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| 8/25/1986 12:00:00 AM

SU MAJESTAD LA T.V.

La televización de las ceremonias de la familia real inglesa, la manera de mantener el símbolo y la fantasía.

Los 500 millones de televidentes que el miércoles anterior presenciaron el matrimonio de Sarah Ferguson y el príncipe Andrés en Londres, ratificaron una vez más la forma como la monarquía británica, un símbolo que sobrevive a todos los cambios sociales y económicos del mundo, ha sabido manejar durante los 33 años de reinado de Isabel II, todos los medios de comunicación, especialmente la televisión, con el fin de magnificar y sostener ese símbolo.
Mientras la monarquía española está reducida informativamente a lo que cuenta cada semana la revista Hola y los reyes suecos aparecen montando en bicicleta, la familia real británica aparece poco en televisión pero cuando lo hace, como en estos últimos días, arrasa con todas las demás informaciones: no es producto del azar, sino el resultado de una estrategia que ha dado muy buenos resultados. A tiempo que se conserva la magia del trono, se da a los soberanos una imagen real, tangible y popular.
El que la programación matutina de las tres principales cadenas de televisión norteamericana (con espacios como Good Morning America, Morning News y Today), estuviera dedicada en su totalidad a los sucesos de Londres mientras la cadena Lifetime duraba 24 horas con un remoto desde la capital inglesa y otros sistemas informativos hacían lo mismo, comprueba que la familia real sigue siendo una de las grandes atracciones de la televisión mundial, tanto como "Dallas" y "Dinastía".
Ese delicado balance entre accesibilidad y fantasía alrededor de Isabel II y su familia ha sido mantenido con cuidado y un control estricto, con apariciones racionadas y oportunas. Según los expertos en mass-media, el palacio de Buckingham comprendió que las ceremonias de corte medieval que se realizan cada año son aptas para la televisión, lucen espléndidas y gustan al público, y ha sabido capitalizarlo.
Nadie duda que cada personaje de esta familia tiene elementos comunes con una telenovela, con tres personajes principales: la reina madre, Isabel II y la princesa Diana. Ahora entró una nueva actriz, Sarah Ferguson, sobre quien se centran todas las miradas. Ellas saben que son miradas como seres olímpicos, como miembros de una familia ideal pero al mismo tiempo, reconocen que deben enfrentar algunos conflictos comunes a todos los mortales. En la forma como manejan tales conflictos (amoríos de Andrés, disputas de Diana con su suegra), admitiendo que son y no son gente como uno, reside el encanto para aprovechar un medio como la televisión a través del cual, son humanizadas pero al mismo tiempo mantienen su misterio. La transmisión mundial de la boda del miércoles y el interés desplegado en todos los rincones del planeta sirvieron para comprobar que si Gran Bretaña no sigue siendo el imperio industrial de antes, al menos tiene una monarquía que es una auténtica superestrella.
La Oficina Central de Información del gobierno no ahorró en gastos y materiales para suplir con meses de anticipación a todas las programadoras que lo pidieron, con el material indispensable, especialmente con películas de la niñez de los desposados (se conocieron durante un torneo de polo en Windsor cuando ambos tenian diez años), cintas que no tenían sonido con el fin de que pudieran ser utilizadas en cualquier idioma, tomas de la granja donde criaron los gusanos de donde salió la seda del traje de novia, tomas de la mina de donde salio el oro para los anillos y otras de distintas etapas de la vida de ambos, como el regreso de Andrés de la guerra de las Malvinas.
Uno de los usos más explícitos que la monarquía hizo de la televisión para mejorar su imagen, tuvo que ver con la entrevista qúe Carlos y Diana concedieron en octubre último, a sir Alastair Burnet, con el fin de acabar con los chismes sobre sus pésimas relaciones conyugales. Los británicos y el mundo en general quedaron felices con esa imagen de una joven pareja que se quiere, imagen con más peso que un comunicado del Palacio negando cualquier rumor.
Aunque la familia real no tiene consejeros para estos casos, en ocasiones se pide asesoría a expertos como Richard Attenborough (el director de "Gandhi"), y Niegel Neilson, quien antes fue ayudante de Onassis.
Las relaciones de la corona y la televisión británica son curiosas, porque sólo hay dos periodistas acreditados ante el Palacio de Buckingham: uno de la BBC y otro por la cadena independiente. Cuando quieren entrevistar a uno de estos personajes, envían las preguntas y sólo en contadas ocasiones, el Palacio se toma la reserva de aprobar o no el material que será utilizado. Hay una atmósfera de respeto que jamás ha sido quebrantada por la televisión. Pero en cambio algunos vespertinos londinenses gozan explotando noticias sensacionalistas sobre la familia real. En estos casos, Buckingham responde por medio de un vocero con una frase lacónica: "sin comentarios".
La reina Isabel II, durante sus 33 años de ejercer la corona, ha sido la persona que más ha facilitado el acceso de las cámaras a su mundo privado y en ocasiones sorprendiendo a todos como en junio de 1953, cuando fue coronada y sin atender los consejos de Winston Churchill dejó que la televisión mostrara al mundo cómo era una ceremonia de estas por primera vez.
En 1969, se emitió un documental de la BBC que mostraba el resultado de un año de trabajo por parte de un equipo: la familia real haciendo lo mismo que cualquier familia normal, comiendo, jugando sin sus uniformes ni joyas, haciendo bromas, con la reina preparando una ensalada y el marido asando un pedazo de carne en una parrilla. Tuvo un éxito increíble.
En 1977 la reina decidió que ese año, el de su jubileo, debía ser activo y, por supuesto, mostrado en televisión. Viajó a muchas ciudades dentro y fuera del país, con un equipo de televisión muy cerca, hablando con la gente, comiendo platos populares, y a partir de ese programa los televidentes británicos entendieron que habían logrado darle un contorno más humano a sus monarcas, pero sin que estos perdieran su magia ni su dignidad.
Como dice John Pearson en su libro The Selling of the Royal Family, la familia real británica usa la televisión para mostrar que sus integrantes son modernos, que están con la época, pero que al mismo tiempo guardan cierta distancia con el fin de que sus súbditos mantengan la fantasía necesaria.




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