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| 12/5/1983 12:00:00 AM

SU PESO EN ORO

Millonarias sumas se mueven detras del Concurso de Cartagena y al lado de las mágicas cifras 90-60-90 lo que más cuenta es el signo pesos

Colombia cultiva flores y café, lo mismo que mitos. Las reinas de belleza son uno de ellos y aunque en París y Tokio hay reinados, en ninguna parte como en Colombia una muchacha común y corriente, por la sola virtud de su atractivo físico, provoca tal conmoción nacional que ni el propio Ejecutivo, ni instituciones como el Senado son ajenos a ella. Muchos recuerdan el año 57, cuando el general Gabriel París, presidente de la Junta Militar, asistió a la coronación de Doris Gil Santamaría. En 1972, la reina María Luisa Lignarolo, Maku, decía que desde el Presidente de la República, hasta el Congreso y la gente más seria, acababa por rendir grotesca reverencia a las soberanas. "Lo tocan a uno como si tocaran a Dios" decía en 1968 María Victoria Uribe, "la candidata de cabellos cortos e ideas largas" que arremetió como ninguna lo había hecho antes contra el concurso. Años después, mientras la nueva reina nacional daba la vuelta al ruedo, cetro en mano y con la corona débilmente agarrada con dos ganchos que una compañera había pescado entre su majestuoso molio, una de las derrotadas lloraba desconsolada tras bambalinas.
Mientras el rimmel le diseñaba surcos negros en su densa capa de base, quien encabezaba la comitiva la reganaba diciendo: "Ves? Perdimos porque no te dio la gana sonreir a los del Jurado. Con esa cara de puño...no era para menos". Doris Beltrán, representante por Cundinamarca en 1976 y quien quedara de virreina, dice: "Es el reinado de la simpatía. Hay que reír todo el día, aunque uno tenga los pies hinchados como suele pasarnos a las cachacas".
A pesar de que las reinas se desayunan con tostadas y café, de que les va mal en cálculo y física, de que se les hinchan los pies y se insolan como todos los mortales, anualmente el país asiste embobado a la construcción de un nuevo y escultural mito nacional traducido en la ya consagrada regla de oro: 90-60-90. En realidad, las reinas no son las unicas culpables de la mitificación, sino un país que, no se sabe por que atavismo ancestral, sucumbe ante los fuegos de artificio de un par de protuberantes razones, unas piernas bien formadas y un dérriere ondulantemente administrado. Cada año, en un ritual siempre repetido y orquestado por los medios de comunicación, candidatas en bikini ilustran las carátulas de revistas y magazines, y saturan de información no solamente las páginas femeninas.
Grandes dosis de torsos, piernas y traseros desplazan, inclusive, noticias de las primeras planas y comparten espacio y titulares con los más serios problemas políticos y económicos.
Una encuesta realizada recientemente por la empresa Marketing Data entre 1.200 familias revela que el 85% de las mujeres de los sectores urbanos son fieles seguidoras del reinado de belleza, y se sabe que, en el caso de las revistas, éstas llegan hasta a triplicar su tiraje durante la época del concurso.
Así como diciembre llega anunciado por villancicos, noviembre despunta siempre con las participantes en el Concurso Nacional de Belleza. Docenas de entrevistas revelan a acuciosas reporteras tendiéndoles solapada trampa a las candidatas, inexpertas jóvenes que han pasado, en pocas semanas, de los uniformes escolares de cuadritos a atrevidos vestidos de baño y trajes de escotes reveladores:"Reina ¿sabe qué es la OPEP?", "Reina, ¿qué opina sobre la guerra del Líbano?", "Reina, ¿qué piensa de las relaciones prematrimoniales? "...Ellas, las candidatas, haciendo caso omiso del consejo del recalcitrante machista francés que decía "¡Se bella y cállate!", contestan lo que se les viene a la cabeza, como aquella que, a una pregunta sobre la sigatoka negra, respondió con la mejor de sus sonrisas: "es un baile de origen africano".
Con su larga cabellera ondulando al vaivén de la brisa, y quizás sin saberlo, corroboraba así la tesis del misógino Schopenhauer.
