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| 8/11/2007 12:00:00 AM

Tan igualados

Los papás están aterrados con el lenguaje, la forma de vestir y la falta de respeto de sus hijos. Los expertos recomiendan qué hacer.

Si Beatriz le hubiese dicho a su mamá lo que su hija le respondió el otro día, no estaría contando este cuento. Hace poco, ella estaba tratando de hacer funcionar una de las aplicaciones del computador, pero al ver que no lo lograba, le pidió ayuda a su hija Juliana, de 13 años, la menor de la casa. La joven llegó al estudio brava porque le había tocado colgar el teléfono, y con rabia le dijo a Beatriz:

"Ay ma, multiplícate por cero". A Beatriz, que ya había escuchado todo tipo de frases como "minimízate" o "pinta un bosque y piérdete", le pareció que esto ya era el colmo. "A mí me dicen que hay que entender a la juventud, pero creo que la juventud está loca", dice desconsolada. A ella no le dejaban decir una mala palabra, ni revirar y le exigían siempre mirar a sus papás cuando ellos le hablaran, en señal de respeto. Pero con Juliana la cosa es diferente. Cuestiona lo que le dicen, es agresiva y usa un vocabulario que denota desprecio.

"Alegan, refutan, y no los calla nadie", agrega Beatriz. El caso de Sofía es similar. Sebastián, su hijo adolescente de 14 años, le dijo un día en medio de un regaño: "mami, creo que tu neurona está apagada". Y en donde los Martínez no salen de su asombro cuando su hijo Jorge Mario saluda a sus amigos con un "hola marica" y ellos le responden "qué más güevón. Qué les cuesta decir hola, ¿cómo estás?", dice Marthica, su mamá, otra de las tantas aterradas con el comportamiento de la juventud.

Los malos modales, la falta de respeto y el vocabulario son hoy una permanente fuente de preocupación de los padres que tienen hijos adolescentes. El conflicto surge porque no saben qué hacer, si exigirles como lo hicieron hace unas décadas sus padres, o dar mayor libertad para no perder su afecto, la comunicación, o traumatizarlos. La mayoría viene de hogares en donde primaban las relaciones verticales, pues la autoridad eran los padres y las decisiones que ellos tomaban debían ser acatadas sin cuestionamientos. Romper estas reglas era un acto de desobediencia que merecía castigo, y hablar de tú a tú era, como dicen hoy, ser un igualado. Ahora les ha tocado educar a sus hijos en un ambiente de mayor libertad en el que las relaciones son menos jerárquicas.

"Ellos lo interpretan como desobediencia, pero lo cierto es que con la democratización de la sociedad y la conciencia sobre la libertad de expresión, se han generado relaciones más horizontales", dice María Elena López, sicóloga y coautora del libro Cómo lidiar con los adolescentes.

El resultado es un miedo que hace añorar los viejos tiempos. "Muchos creen que la solución es volver a la Urbanidad de Carreño", dice la socióloga Marina Camargo. De hecho, en las reuniones preliminares del Plan Decenal de Educación, para plantear los lineamientos de la educación salió a flote la importancia de recuperar en el colegio este tipo de valores, buenas costumbres y normas de protocolo que enseñaba este manual. Porque así como en las casas, en el colegio y en las universidades más de un profesor se siente abrumado con la actitud de los jóvenes. Stella Páez dicta clases en la facultad de derecho de la Universidad Santo Tomás y cuenta que un día, uno de los primíparos, sin mediar palabra, se quitó la camisa en medio de su clase. Cuando ella le preguntó qué le pasaba, el muchacho contestó tranquilamente: "Ay, profe, es que está haciendo mucho calor". Ella le pidió que se saliera de clase y se refrescara, no sin antes advertirle que lo que acababa de hacer era una falta de respeto con ella y con sus compañeros. Como Stella, muchos educadores y padres se preguntan cuál es el límite.

Que hoy las relaciones entre los jóvenes y sus padres sean más horizontales no es malo, aunque sí les exige más a los padres. Para Marina Camargo, los jóvenes de hoy se han liberado de ciertos tabúes y tienen relaciones más transparentes con sus padres, pero si ellos no están preparados, eso se les puede convertir en un problema, pues muchos en lugar de ver una discusión, lo interpretan como grosería. Para María Elena López es bueno que los jóvenes tengan opiniones, criterio y otros puntos de referencia diferentes a los de los padres. Pero tampoco cree que la solución sea volverse amigos de ellos, pues los jóvenes en esa edad, más que nunca, necesitan de la guía de sus padres. "No hemos encontrado el punto medio. Pasamos del esquema autoritario y aún no sabemos entendernos con el joven en un plano más equitativo pero conservando la autoridad", dice López. Por esto, todo lo que el adolescente dice suena a irrespeto, irreverencia o transgresión.

Una de las propuestas consignadas en el Plan Decenal de Educación que se firmó la semana pasada busca una solución al problema de la autoridad mediante una mayor presencia de los padres en el colegio, incluso al punto de que tengan que asistir a ciertas clases para que aprendan acerca del proceso de desarrollo de los pequeños, y de las problemáticas que puedan surgir, como por ejemplo, la hiperactividad. En el caso de los jóvenes también se necesitaría un aprendizaje, pues las dinámicas de un joven hoy son diferentes a las de antes.

"Ellos prefieren aprender de manera vivencial, y en este sentido la enseñanza está anquilosada. Tanto a los profesores como a los padres les cuesta trabajo ver los cambios y por eso prefieren volver a lo de antes, cuando lo que deberían hacer es actualizarse para saber qué responder", afirma Camargo. La importancia del trabajo conjunto entre escuela y casa ayudaría a evitar esas contradicciones como la del niño al que se le exige disciplina y respeto en el aula, pero no en la casa, o viceversa. Isabel Londoño, experta en educación, piensa que quienes más tienen que aprender son los padres. El niño tiene derecho a cuestionarlo todo, pues en esa etapa es lo natural. "Si estamos tratando de construir una democracia en las calles, lo lógico es que también exista en el hogar y eso implica que todos pueden hablar", dice. En la adolescencia ellos se definen por oposición y los adultos deben aceptarlo como una búsqueda de su propia identidad y no como una ofensa personal.

Los expertos opinan que el lenguaje siempre está en constante cambio y que lo que suena ofensivo para los padres, para ellos puede ser cariñoso. Esto no quiere decir que se baje la guardia. Hay que estar atento, pues si bien el lenguaje y ciertos comportamientos aislados no son preocupantes, sí pueden ser indicio de problemas cuando vienen asociados a otros hábitos (ver recuadro). Que el pelo largo, los pantalones caídos, el lenguaje, el desorden, la crítica hacia los padres, deberían ser tomadas por ellos de manera más ligera, pues como lo dice, López "en esta etapa la regla de oro es que mientras menos batallas se libren, mejor, porque probablemente habrá que lidiar unas más grandes".
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