Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/03/24 00:00

Telaraña solar

Un estudio sugiere que los municipios del altiplano cundiboyacense fueron fundados con base en los movimientos del sol.

Cuando se mira un mapa de las ciudades y pueblos de Cundinamarca y Boyacá la primera impresión que se tiene es la de un aparente caos. Parecen fundados de manera aislada, a la orilla de un río, colgados de una ladera? Sin embargo el arquitecto Camilo Avila hizo un hallazgo sorprendente. Por lo menos 92 municipios del altiplano cundiboyacense están alineados de acuerdo con el movimiento aparente del sol en los solsticios de verano (21 de junio) e invierno (21 de diciembre) y el día en que pasa por su cenit. Además, en muchos de estos municipios, varios accidentes topográficos señalan los puntos por donde aparece y se acuesta el sol en estas fechas.

Por ejemplo, si el 21 de diciembre una persona sale de La Calera siguiendo su propia sombra llega a Usaquén, y si hace lo mismo el 21 de junio llega a El Rosal. Y así decenas de ejemplos más. Avila, la antropóloga Saskia Lokkhaart y sus colaboradores Juan Ricardo Aparicio y María del Pilar Mejía (también antropólogos), han recorrido el altiplano armados con un GPS (instrumento de gran precisión que determina las coordenadas geográficas) y han descubierto esta fascinante red.

A partir de este hallazgo han formulado un proyecto que busca no sólo corroborar estos datos sino también replantear el ordenamiento del territorio con una nueva mirada.

Esta historia comenzó a mediados de los años 80. "En la Sierra Nevada de Santa Marta, recuerda Avila, encontré una muy cercana relación entre diversos elementos de Ciudad Perdida con la dirección del sol durante los solsticios y el día de su paso por el cenit". A partir de entonces imaginó que el mito de El Dorado no era un asunto de tesoros materiales sino una gran metáfora que relacionaba lo social, el territorio y la astronomía. Años después, en la zona de Villa de Leiva, encontró que la línea que une el observatorio indígena de El Infiernito con el atrio de la iglesia de Sutamerchán, paralela a la línea Chíquiza-Sáchica, coincide con la trayectoria aparente del sol en los solsticios. El físico Benjamín Oostra, de la Universidad de los Andes, corroboró matemáticamente la conjetura. Gracias al aporte de Saskia esta intuición se convirtió en un proyecto que cuenta con el aval de la Universidad de los Andes y el apoyo económico de la embajada de los Países Bajos, la Gobernación de Cundinamarca, el Convenio Andrés Bello y la CAR.

Para ellos esta unidad geográfica basada en los movimientos del sol y su relación con la topografía sirve como una gran metáfora para que las comunidades se relacionen con su entorno de una manera más vivencial. "Antes existía un grupo humano grande organizado bajo un mismo sol. Hoy existen muchos grupos pequeños, aislados, que los mueve el signo pesos", sostiene Avila. Muchas veces la educación ambiental se basa en percepciones abstractas que son ajenas a la gente y ellos consideran que si aprovechan estas relaciones tan precisas pueden lograr un sentido de pertenencia mucho más profundo de las comunidades con su entorno. "Es un aporte en varios niveles. Uno muy subjetivo, basado en la experiencia, que une la vida cotidiana con el territorio que lo rodea. A nivel social, el individuo no se siente como un ser aislado sino como el resultado de un proceso. A nivel práctico, permite construir un discurso propio acerca del territorio, la conservación y el uso adecuado de los recursos naturales, sostiene Saskia. Se puede lograr una percepción del mundo en la que cultura y paisaje no son antagonistas sino que están entrelazados". Y lo complementa Avila: "El verdadero Dorado no está en los museos. Está en el territorio".

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