Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1986/07/14 00:00

TERROR EN UN ZAPATO TENIS

Con tecnología elemental y confiable, el terrorismo contemporáneo continúa prefiriendo los explosivos plásticos a la bomba atómica... Por ahora.

TERROR EN UN ZAPATO TENIS


El tacón de un zapato... el cordón de un tenis... la espuma de un frasco de aerosol... la cabeza de un fósforo... Cualquiera de los anteriores puede ser el camuflaje perfecto de un explosivo de altísima potencia y de su respectivo detonador, capaz de volar en átomos un avión o un rascacielos. En cualquiera de sus modalidades, son los instrumentos favoritos del terrorismo en la consecución de sus fines: el asesinato, o la amenaza de inocentes para inspirar miedo en la humanidad.

Muchos creen, equivocadamente, que se requieren altas dosis de tecnología para ser un terrorista moderno y temido. Pero la verdad es que el terrorismo se las arregla con demasiada frecuencia para romper las defensas de la sociedad contemporánea con la ayuda de la más elemental tecnología. El error consiste en creer que la tecnología simple es, a su vez, tecnología pobre.

Este es el tema de un reciente informe de la revista norteamericana Discover, cuya tesis es la de que la mayor parte de los grupos terroristas no está interesada todavía en la nueva tecnología. Continúan aplicando las técnicas más sencillas, a pesar de que la extensa literatura existente sobre el tema del terrorismo especula sobre el armamento químico, nuclear o biológico que supuestamente será en un futuro no muy lejano el instrumento de los terroristas contemporáneos.

Los casos recientes más sonoros del terrorismo internacional demuestran que las técnicas utilizadas son prácticamente caseras. Para volar el cuartel general de los marines norteamericanos en Beirut, conocido como el "Hotel Hilton", se utilizó un regulador eléctrico, como los empleados en las maquinitas de juegos electrónicos, que se activó con el impacto del camión-bomba que cargaba el explosivo. Este, equivalente a 6 toneladas de TNT, estaba compuesto en su gran mayoría por RDX o hexógeno, un explosivo de uso común en los cuerpos militares. La explosión, calificada por el FBI como la más grande de índole no-nuclear de la historia, creó un cráter de 40 pies de ancho y nueve de profundidad, que convirtió el Hilton de Beirut en un arrume de piedra y polvo y ocasionó la muerte de 241 marines.

Un ejemplo similar es el del avión de la TWA. Debido a la creciente ola de terrorismo mundial, se supone que la vigilancia aeroportuaria es la más estricta del planeta. Pero lo es con mayor razón en los aeropuertos de Roma, Atenas y El Cairo, ciudades predilectas de los terroristas. No obstante alguien -se cree que una pasajera libanesa llamada May Mansur, que abordó en El Cairo y abandonó el avión en Atenas- se las arregló para burlar las máquinas de rayos X y los detectores de metales, para introducir al avión una pequeña bomba. Cuando el vuelo 840 de la TWA descendió a 15 mil pies de altura, media libra de explosivo plástico detonó bajo la silla 10F, ubicada en la sección de no fumadores y correspondiente a la clase económica, ocasionando la muerte de 4 personas.

Los explosivos no pueden ser detectados por las divisas de seguridad aeroportuaria. De manera que quien introdujo la bomba en el avión no tuvo que recurrir a tácticas sofisticadas como esconder el explosivo en alguna cavidad corporal. Por el contrario, la bomba pudo ser introducida en el avión entre un sobre de manila, y luego camuflada bajo la silla 10F. Como el explosivo pudo ser activado con un detonador del tamaño de un cigarrillo cargado con pilas de litio, de la clase utilizada en las calculadoras de bolsillo, y regulado por un sencillo reloj digital, ni el constructor de la bomba ni quien la activó, tenían que ser muy técnicos en la materia .

A pesar de su elementalidad, la bomba logró hacer un agujero en la pared de aluminio del avión. Pero si la explosión se hubiera producido a una altura de vuelo de 29 mil pies, la diferencia entre la presión atmosférica afuera y adentro del avión hubiera sido mayor, y la nave habría podido explotar en su totalidad.

Carreta terrorista
El número de cosas que un terrorista puede hacer es bastante mayor que el de las que puede hacer la sociedad para defenderse de él. Lo que parece evidente, por ahora, es que las reacciones tecnológicas a la amenaza terrorista sólo sirven como curitas sobre una herida muy profunda. Pero parecen ser más prácticas que la vasta literatura que todos los días se escribe sobre el tema, porque genera una postura ideológica y vaga acerca de la amenaza terrorista. Y aunque en esta literatura parezca cuestión de horas la aparición del terrorismo nuclear, químico o biológico, quienes prefieren analizar el tema desde el punto de vista paramilitar, en lugar de geopolítico, sostienen que esta perspectiva es, por fortuna, poco probable. Por ahora.

Sobre la base de las dificultades técnicas solamente, la posibilidad de que un grupo terrorista o un Estado renegado construyan aun cuando sea una pequeña y cruda bomba nuclear es remota, no obstante que la información de cómo hacerlo ya no constituye un secreto. Pero la razón de que sea remota radica principalmente en que la destrucción en masa contradice los objetivos terroristas. Su propósito no es destruir una ciudad llena de gente, lo que es tecnológicamente posible, sino atraer la mayor cantidad de atención hacia su causa. El éxito del terrorismo no radica en la cantidad de explosivos que utilice ni en el número de personas que pueda matar. Radica más bien en que existe el transporte aéreo, que habilita a los terroristas desplazarse velozmente de un lugar a otro, y en que existe la televisión por satélite, que permite una cobertura instantánea de los eventos mundiales .

Bip bip antiexplosivo
Una de las perspectivas más interesantes del contraterrorismo son los detectores de explosivos, que operarían de la misma forma que los detectores de metales existentes en la actualidad. Por ahora sólo son crudos aparatos de dudosa confiabilidad, capaces únicamente de detectar dinamita. Pero para 1988 se espera tener en funcionamiento un detector de explosivos que pueda examinar en seis segundos a los pasajeros de un avión para encontrar dinamita, TNT, C-4, PETN o RDX.

Chequear el equipaje tiene otros problemas. Los perros entrenados para detectar explosivos en una maleta pueden ser útiles, pero después de un tiempo tienden a confundirse con olores como el betún de zapatos o los perfumes. Al menos por ahora, entonces, la más efectiva defensa contra las bombas y secuestros terroristas es una Policía eficaz que pueda neutralizar a los terroristas con ayuda de información obtenida por medios tecnológicos y no tecnológicos, y un organismo de seguridad aeroportuaria bien entrenado que pueda detectar lo que las máquinas no pueden.

No sobra, sin embargo, que la próxima vez que usted viaje en avión, avise si su compañero de silla deja olvidado en alguna escala del vuelo un frasco de aerosol o un zapato tenis.

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