DE PIÑATA A CARNAVAL
Una carta del presidente del jurado de belleza mundial, con sede en París, Maurice Waleffe, llegó a Colombia en 1932 invitándola a participar en el evento internacional. Cientos de señoritas, y de señoras también, inscribieron sus nombres en las oficinas de los periódicos locales y enviaron el requisito que se les exigía: una fotografía que sólo se podía publicar con autorización de la aspirante y de sus padres. Lejos estaban aún los tiempos de los bikinis, los desfiles, los despliegues publicitarios y el destape.
Los jurados se hacían presentes en las casas de las inscritas para juzgar "en vivo y en directo" las cualidades de las candidatas y elegir a la representante de cada departamento. En esa oportunidad, habría de protagonizarse el primer mini-escándalo: Margot Manotas, señorita Atlántico, permitió la publicación en El Tiempo de una foto suya en una pose que fue calificada de atrevida: los hombros desnudos y las dos manos sosteniendo tímidamente sobre el pecho apenas insinuado algo que bien podía ser una toalla.
Aun cuando este año se celebran los 50 años de existencia del reinado, sólo han sido coronadas 30 reinas, porque el concurso se celebró bienalmente durante una época y porque, además, fue interrumpido durante 13 años. El conflicto armado con el Perú obligó a posponer el primer reinado programado para noviembre de 1933, hasta los primeros días del año siguiente, cuando resultó elegida la representante de Bolívar, Yolanda Emiliani Román. Los jurados, Germán Zea, Felipe Lleras Camargo y Darío Echandía tuvieron que conformarse con examinar discretamente algo de los tobillos y las pequeñas y níveas muestras que dejaban ver los escotes de entonces. Trece años más tarde, el segundo reinado le dio la corona a Piedad Gómez Román, otra cartagenera. Durante varios años el concurso fue como un baile de debutantes en el "corralito de piedra", casi exclusivo de la alta sociedad cartagenera. No pasaba de ser un evento social, más parecido a una piñata que al carnaval que es ahora, en el cual las reinas y sus comitivas de parientes, chaperonas y edecanes se paseaban por playas y piscinas con unos recatados vestidos de baño que cubrían prácticamente hasta la mitad del muslo, y después se sentaban a contemplar espectáculos de circo y fuego artificiales.
Mucha agua ha pasado por debajo de los puentes desde que se iniciara el concurso nacional, y aunque se ha dado relativa apertura y se ha convertido en el evento central de las fiestas conmemorativas de la independencia de Cartagena, no se ha podido ocultar su carácter discriminatorio, a pesar de los esfuerzos de los organizadores para tender una cortina de humo sobre el tema. Así lo afirmaba en 1974, tal vez sin proponérselo, Edna Margarita Rudd Lucena cuando decía sin que se le moviera un pelo de su enlacado moño: "El reinado nacional es para las muchachas de clase alta. Para las niñitas del nivel de vendedoras del Ley, están reinados como el de la yuca".
BAJO EL SIGNO PESOS
Detrás de las reinas se mueven toda suerte de intereses económicos. La belleza no se mide sólo en centímetros. Al lado de las mágicas cifras 90-60-90, lo que más cuenta es el signo pesos.
Como en una furia de feria, con dos meses de anticipación en el mejor de los casos, los comités departamentales que eligen las reinas (generalmente están compuestos por alcaldes, concejales, diputados y empresarios locales) comienzan a preparar el viaje de la candidata a Cartagena que, por lo general, es financiado en forma conjunta por los fiscos departamentales y la empresa privada. Sin embargo , se ha podido establecer que en los últimos años cada vez más los departamentos participan menos en la financiación de las participantes y cobra mayor peso la fortuna familiar de las mismas. En el actual concurso, por ejemplo, dos casos opuestos los constituyen los de las representantes de Bogotá y Territorios Nacionales. Mientras en la primera su familia ha invertido cerca de dos millones de pesos y la Alcaldía sólo le da un aporte de 400 mil pesos y 500 camisetas impresas, la segunda viaja financiada enteramente con dineros oficiales: cerca de dos y medio millones de pesos, según datos de la misma candidata.
Por otro lado, por falta de recursos, Córdoba no participa este año, mientras que Sucre prometió 300 mil pesos a su candidata, a pesar de que el pago de sueldos a los maestros está atrasado.
