la droga sólo le pedía a O’Connor y sus colegas demostrar una respuesta completa del 20 %, es decir que el 20 % de los pacientes no mostraran señal de la enfermedad. La sorpresa fue mayúscula cuando encontró que el nuevo fármaco producía una respuesta en el 30 % de los pacientes y este grupo lograba mantenerla por más de un año. “Era muy positivo”, recuerda el experto. Pero lo más llamativo fue que mientras menos quimioterapia habían recibido, mejor era el efecto: los que habían tenido tres quimios tenían 20 % de respuesta, pero los que sólo habían recibido una, tenían una  respuesta del 50 %. Al ver el resultado, la FDA agilizó los trámites para aprobarla.  Así nació el pralatrexato, la primera droga para este cáncer raro.  

Eso fue en el 2009. Desde entonces se han descubierto tres drogas más sólo para esta enfermedad que han cambiado el curso de la misma al aumentar no sólo la calidad de vida, sino la supervivencia. “Tenemos pacientes con años de supervivencia”, dice Xavier Rueda, dermatólogo oncólogo del Instituto Nacional de Cancerología, quien estuvo en las charlas que O’Connor dio en el país. Como su droga fue estudiada en pacientes que ya habían recibido quimioterapia, sólo fue aprobada para usarse en segunda línea, es decir, después de brindarle al paciente la quimio y en caso de que esta haya fallado. El protocolo del tratamiento, por lo tanto, aún sigue siendo lograr una remisión de la enfermedad con quimioterapia para poder hacer un trasplante de medula ósea.

Pero la idea de este científico es lograr demostrar que estas drogas tienen más potencial del que mostró en el estudio inicial. Por ejemplo, podrían ser una alternativa para pacientes que por su edad no pueden resistir tantos ciclos de quimioterapia. “Si el enfermo no es candidato para trasplante y no se puede curar, no tiene sentido seguir dándole más y más quimio porque se deteriora su calidad de vida”, dice O’Connor. En estos casos el experto cree que sería más conveniente darle estos nuevos medicamentos, que son mucho menos tóxicos y más específicos. De hecho, O’Connor señala que muchos pacientes lo reciben hasta por dos años y lo toleran bien. “En dichos pacientes no necesitamos remisión completa sino que la enfermedad deje de avanzar, y eso ya sería muy bueno”.

Pero como en medicina sólo se pueden cambiar los protocolos con estudios que demuestren que una terapia supera otra, la idea de este experto es hacer más investigación y para ello estableció un consorcio global de linfoma con investigadores de Europa, Norteamérica, y espera que se le unan otros de Suramérica y Asia. “En lugar de hacer cocteles de quimio que no funcionan, vamos a diseñar estudios clínicos novedosos para que tengamos respuestas rápidas de cómo hacer combinaciones con las nuevas drogas”, dice el experto. Estos nuevos fármacos funcionan diferente pero son muy sinergistas, lo cual significa que el resultado de añadir un fármaco no es una suma sino un potenciador en donde “uno más uno es igual a 10”, dice. Según O’Connor, sus estudios han mostrado una actividad prometedora, pero los resultados sólo serán publicados a final de año. 

La visita de  O’Connor a Colombia tenía como fin compartir sus experimentos con otros hemato oncólogos y ponerlos al tanto de los últimos descubrimientos, pues en este campo la ciencia está avanzando a pasos tan grandes que muchas veces los médicos tienen dificultad para ir al mismo ritmo. “Nada de lo que se sabe hoy está en los manuales de medicina de la época en que yo estudié. Las terapias que tenemos para el linfoma de células T son extrapoladas de otras enfermedades, no son de la biología de ese tumor, pero ahora tenemos fármacos activos contra la enfermedad y podemos hacer con ellos una nueva plataforma de tratamiento que no depende de la quimio”, dice. 

El mensaje que les deja a los médicos en Colombia es que siempre que vean un problema traten de explorar las oportunidades y piensen fuera de la caja. “La mayoría de médicos está entrenada para aprender recetas y cocinar según esas instrucciones, pero con estas enfermedades tenemos que empezar a mirar de manera critica los datos y ver cuáles son los  que nos confirman que esta receta funciona, y si no está dando resultados, ¿para qué seguir usándolo? ¿No sería mejor estrategia dejar las drogas convencionales en el bolsillo de atrás y ensayar primero lo nuevo para ver si logro respuesta? No podemos dar quimio por seis meses pero sí el otro fármaco y eso me da oportunidad de que el paciente tenga menos toxicidad, mejor desempeño y consiga mejor calidad y cantidad de vida. Hay que acoger estos nuevos fármacos con los que no estamos tan familiarizados y tratar de salirnos del molde porque ese molde no ha servido”, dijo.

Los hemato oncólogos que asistieron a la conferencia de O’Connor creen que hay futuro para la curación de esta enfermedad. “Esto, y la oncología en general, está avanzando de manera muy bonita. De esto nos reiremos en siete años”, dice José Domingo Saavedra, médico hemato oncólogo de la Fundación colombiana de Cancerología de Medellín. Se refiere a que hoy, con la caracterización de los tumores que ha sido posible gracias al desarrollo de la biología molecular, es más fácil conocer cada tumor y diseñar drogas mucho más específicas que la quimioterapia. Esta, en particular, es interesante por que penetra en la célula. “Es dirigida entre comillas porque se trabaja con marcadores. Antes se le daba una droga a todo el mundo, pero hoy es posible ver qué paciente se beneficia más”, explica Xavier Rueda.

A pesar de eso, el tratamiento convencional sigue siendo las rondas de quimio porque eso es lo que aún establecen las guías internacionales para esta enfermedad hasta que nuevos estudios prueben lo contrario. “Estamos en la transición, pero todos en el mundo estamos igual”, dice Saavedra.  Colombia, dicen tanto él como Rueda,  va paralelamente a los avances en linfoma de células T. “No hemos ganado la batalla, pero esta es una enfermedad rara, que no es huérfana y a la que se le están abriendo muchas puertas”, dice Saavedra.

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