Martes, 24 de enero de 2017

| 2003/01/06 00:00

Tecnología 007

En el Museo Internacional del Espionaje, con sede en Washington, es posible ver qué es real y qué es ficticio en el universo de James Bond.

Tecnología 007

El agente 007 cumple 40 años y para festejarlo por lo alto se estrenó Otro día para morir, su película número 20. La celebración de estas cuatro décadas ha despertado un gran interés entre sus se- guidores, que ya son de varias generaciones. Hasta tal punto llega la fiebre que el Museo de Ciencia de Londres inauguró recientemente una sala dedicada al detective más famoso de la pantalla grande. Esta exhibición, que estará abierta hasta finales de abril de este año, muestra imágenes de las películas, sus libretos y la ropa de los personajes. Además recrea las oficinas del agente M (que actualmente es una mujer), quien le asigna todas sus misiones, y la del agente Q. Es precisamente este uno de los mayores atractivos del museo, pues Q es el científico que se ha encargado de inventarle a James Bond todos los dispositivos que le permiten salir sano y salvo de situaciones muy complicadas. Los seguidores de la saga de James Bond recuerdan, por ejemplo, el Aston Martin deportivo que utilizó el superagente en sus primeras películas. Este vehículo estaba dotado de un eyector en la silla del acompañante y un radar, entre muchos otros dispositivos. Luego James Bond se valió de relojes y estilógrafos explosivos, minicámaras de fotografía -una de ellas oculta en un anillo-, el 'jet-pack', un anillo que emite radiación de alta frecuencia capaz de pulverizar vidrios a prueba de balas; lanchas de alta velocidad, algunas de ellas capaces de circular por las calles; el teléfono celular que también funciona como control remoto del BMW descapotable; el hoy vetusto y muy divertido maletín de ejecutivo que disimulaba un enorme magnetófono de cinta de carrete abierto; otro maletín con toda suerte de armamento, desde un cuchillo hasta explosivos? Aunque toda esta tecnología ha puesto a soñar a varias generaciones, a quienes están metidos de lleno en el tema del espionaje sólo les produce risa. "En la vida real James Bond no sobreviviría ni cuatro minutos", señala Keith Melton, experto coleccionista que ayudó a conseguir el material que se exhibe en el Museo Internacional de Espionaje, con sede en Washington. A diferencia de Bond, que parece divertirse mucho con mujeres y persecuciones en los escenarios más glamorosos del mundo, los espías de verdad pasan la mayor parte de su tiempo reclutando informantes. "Los espías no se matan entre sí, agrega Melton. El espionaje termina cuando se empuña un arma". Muchas de las profecías que aventuraron las películas de Bond, en efecto, jamás se hicieron realidad (ver recuadro). Sin embargo la frontera entre la ficción que venden Bond, sus chicas y sus villanos muchas veces coincide con la sórdida realidad de los espías que se pasan meses enteros en una buhardilla apestosa en espera de un dato y redactando tediosos informes a sus superiores. Como señala David Rooney, experto en tecnología del Museo de la Ciencia de Londres, "el 'scanner' de retina que apareció en 'El mundo no es suficiente' (1999) ya está a la venta. En cambio el sistema modificador de voz que utilizó Sean Connery en 'Los diamantes son eternos' (1971) es aun hoy en día impensable". El Aston Martin que Connery conducía en Goldfinger (1964) poseía un radar. "Hoy en día existen vehículos con equipos de navegación", señala Lenton, comisario de la muestra londinense. El propio Ian Fleming, creador del personaje literario de James Bond, lo explica así: "Mis tramas son inventadas, aunque a menudo basadas en la realidad. Van más allá de lo probable pero no de lo posible". Algunos de los inventos que utiliza Bond también pertenecen a la dotación de un espía de la vida real, y varios de ellos están exhibidos en el museo. Quienes han visto la gama de relojes-cámara que estrena Bond en cada nueva película seguramente se admirarán con el Steineck de pulsera, fabricado en Alemania en 1949, y que a los espías les permitía tomar hasta cinco fotos mientras simulaban que miraban la hora. El muy célebre zapato-teléfono de Maxwell Smart, el Super agente 86, está inspirado en un zapato transmisor que desarrolló la KGB y que permitía grabar conversaciones gracias a un dispositivo de baterías, cables y micrófono disimulado en el tacón. Los rusos también utilizaron un dispositivo propio de películas de acción. Es el llamado 'Beso de la muerte', un lápiz labial que disparaba una bala de 4,5 milímetros de calibre. En el museo también se exhiben fotos de la París recién ocupada por los nazis que tomaron palomas mensajeras con cámaras automáticas atadas al vientre. La Stasi (policía secreta de la antigua Alemania Democrática) desarrolló una cámara capaz de tomar fotos detrás de las paredes y que utilizaban en los hoteles para vigilar a sospechosos de conspirar contra el comunismo internacional. Un abrigo con una cámara escondida en un falso botón es otra creación soviética de los años 60 y que todavía se utiliza. En el departamento de las armas del museo de Washington se encuentran pistolas que disparaban cartuchos con gases letales (por ejemplo ácido prúsico, capaz de matar a una persona en pocos segundos); píldoras L, que los espías se tomaban cuando los capturaban y morían antes de que tuvieran tiempo de sacarles información; el kit de carbón explosivo, un dispositivo cargado de explosivos plásticos que se deja entre el carbón que se utilizará como combustible en el buque o la locomotora que se intente destruir. Sin embargo los curadores del museo de Washington reconocen la importancia de los aportes de los espías de ficción, hasta el punto de que una de las salas está dedicada a estos objetos y tal vez su tesoro más preciado sea el Aston Martin de 007. Ficción y realidad se dan la mano en el Museo Internacional del Espionaje de Washington. En el fondo las tareas que desempeñan los espías de ficción son las mismas que adelantan en la CIA, MI6 y la antigua KGB. Así los espías de verdad no brinden con martini dry 'mezclado pero no revuelto' y jamás exhiban su pinta de supermachos en un BMW convertible por las carreteras de la Riviera Francesa.

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