Juan Claudio Morales, banquero y financista, convertido desde hace algunos años en una especie de promotor y gerente ad hoc de reinas, sostiene que "la parte económica define el 70% del concurso". Peso decisivo en la elección de la reina juega su presentación personal y su ajuar: 15 pares de zapatos en promedio, más de 20 vestidos de calle, 6 o más trajes de coctel, tres disfraces o vestidos de fantasía, el vestido de coronación, carteras, sombreros y otros accesorios pueden sumar, según estimativos de personas conocedoras del certamen, entre 1 y 5 millones de pesos. En plata blanca, para que una candidata pueda ir en condiciones de competitividad, no son suficientes sus buenas medidas, sino básicamente unas buenas chequeras que respalden el promedio de tres millones de pesos que requiere una representación decorosa. Mientras más alambicado y más pepitas de colores, plumas y lentejuelas tengan los vestidos de fantasía son más caros. Se calcula que sus costos oscilan entre 150 y 400 mil pesos, mientras que el de coronación, según el grado de sofisticación, el diseñador, el material y la cantidad de "perendengues" que lleve, puede estar entre los 250 y los 500 mil pesos.
"Siempre le dan más atención a la candidata más lujosa. Por eso quienes vamos con vestidos sin muchas pretensiones y comitivas discretas, llegamos ya con puntos en contra" dijo una candidata cuyo nombre pidió no ser revelado. De ahí que Doris Beltrán aconseje nutridas comitivas a las participantes, porque "yo llevé una comitiva muy exclusiva, mientras que Aura María Mojica llenó el teatro. Si yo hubiera ganado, me hubieran linchado todos los vallunos".

Emiro González, conocido estilista sincelejano, veterano de muchos reinados y consentido de algunas reinas afirma que "antes el reinado era un festival folklórico. Ahora es un evento comercial que sólo beneficia a organizadores y patrocinadores". Recoge así el eco de lo que en 1968 dijera la "Toya" Uribe, la anti-reina que organizó un motín a bordo del concurso: "las candidátas sólo importan en la medida en que sean útiles para vender ciertos productos comerciales". Sin embargo, estas afirmaciones, como la de Makú que decía que "hay que estar conscientes del sentido comercial del reinado" no son, ni mucho menos, opiniones compartidas por la mayoría de las candidatas que han ido al concurso. Para ellas, si éste no significa tanto como un sueño, al menos consideran que es una experiencia interesante y una buena ocasión para divertirse. "Mi reinado fue una experiencia linda que me ayudó a madurar", decía recientemente Julie Pauline Saénz en un progama de TV, antes de entregar la corona.
Pero, en el fondo, la gran mayoría piensa que puede ser "la oportunidad" de su vida. Después de los reinados, muchas de ellas ingresan al mundo del modelaje y la publicidad, otras logran puestos bien remunerados de relacionistas públicas en la empresa privada y algunas, las menos, terminan vinculándose a campañas políticas, sin olvidar que se da el caso de una que hoy disfruta un puesto diplomático que muchos envidiarían. No se puede desconocer que, al menos por un tiempo, la vitrina del reinado saca del anonimato a muchas jóvenes y que a muchas les ha pasado lo que a Doris Beltrán: "esa imagen me ha ayudado mucho y desde que terminé el reinado se me han abierto las puertas". "Bien administrado, es un negociazo ser señorita Colombia" decía María Victoria Uribe en su momento. Este año, por ejemplo, la reina firmará un contrato exclusivo con Max Factor, la firma que, además, se encargará de prepararla para el concurso de Miss Universo. Aparte de eso, la nueva soberana recibirá jugosos premios en joyas, viajes, ropa...
Un slogan. "Max Factor llena de color a Cartagena", ha puesto su sello en el actual reinado, a través de 140 estandartes colocados en estratégicos sitios de la ciudad. La firma ha invertido 15 millones de pesos, el doble que el año pasado, en propaganda de radio, prensa y TV., y en 500 kilos de maquillaje de todas las texturas y colores que los expertos contratados por la empresa esparcirán suavemente sobre los rostros de las reinas. Otras empresas se vinculan también al reinado que tiene mucho de negocio y mucho de espectáculo y que la Empresa de Turismo promueve, porque hoteles, restaurantes, aerolíneas y empresas de transporte público se benefician con el evento, para no citar a la licorera departamental que saca al mercado ríos de ron y aguardiente a un promedio de mil pesos la botella.
