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| 12/1/2002 12:00:00 AM

Termómetro de la violencia

Un test permite estudiar de manera simple las conductas agresivas y prosociales de los niños. Su aplicación ha demostrado que la violencia infantil es más compleja de lo que parece.

John Winston es el alumno que todo profesor desearía tener en su clase. Cumple con todas las normas, es disciplinado, tiene un excelente desempeño académico, es un líder nato y le gusta compartir con sus compañeritos. Estos opinan lo mismo y por eso lo invitan a todo tipo de actividades, sobre todo las deportivas. Pero si su caso se mira con lupa se observa que detrás de ese dechado de virtudes hay problemas de fondo. Aunque es el más pilo de la clase tiene síntomas de depresión. Su padre murió trágicamente cuando él apenas era un bebé. Desde entonces su madre se convirtió en cabeza del hogar, lo que implica que debe trabajar de sol a sol para ganar el sustento diario. Esta difícil situación hace que la madre de John sea muy exigente con él a pesar de que apenas tiene 8 años. El cumple con sus exigencias al pie de la letra y aunque esa estrategia le ha servido para sobresalir en el grupo el costo que paga es alto: no disfruta de ser niño, no se da la posibilidad de equivocarse y todo tiene que ser perfecto. Jaime Pablo es otro compañero. Tiene apenas 6 años y ya ante los ojos de sus maestros está rotulado como "el agresivo" aunque es también un líder entre el grupo y se destaca en su desempeño académico. Sus padres son desplazados de la violencia y su madre trabaja como empleada doméstica. Cuando le pidieron que pintara su casa dibujó el edificio donde ella trabaja. "Mi casa está donde está mi mamá", fue la explicación que dio.

Estos dos casos corresponden a niños en alto riesgo de agresividad, aunque uno de ellos sea callado y quieto y aparentemente no encaje en el estereotipo de un individuo violento y a pesar de que el otro tenga actitudes tiernas y de liderazgo. Lo que demuestran estas dos fotografías es la complejidad del tema de la violencia y cómo es preciso indagar más acerca de este problema que tanto afecta al país. Las historias de ambos hacen parte de un reciente estudio realizado por Luz María Agudelo, médica epidemióloga de la Universidad de Antioquia, para ver las características de las familias y escuelas y su relación con los comportamientos agresivos y prosociales en niños de 3 a 11 años. El trabajo recibió el premio de la Sexta bienal de pediatría de Colsubsidio, concurso en el que compitió con otras 79 investigaciones de 12 países del mundo.

Lo más importante del trabajo fue la validación de una prueba para detectar niños que, como John Winston, están en riesgo de ser agresivos. "Es una prueba de tamizaje, es decir, que sólo indica quiénes son propensos a estas conductas. Pero para hacer un diagnóstico más preciso es importante indagar de manera profunda e individual", dice Agudelo. Se trata de una serie de preguntas que se les hacen a los maestros y que son muy fáciles de responder. ¿El niño destruye sus propias cosas?, ¿si hay una pelea trata de detenerla?, son algunos ejemplos. El test también mira las actitudes prosociales como solidaridad, colaboración, ayuda en momentos difíciles y disposición para mediar en conflictos. La prueba resultó ser confiable y será aplicada en programas de convivencia que se adelantan en Medellín para medir la eficacia de las estrategias de intervención.

El instrumento se probó en 714 niños de 20 establecimientos educativos públicos de Medellín. Al aplicar el test la investigadora pudo establecer que el 13 por ciento de ellos tenían algún tipo de agresividad. Más del 9 por ciento resultó ser agresivo de manera directa (ya sea física o verbal) y el 8 por ciento mostró ser agresivo en forma indirecta, es decir, a través de otros, como cuando habla negativamente de un compañero y lleva rumores. Lo preocupante es que esto se acompaña con una muy baja prosocialidad, evidente en la poca colaboración y solidaridad. Sólo uno de cada cinco niños tiene actitudes de convivencia mientras que 24 por ciento no colabora ni sirve de apoyo a otros niños. Los prosociales tienen vínculos más estrechos y estables con sus padres o los responsables de su cuidado, mientras que los que tienen tendencias agresivas estos lazos son más débiles.

