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| 4/9/2011 12:00:00 AM

También se equivocan

Un nuevo libro demuestra lo poco acertados que son los especialistas al pronosticar el futuro. La gente, a pesar de esto, sigue creyendo firmemente en ellos.

Cuando Irving Fisher, un reconocido profesor de Economía de la Universidad de Yale, afirmó en 1929 que las acciones de la bolsa no caerían, nunca llegó a imaginarse que su reputación quedaría en el piso días después, cuando estalló la Gran Depresión en Estados Unidos y Wall Street se derrumbó. Como el de Fisher, son incontables los casos de expertos que han lanzado predicciones sobre la economía, la política, la tecnología, y terminaron siendo el hazmerreír de todo el mundo. En un libro publicado recientemente, titulado Future Babble (Balbucear el futuro), se ofrece una mirada crítica sobre el rol de los eruditos al imaginar el porvenir. Lo curioso es que concluye, con base en datos históricos y estudios psicológicos, que a pesar de la frecuencia con la que los pronósticos resultan descabellados, las personas siguen necesitándolos, y, lo que es más, creyendo en ellos.

El autor es Dan Gardner, periodista y escritor canadiense que tomó como punto de partida una investigación realizada a principios de la década de los ochenta por el psicólogo Philip Tetlock, de la Universidad de California. Este profesor recopiló cerca de 28.000 predicciones hechas por unos 300 expertos, entre los que se encontraban politólogos, economistas y periodistas dedicados a prever el futuro desde su especialidad. Al finalizar el experimento, los resultados fueron asombrosos. El científico concluyó que los sabios de la muestra "hubieran sido derrotados hasta por un chimpancé. Sus predicciones fueron peor o igual de acertadas que las hechas por cualquiera".

A principios del siglo XX, por ejemplo, los expertos tenían una visión progresista y pacifista del mundo. Uno de ellos fue el historiador británico G.P. Gooch, quien declaró en 1911 que muy pronto llegaría el momento en que las guerras entre naciones civilizadas fueran "tan anticuadas como un duelo a muerte entre dos personas?. Tres años después estalló la Primera Guerra Mundial. Y cien años después, los conflictos están muy lejos de desaparecer.

Los errores más frecuentes de los expertos vaticinadores se dan cuando anuncian desastres naturales o recomiendan productos para el consumo. En 1968, el biólogo Paul Ehrlich predijo en su libro The Population Bomb que la tasa de mortalidad anual en el mundo sería de al menos 200 millones de personas durante los siguientes diez años. Esa visión catastrófica nunca se hizo realidad.

Cuenta también Gardner que más de cincuenta economistas estadounidenses fueron consultados por la revista BusinessWeek para su edición de predicciones de 2008. Ninguno creía en la posibilidad de la caída de la economía. A pesar de haber fallado rotundamente en sus pronósticos, un año después la misma publicación los volvió a consultar para que especularan sobre el futuro económico.

Aunque los resultados de Tetlock fueron contundentes, su estudio también encontró que no todos los especialistas están en un mismo nivel y hay unos peores que otros. Por un lado están aquellos de mente cerrada, que se basan en su propia opinión y conocimientos para hacer sus predicciones y, por consiguiente, son los menos acertados. Por otra parte, están quienes son más objetivos y humildes, consultan varias fuentes, saben que el futuro es incierto y lanzan pronósticos reservados. Estos son los que tienen más éxito con sus vaticinios. Para Gardner, sin embargo, estos aciertos se deben más a la suerte que a otro factor.

Un reciente estudio publicado en el Journal of Consumer Research corrobora que ser experto es una espada de doble filo, tal y como concluye Tetlock en su investigación. El documento demuestra que el peso de la responsabilidad que estos analistas cargan sobre sus hombros y el exceso de confianza hacen que la memoria les falle y se equivoquen en repetidas ocasiones.

La razón por la cual se sigue escuchando a los mismos especialistas, a pesar de sus errores, se debe a su popularidad, pero, según el estudio de Tetlock, "existe una relación inversamente proporcional entre la fama del experto y la precisión de sus predicciones", explicó Gardner a SEMANA. La gran diferencia entre los más reconocidos y los de bajo perfil no es su bandera política ni su psicología optimista o pesimista, sino su forma de analizar las cosas.

Para Gardner, los humanos quieren sentir que tienen control sobre las cosas, como una necesidad psicológica. Parte de ese control es saber qué pasará el día de mañana. Por eso, parece racional que las personas crean en las predicciones que hace un PhD, pues no están acudiendo a pronósticos basados en dogmas religiosos o ciencias metafísicas para conocer qué deparará el futuro. Pero debería dejarse un espacio para la duda y no asumir los pronósticos como verdades absolutas. "No importa qué tan inteligentes sean las personas, todas pueden cometer errores garrafales. Un gran avance sería que dejaran de creer ciegamente en lo que los especialistas afirman y aceptar que la realidad es fundamentalmente impredecible", dice Gardner. Todo lo anterior puede resumirse en la frase que dijo el científico danés Niels Bohr, condecorado con el Premio Nobel de Física en 1922: "Predecir es muy difícil, especialmente si se trata del futuro".
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