"Lo malo, ve, dice una cartagenera, es que cuando se acaban las fiestas, los precios no vuelven a bajá y eso es una vaina".
El reinado que, cada vez más, ha quedado reducido a bailes y eventos especiales en hoteles y clubes exclusivos, se encarece para las candidatas aún más por este concepto. Las boletas de los diferentes bailes en esta ocasión son escandalosas, teniendo en cuenta que no incluyen consumo alguno: $2.500 persona para el baile del Club Unión, $6.000 pareja para el del Naval y $3.000 persona para cada uno de los tres que se celebran en el Club Cartagena. La boleta de entrada al Centro de Convenciones el día de la coronación cuesta $3.000 y $2.000 la del desfile en vestido de baño en el Hilton. "El pueblo no participa en el reinado y eso es deprimente. Pero es más triste saber que el reinado se desarrolla en clubes particulares frívolos y superficiales, donde gentes que uno supone de cierto nivel darían cualquier cosa por posar junto a una reina" decía Maku un año después de su experiencia como señorita Colombia. La manera como las participantes se integran al pueblo, que en Cartagena se divierte por su cuenta y con su propia reina, "es en los desfiles de carrozas y balleneras, o en el baile de rigor con un voluntario en una tarima a la llegada del aeropuerto, o en las fotos en la playa con los negritos", dice Emiro quien también critica a los organizadores, que obligan a las candidatas a soportar pacientemente en sus carrozas, horas enteras al rayo del sol. Mientras ellas reparten besos, la fuerza pública reparte bolillo. Muchas llegan como camarones, rojas, prácticamente insoladas y con los pies a punto de explotar, cuando no quemadas por los buscapiés que les arrojan entusiastas irresponsables alentados por el alcohol.
El encanto no desaparece, sin embargo. Cada año se repite el evento, el mismo ceremonial de sonrisas y quiebres de cadera, la misma aspiración por una barroca corona metálica y un cetro que ya todas quisieran que fuera, más bien, varita mágica. Tan rápido como llega se esfuma, dejando una que otra lágrima de felicidad de la ganadora, copioso llanto de algunas de las que salen del ring y los bolsillos vacios de las familias que enfilaron todas sus baterías para que, paradójicamente, su hija fuera reina de la República.

EN PANTALLA
RCN es la programadora de TV que realiza la transmisión del consurso a todo el país. Viene haciéndolo desde hace 4 años, cuando el color ya había hecho irrupción en la pantalla chica colombiana.
Para la transmisión del concurso, la programadora desplazó la unidad móvil y 121 personas entre camarógrafos, auxiliares, ingenieros, luminotécnicos, sonidistas, productores, coordinadores.
Se pagaron 5 millones de pesos por derechos de transmisión, un 15% más que el año pasado. Esta comprende 9 horas en total y cubre eventos de diferente índole: desde el destile de carrozas y de balleneras, hasta la presentación en traje de baño en el hotel Hilton y la noche de coronación. El costo total del cubrimiento del evento, afirman directivos de RCN consultados por SEMANA, asciende a 25 millones de pesos. Esta cífra incluye cerca de dos millones pagados a inravisión por concepto de servicios técnicos y arrendamiento de espacios, lo mismo que el costo de la noche de coronación: un millón de pesos por alquiler del Centro de Convenciones, un millón 400 mil en escenogratia y, tal vez cífra récord pagada a cantante alguno en este certamen, 20 mil dólares al español José Luis Perales.
La pauta publicitaria prevista alcanza a cubrir la inversión y deja un margen de utilidad, dato que no fue posible obtener. "Todo depende, afirma Darío Rosemberg, el jefe de producción de RCN, de la negociación de los comerciales, de acuerdo con el número de cupos y de cómo se venden los distintos horarios". SEMANA pudo establecer posteriormente que la programadora vendió cupos de publicidad por dos millones de pesos, lo cual incluye 10 minutos de cuñas en todos los tiempos, distribuidos en los diferentes eventos del consurso. Se calcula que un minuto de pauta en la noche de coronación bien puede costar entre 450 y 500 mil pesos y que será visto por más de 12 millones de colombianos.
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