"¿Convivencia? Esa palabra si no me la han enseñado todavía", respondió un estudiante de segundo primaria.

La segunda etapa consistió en profundizar sobre los casos de mayor prosocialidad y mayor agresividad que había arrojado el test, es decir, los dos extremos, y las preguntas eran más amplias y se les hicieron tanto a maestros como a los propios niños, incluso tenían que dibujar. Al indagar más allá de las cifras Agudelo encontró que muchos de los problemas de agresión venían acompañados de otros trastornos sicosociales, como el déficit de atención, ansiedad, hiperactividad y depresión. Esto puede indicar que los comportamientos agresivos tienen su origen en este tipo de problemas debido a las circunstancias de vida de cada niño. Por ejemplo, se pudo comprobar que en estos casos hay muchas experiencias de muerte de un familiar cercano o de violencia en el hogar.

"Agresividad? eso es darle a alguien contra la pared", respondió otro de los pequeños.

También resultó evidente que los profesores tienen un concepto muy estrecho de lo que puede ser prosocial. Para ellos el término agrupa a los niños disciplinados, que no gritan, que se ciñen a la norma, y no a los solidarios, colaboradores y que brindan apoyo a los demás. "Es más, esa rigidez de cumplir con todo al pie de la letra es un problema tan grave como la agresividad", asegura Agudelo. Los niños también tienen distorsionados los conceptos. Mientras agresividad para ellos es el extremo, la muerte, no saben explicar con claridad qué es convivencia "pues no tienen un referente claro de ello en su vida diaria". Así mismo quedó demostrado que en el aula de clase lo que más se valora es lo cognitivo pero elementos como la interacción y las habilidades socioafectivas -que es lo que permite las relaciones entre los demás para construir una sociedad más justa- no se promueven ni desarrollan.

"Yo no soy pelión. Lo que soy es muy divertido", respondió un estudiante de 8 años.

Los niños con comportamientos agresivos se vuelven problemáticos en su grupo y muchas veces se rotulan sin averiguar más allá lo que origina el problema. Agudelo encontró que el problema de la agresividad es mucho más complejo pues en la mayoría de los casos se hallan niños agresivos que son grandes líderes dentro del grupo o todo lo contrario; niñas muy juiciosas -aparentemente prosociales- que reportan bajo liderazgo y otros problemas afectivos. En definitiva no existe el niño totalmente agresivo ni el prosocial por excelencia. Por el contrario, notaron que los niños utilizan cualquiera de las dos actitudes para destacarse en el grupo. "Es una estrategia para sobresalir y ser reconocido. El medio los hace iguales pero ellos buscan sus maneras de ser distintos".

"Violencia: es matar a mucha gente". Otro compañero complementa: "Es hacerle brujería".

Lo que más sorprendió a la investigadora fue la soledad de las familias en la tarea de criar niños y al mismo tiempo procurar su manutención. No existen redes de apoyo ni estrategias de soporte para que ellas trabajen tranquilas mientras alguien cuida de sus hijos, que tengan un subsidio para poder estar más tiempo con ellos. "El colegio es muchas veces la única alternativa que tienen para que los niños tengan un refrigerio y un lugar dónde estar seguros". La pobreza, no sólo económica sino la educativa, también es un actor en este drama pues algunas madres apenas saben leer y con dificultad pueden ofrecer apoyo cognitivo a sus hijos. Observaron también que no existen tiempo ni espacios para demostraciones de afecto. "Proveerles ropa, comida y llevarlos a la escuela para ellos ya es suficiente porque la prioridad es subsistir".

Las conductas agresivas hacen parte del ser humano pero se vuelven un problema cuando son persistentes o no van acompañadas de actitudes de convivencia. Y la historia de violencia de Colombia lleva tantos años que para entender sus factores y causas es necesario empezar a mirar desde lo mínimo, es decir, el individuo y la familia.

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